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– No habría servido de nada, Keith -dijo Robbie-. Las autoridades de aquí son un caso perdido. Se reirían de ti. Ellos ya tienen al culpable. El caso ya está resuelto; supongo que casi cerrado. En Missouri nadie movería un dedo, porque no hay ninguna investigación en activo. No se puede llamar a un sheriff así como así y aconsejarle que vaya al bosque con sus chicos para empezar a cavar en un barranco. Las cosas no funcionan así.

– Pues entonces, ¿quién buscará el cadáver? -preguntó Keith.

– Nosotros, supongo.

– Me voy a casa, Robbie. Mi mujer me ha dicho de todo. Tengo un amigo abogado que se cree que estoy loco. Yo también lo creo. Más no puedo hacer. Quédate tú con Boyette; a mí me tiene harto.

– Relájate, Keith. Ahora te necesito.

– ¿Para qué?

– Tú quédate, ¿entendido? Boyette se fía de ti. Además, ¿cuándo habías tenido entradas de primera fila para un disturbio racial?

– No tiene gracia.

– Resérvate el vídeo, Robbie -dijo el juez Henry-. Enséñaselo al tribunal y al gobernador, pero no lo hagas público.

– Puedo controlar el vídeo, pero no al señor Boyette. Si quiere hablar con la prensa, yo no se lo puedo impedir. Cliente mío no es, eso está claro.

A las dos y media de la tarde del jueves, todas las iglesias de Slone, negras y blancas, estaban vigiladas por predicadores, diáconos y catequistas, todos ellos varones, armados hasta los dientes y bien visibles. Se sentaban en la escalinata y hablaban nerviosos, con las escopetas sobre las rodillas. Se sentaban a la sombra de los árboles, cerca de la calle, y saludaban con la mano a los coches que pasaban, recibiendo muchos bocinazos de solidaridad. Patrullaban las puertas traseras y las fincas colindantes, fumando, mascando chicle y prestando atención a cualquier movimiento. En Slone no habría más incendios de iglesias.

La algodonera llevaba dos décadas abandonada, desde que la habían sustituido por otra nueva al este de la ciudad. Era una ofensa a la vista, un edificio viejo y muy deteriorado, cuyo incendio, en circunstancias normales, habría sido aplaudido. La llamada al 911 se registró a las 14.44. Una adolescente que pasaba por allí vio mucho humo, y llamó con el móvil. Los atribulados bomberos salieron a toda prisa hacia la algodonera, y cuando llegaron las llamas ya atravesaban el tejado. Al tratarse de un edificio vacío y abandonado, que en ningún caso constituía una gran pérdida, lo tomaron con calma.

El humo negro subía en remolinos hacia el cielo. Lo vio el alcalde desde su despacho del primer piso, cerca de los juzgados, y tras una consulta al comisario jefe llamó a la oficina del gobernador. La situación en Slone tenía pocos visos de mejorar. Los ciudadanos corrían peligro. Necesitaban a la Guardia Nacional.

Capítulo23

Acabaron la instancia justo antes de las tres. Contando la declaración de Boyette, sumaba treinta páginas. Boyette juró haber dicho la verdad por escrito, y Sammie Thomas envió la petición por correo electrónico al Defender Group de Austin, cuyo personal ya la esperaba. Fue impresa, copiada doce veces y entregada a Cicely Avis, que salió volando del despacho, montó en su coche y fue disparada al Tribunal Penal de Apelación de Texas. La instancia se tramitó a las 15.35.

– ¿Qué es? -preguntó el secretario, con un disco en la mano.

– Un vídeo de una confesión del verdadero asesino -contestó Cicely.

– Qué interesante. Supongo que querréis que los jueces lo vean bastante pronto.

– Ahora mismo, por favor.

– Pongo manos a la obra.

Tras unos segundos de conversación, Cicely salió del despacho. El secretario entregó inmediatamente la solicitud a las oficinas de los nueve jueces. En la del juez titular, habló con el pasante.

– Quizá sea mejor empezar por el vídeo. Un tipo acaba de confesar el asesinato.

