– Sigue. Estabas en la camioneta verde, buscando a Nicole, y viste su coche.
– Sí, eso, tenía muchas ganas de verla. Total, que íbamos buscando su coche y…
– Perdona, Donté, pero acabas de decir «íbamos», y antes has dicho…
– Sí, íbamos Torrey Pickett y yo…
– Pero antes has dicho que ibas solo, y que a Torrey lo dejaste en casa de su madre.
– Sí, eso; lo siento. Exacto, en casa de su madre. Total, que iba yo solo por el centro comercial, y al ver el coche de ella aparqué y me quedé esperando. Cuando salió Nicole, vi que estaba sola. Hablamos un minuto. Le pedí que subiera, y se montó en la camioneta. La habíamos usado un par de veces, cuando salíamos a escondidas. Total, que hablamos mientras yo conducía. Nos disgustamos los dos. Ella estaba decidida a romper, y yo a seguir. Hablamos de fugarnos, de salir de Texas e ir a California, donde no nos molestaría nadie, ¿de acuerdo?, pero ella no quería escucharme. Se puso a llorar, y me hizo llorar a mí. Aparcamos detrás de la iglesia de Shiloh, en Travis Road, uno de nuestros sitios favoritos. Yo le dije que quería que nos acostásemos una última vez. Al principio no pareció que la idea le disgustase. Empezamos a enrollarnos. Luego ella se apartó y dijo que ya estaba bien, que no, que quería volver porque sus amigas estarían buscándola, pero yo ya no podía parar. Empezó a empujarme, y yo me enfadé, me enfadé de verdad; de repente la odié porque me rechazaba, porque no podía tenerla. Siendo blanco habría podido, pero como soy negro no doy la talla, ¿sabe? Nos empezamos a pelear, y en un momento dado ella se dio cuenta de que yo no pararía. No se resistió, pero tampoco se entregó. Al acabar se enfadó, pero de verdad; me dio una bofetada, y me dijo que la había violado. Entonces pasó algo; me dio un ataque, o no sé qué, pero el caso es que me volví loco. Aún la tenía debajo, y… mmm… le pegué, varias veces; me parecía mentira que estuviera dando golpes a aquella cara tan bonita, pero si no podía tenerla yo, entonces nadie podría tenerla. Me dio un ataque de rabia, como si fuera un salvaje, y sin darme cuenta le agarré el cuello con las dos manos. Empecé a sacudir, una y otra vez, hasta que se quedó inmóvil. Estaba todo muy quieto. Al recuperar el juicio me quedé mirándola, y en un momento dado me di cuenta de que no respiraba. [Donté bebió el primer y único trago de la lata de Coca-Cola.] Empecé a conducir, sin tener ni idea de adónde iba. Esperaba que Nicole se despertase, pero no se despertó. Yo la llamaba, pero no contestaba. Supongo que me dio pánico. No sabía la hora que era. Fui hacia al norte, y al darme cuenta de que salía el sol volví a tener pánico. Vi un cartel del Red River. Yo iba por la carretera 344, y…
– Perdona, Donté, pero antes has dicho que era la 244.
– Sí, eso, la 244. Me acerqué al puente. Aún era de noche. No se veía ningún faro, ni se oía nada. La saqué de la parte trasera de la camioneta y la eché al río. Al oírla chocar con el agua, sentí náuseas. Recuerdo que me pasé todo el viaje de vuelta llorando.
El gobernador se acercó al televisor y lo apagó.
– Chicos, a mí no me hace falta ver nada más.
Los tres se arreglaron las corbatas, se abrocharon los puños, se pusieron las americanas y salieron del despacho. En el pasillo los recibió un destacamento de seguridad reforzado para la ocasión. Subieron por la escalera hasta el nivel de la calle y caminaron deprisa hacia el Capitolio, donde esperaron sin ser vistos por la multitud a que el reverendo Jeremiah Mays pusiera término a su soflama incendiaria. Su despedida, en la que prometió venganza, fue aclamada por la muchedumbre. Cuando de pronto apareció en el podio el gobernador, los ánimos sufrieron un cambio radical. Al principio los presentes quedaron confundidos, pero al oír las palabras «Soy Gilí Newton, gobernador del gran estado de Texas» lo sepultaron en un alud de abucheos.
