Wayne y Barry fueron al despacho del gobernador, donde se los esperaba a las cuatro, cuando todavía faltaban dos horas para la ejecución. Del vídeo no le dirían nada.
A las tres y media, los miembros del bufete Flak se sentaron de nuevo en torno a la mesa de reuniones. No se echaba a nadie en falta, ni siquiera a Keith, a quien, aunque estaba muy cansado, le resultaba inverosímil haber conseguido entrada para aquel circo. El y el juez Henry se sentaron apartados de la mesa, contra una pared. Aaron Rey y Fred Pryor leían la prensa en la otra punta de la sala. Travis Boyette seguía vivo, descansando a oscuras en el sofá de Robbie.
Ya iba siendo hora de que Robbie saliese para Huntsville, y se le notaba la tensión. Pero aún no se podía ir; la «petición Boyette» había revigorizado al equipo, infundiéndole nuevas esperanzas.
Robbie fue tachando cosas de una lista; en un bloc amarillo, como siempre. Sammie Thomas y Bonnie harían el seguimiento de la «petición Boyette» en el tribunal de apelación, además de seguir presionando a la oficina del gobernador sobre la suspensión de la pena capital. Gilí Newton aún no se había decantado por el sí o por el no. Solía esperar hasta el último momento. Le encantaba el dramatismo, y ser el centro de atención. De seguir la alegación de demencia, que aún estaba en el Distrito Quinto judicial, en Nueva Orleans, se ocuparía Carlos. Si se la denegaban, apelarían ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Fred Pryor se quedaría en el bufete, cuidando a Boyette, que no parecía tener intenciones de marcharse, aunque nadie supiera qué hacer con él. Aaron Rey acompañaría a Robbie a Huntsville, como siempre. También iría Martha Handler, para observar y tomar nota. Robbie daba órdenes a grito pelado, contestaba preguntas y arbitraba conflictos. De repente miró al reverendo.
– Keith -dijo-, ¿podrías venir a Huntsville con nosotros?
El reverendo tardó unos segundos en poder hablar.
– ¿Por qué, Robbie? -consiguió preguntar.
– Le podrías hacer falta a Donté.
Se quedó boquiabierto, sin palabras. Todos estaban en silencio, mirándolo.
– Ha ido a la iglesia desde muy pequeño -insistió Robbie-, pero ahora reniega de la religión. En su jurado había cinco baptistas, dos de la iglesia de Pentecostés y uno de la de Cristo. Los otros supongo que estarían perdidos. Desde hace unos años, se ha convencido de que la razón de que esté en el corredor de la muerte son los cristianos blancos. No quiere saber nada de su Dios. Yo veo difícil que cambie de postura, pero es posible que al final de todo se alegre de poder rezar con alguien.
Lo que quería Keith era una buena cama en un motel limpio, y dormir doce horas, pero como religioso no podía negarse. Asintió lentamente.
– De acuerdo.
– Muy bien. Saldremos dentro de cinco minutos.
Keith cerró los ojos y se frotó las sienes, diciéndose a sí mismo: «Pero ¿qué hago aquí, Dios mío? Ayúdame».
Fred Pryor se levantó bruscamente de su silla, con el móvil a una distancia prudencial, como si estuviese al rojo vivo.
– ¡Caray! -dijo en voz alta-. Es Joey Gamble. Quiere firmar la declaración y retractarse de su testimonio.
– ¿Está al teléfono? -inquirió Robbie.
– No, es un mensaje de texto. ¿Lo llamo?
– ¡Pues claro! -replicó Robbie.
Pryor se acercó al centro de la mesa y apretó los botones del interfono. El teléfono sonó varias veces, sin que nadie se moviera. Por fin, alguien respondió tímidamente:
– ¿Diga?
– Joey, soy Fred Pryor. Te llamo de Slone. Acabo de oír tu mensaje. ¿Qué narices pasa?
– Pues que quiero que me ayude, señor Pryor. Estoy muy angustiado.
– Si tú estás angustiado, imagínate Donté. Le quedan dos horas y media de vida y tú te despiertas ahora con ganas de ayudar.
– Estoy muy desorientado -dijo Joey.
Robbie se inclinó, tomando el mando.
– Joey, soy Robbie Flak. ¿Te acuerdas de mí?
– Sí, claro.
– ¿Dónde estás?
– En Mission Bend, en mi piso.
– ¿Estás dispuesto a firmar una declaración en la que admitas que mentiste en el juicio de Donté?
– Sí -dijo Joey sin vacilar.
Robbie cerró los ojos y bajó la cabeza. La mesa se llenó de puñetazos silenciosos, rezos rápidos de gratitud y muchas sonrisas cansadas.
– Muy bien, pues te explico el plan. En Houston hay una abogada que se llama Agnes Tanner. Tiene el bufete en el centro, en Clay Street. ¿Conoces la ciudad?
– Supongo.
– ¿Sabrías localizar un bufete del centro?
– Tengo mis dudas. No sé si debería coger el coche.
– ¿Estás borracho?
– Borracho no, pero he bebido.
Robbie miró instintivamente su reloj. Aún no eran ni las cuatro, y a Joey ya le costaba hablar.
– Coge un taxi, Joey. Ya te lo pagaré. Es crucial que llegues lo antes posible al bufete de Tanner. Enviaremos una declaración jurada por correo electrónico. Tú la firmas, y nosotros la presentamos en Austin. ¿Te ves capaz de hacerlo, Joey?
– Lo intentaré.
– Es lo mínimo que puedes hacer, Joey. Ahora mismo Donté está en la celda de detención de Huntsville, a diez metros de la salita donde matan a la gente, y tus mentiras han ayudado a que esté donde está.
– Lo siento mucho.
La voz de Joey temblaba.
– El bufete está en el 118 de Clay Street. ¿Lo has pillado, Joey?
– Creo que sí.
– Pues vete para allá. Los papeles te estarán esperando. No hay ni un minuto que perder, ¿lo entiendes, Joey?
– Está bien, está bien.
– Llámanos dentro de diez minutos.
– Tranquilo.
Después de colgar, Robbie vociferó unas cuantas órdenes, y todos se pusieron en marcha.
– Vamos, Keith -dijo al ir hacia la puerta.
Subieron a la camioneta. Martha Handler tuvo que correr para no quedarse atrás en el momento en que Aaron Rey salía pitando. Robbie llamó a Agnes Tanner a Houston, y le confirmó con urgencia los detalles.
Keith se inclinó para mirar a Aaron por el retrovisor.
– Alguien ha dicho que Huntsville queda a tres horas en coche.
– Sí -respondió Aaron-, pero nosotros no vamos en coche.
El aeropuerto municipal de Slone estaba a unos tres kilómetros al este de la ciudad. Tenía una sola pista, de oeste a este, dos hangares pequeños, la típica colección de Cessnas viejos alineados en la pista y un bloque metálico que era la terminal. Aparcaron, cruzaron corriendo el pequeño vestíbulo y, tras saludar con la cabeza al mozo de detrás del mostrador, salieron a la pista, donde los esperaba un reluciente bimotor King Air, propiedad de un abogado rico, amigo de Robbie y gran amante de los aviones, que los hizo subir a bordo, cerró la portezuela, les pidió que se abrocharan los cinturones, hizo lo propio y empezó a accionar interruptores.
Keith llevaba varias horas sin hablar con su mujer, y todo ocurría tan deprisa que no sabía muy bien por dónde empezar. Dana contestó a la primera, como si hubiera estado contemplando el móvil. Los motores se pusieron en marcha. De repente había mucho ruido en la cabina, que temblaba.