– ¿Y dónde está ese tipo? -preguntó el pasante.

– Según la letrada del Defender Group, en Slone, en el bufete del abogado de Donté Drumm.

– ¿O sea que Robbie Flak ha encontrado un nuevo testigo?

– Eso parece.

Al salir de la sede del tribunal de apelación, Cicely Avis dio un rodeo de dos manzanas y pasó junto al Capitolio del estado. En el césped sur, la «Manifestación por Donté» estaba siendo todo un éxito de concurrencia. Había policías por todas partes. El acto estaba autorizado, y parecía que la Primera Enmienda era respetada.

Cada vez llegaba más gente, casi toda negra. La autorización tenía validez para tres horas, desde las tres de la tarde hasta las seis (la hora de la ejecución), pero saltaba a la vista que todo iba todo retrasado; en Austin, pero no en Huntsville, en absoluto.

El gobernador estaba en una reunión, una reunión importante que no tenía nada que ver con Donté Drumm. A las 15.11 había recibido el vídeo una auxiliar que tramitó las peticiones de aplazamiento, y que lo vio entero antes de decidir qué hacía. Hasta cierto punto, la confesión de Boyette le parecía verosímil y escalofriante, pero al mismo tiempo su historial -y lo oportuno de su súbito deseo de limpiar su conciencia- le producía un cierto escepticismo. Fue en busca de Wayne Wallcott, el abogado (y amigo íntimo) del gobernador, y le describió el vídeo.

Tras escuchar atentamente, Wallcott cerró la puerta de su despacho y le dijo que se sentara.

– ¿Quién ha visto el vídeo? -preguntó.

– Solo yo -contestó la auxiliar-. Lo han mandado por e-mail del bufete del señor Flak, con una contraseña. Lo he mirado enseguida, y aquí estoy.

– ¿Lo confiesa todo?

– Sí, sí, con muchos detalles.

– ¿Y usted se cree lo que dice?

– Yo no he dicho eso. He dicho que parece que sabe de qué habla. Es un violador en serie, y estaba en Slone cuando desapareció la chica. Lo confiesa todo.

– ¿Habla de Drumm?

– ¿Por qué no mira el vídeo?

– ¿Le he pedido consejo? -replicó Wallcott-. Limítese a contestar.

– Perdone. -La auxiliar respiró hondo. De pronto estaba nerviosa e incómoda. Wallcott escuchaba, pero al mismo tiempo maquinaba-. Solo habla de Drumm para decir que él no lo conoce, y que no tiene nada que ver con el crimen.

– Es obvio que es un mentiroso. No pienso molestar al gobernador con esto. Guárdese el vídeo. Yo no tengo tiempo de mirarlo, y el gobernador tampoco. ¿Me entiende?

No, no lo entendía, pero asintió con la cabeza.

Wallcott frunció el ceño, con mirada suspicaz.

– Me entiende, ¿no? -preguntó, muy serio-. El vídeo se queda en su ordenador.

– Sí, señor.

En cuanto se fue la auxiliar, Wallcott corrió prácticamente a las oficinas de Barry Ringfield, principal portavoz del gobernador, y su mejor amigo. Salieron a dar una vuelta por el pasillo, porque los despachos estaban a rebosar de personal, fijo o en prácticas.

Después de hablar unos minutos sobre las posibilidades que tenían, acordaron que el gobernador no viese el vídeo. Si Boyette mentía, la grabación sería irrelevante, y se estaría ejecutando al auténtico culpable; en cambio, si Boyette decía la verdad -cosa de la que ellos dudaban mucho-, y se estaba ejecutando a la persona equivocada, las consecuencias podían ser muy graves. La única manera de proteger al gobernador Gilí Newton era que uno de los dos, o la auxiliar, cargase con la culpa reconociendo haber retenido el vídeo o incluso haberlo perdido. Gilí Newton nunca había aplazado una sentencia de muerte, y con el revuelo que estaba armando el caso Drumm difícilmente daría su brazo a torcer. Aunque mirase el vídeo, aunque diera crédito a Boyette, no se retractaría.