– Gracias por venir -vociferó él como respuesta-, y expresar el derecho de reunión que os confiere la Primera Enmienda. Que Dios bendiga a América. -Abucheos aún más fuertes-. Lo que hace grande a nuestro país es nuestro amor a la democracia, el mejor sistema del mundo. -Sonoros abucheos a la democracia-. Hoy estáis aquí reunidos porque creéis que Donté Drumm es inocente; pues bien, yo he venido a deciros que no lo es. Se le condenó en un juicio justo. Tuvo un buen abogado, y confesó el crimen. -Los abucheos y silbidos ya no cesaban, y Newton se vio obligado a gritar por el micrófono-. Su caso lo han revisado decenas de jueces de cinco tribunales distintos, estatales y federales, y todas las sentencias contra él han sido unánimes.
Cuando el vocerío ya era demasiado fuerte para continuar, Newton se irguió y sonrió con suficiencia: un hombre con poder frente a otros hombres desprovistos de él. Un gesto con la cabeza fue el acuse de recibo del odio que le tenían. Cuando el ruido remitió ligeramente, Newton se acercó al micrófono y, con todo el dramatismo el que fue capaz, y con plena conciencia de que sus palabras serían reproducidas en todas las noticias vespertinas y nocturnas de Texas, dijo:
– Me niego a conceder el indulto a Donté Drumm. Es un monstruo. ¡Es culpable!
La multitud se adelantó con un nuevo clamor. Antes de irse, el gobernador saludó con la mano a las cámaras. Su equipo de seguridad lo rodeó y se lo llevó a un lugar seguro. Tras él fueron Barry y Wayne, que no pudieron disimular una sonrisa. Su jefe acababa de coronar otro espléndido número circense, que sin la menor duda le haría ganar todas las elecciones venideras.
Capítulo 24
La última comida, el último paseo, las últimas declaraciones. Donté nunca había entendido la importancia de aquellos detalles finales. ¿A qué venía tanta fascinación por lo que consumía un hombre justo antes de morir? Ni que los alimentos consolasen, o fortaleciesen el cuerpo, o pospusieran lo inevitable… Pronto, tanto la comida como los órganos serían barridos e incinerados. ¿De qué servía aquello? Tras décadas de dar rancho a un hombre, ¿a qué venía mimarlo con algo que pudiera disfrutar, justo antes de matarlo?
Recordaba vagamente los primeros tiempos en el corredor de la muerte, y su horror a lo que le pedían que comiese. A él lo había criado una mujer que valoraba la cocina y disfrutaba con ella, y aunque a Roberta se le fuera la mano con las grasas y la harina, también tenía huerto propio y era cuidadosa con los alimentos que tenían ingredientes procesados. Le encantaba usar hierbas, especias y pimientos, y sus pollos y carnes eran ricos en sazón. Supuestamente, la primera comida servida a Donté en el corredor de la muerte era un tajo de cerdo, totalmente desprovisto de sabor. Perdió el apetito la primera semana, y no volvió a recuperarlo.
Ahora, al final, esperaban que pidiera un festín, y agradeciese aquel único y último favor. Por tonto que pudiera parecer, prácticamente todos los condenados pensaban mucho su última comida. Tenían tan poco en que pensar… Donté ya había decidido días atrás que no quería que le sirviesen nada remotamente parecido a los platos que le preparaba su madre en otros tiempos, así que pidió una pizza de pepperoni y un vaso de zarzaparrilla. Se lo trajeron a las cuatro, en un carrito que dos vigilantes empujaron hasta la celda de detención. Se fueron sin que Donté les dirigiera la palabra. Llevaba toda la tarde dando cabezaditas, en espera de la pizza y de su abogado; de un milagro, aunque a las cuatro de la tarde ya lo daba por perdido.
En el pasillo, justo al otro lado de los barrotes, su público observaba en silencio: un celador, un funcionario judicial y el capellán que había intentado hablar con él dos veces, las mismas que Donté había rechazado la ayuda espiritual que le ofrecía. Sin estar muy seguro de por qué lo observaban tan atentamente, Donté supuso que era para evitar un suicidio. No estaba muy claro cómo podía matarse en aquella celda de detención. De haber querido, se habría suicidado hacía meses. Ahora se arrepentía de no haberlo hecho. Así ya no existiría, y su madre no lo vería morir.