Para un paladar neutralizado por pan blanco insípido, compota de manzana sosa y una interminable sucesión de carnes inidentificables, la pizza le resultó sorprendentemente deliciosa. Se la comió despacio.
Ben Jeter se acercó a los barrotes.
– ¿Qué tal la pizza, Donté? -preguntó.
Donté no miró al celador.
– Muy buena -dijo en voz baja.
– ¿Necesitas algo más?
Sacudió la cabeza. Necesito muchas cosas, muchacho, pero ninguna que tú puedes darme; y si pudieras, no me la darías, qué narices. Déjame en paz.
– Creo que está a punto de llegar tu abogado.
Donté asintió y cogió otro trozo de pizza.
A las 16.21, el tribunal de apelación del Distrito Quinto, con sede en Nueva Orleans, rechazó la petición de indulto por trastorno mental de Donté. El bufete de abogados Flak solicitó inmediatamente al Tribunal Supremo de Estados Unidos una providencia de remisión, es decir, que el tribunal atendiese la apelación y estudiase el valor de la solicitud. En caso de respuesta positiva, la ejecución se detendría y pasaría algún tiempo mientras la polvareda se asentaba y se tramitaban los papeles; en caso de respuesta negativa, la reclamación quedaría tan muerta como -con toda probabilidad- el reclamante. Ya no quedaban más instancias a las que apelar.
En Washington, en la sede del Tribunal Supremo, el «secretario de muertes» -como se le llamaba- recibió electrónicamente la solicitud, que distribuyó a las oficinas de los nueve jueces.
Sobre la petición Boyette, pendiente de que la resolviese el Tribunal Penal de Apelación de Texas, no se sabía nada.
Cuando el King Air tocó tierra en Huntsville, Robbie llamó al bufete, donde lo informaron del fallo adverso del Distrito Quinto. Joey Gamble todavía no había encontrado el bufete de Agnes Tanner en Houston. El gobernador había rechazado espectacularmente la suspensión de la pena. En esos momentos no había nuevos incendios en Slone, aunque la Guardia Nacional estaba en camino; una llamada deprimente, aunque Robbie no esperaba mucho más.
Él, Aaron, Martha y Keith subieron a un monovolumen conducido por un investigador que ya había colaborado antes con Robbie. Salieron disparados. La cárcel quedaba a un cuarto de hora. Keith llamó a Dana e intentó explicarle lo que le estaba pasando, pero la explicación se complicó, y había más personas escuchando. Dana, perpleja-por decirlo suavemente-, tenía la seguridad de que su marido cometía una estupidez.
Keith prometió llamarla en breve. Aaron telefoneó al bufete, y habló con Fred Pryor. Boyette estaba levantado, y caminaba, aunque despacio. Se quejaba de no haber hablado con ningún periodista. Se había creído que le contaría a todo el mundo su versión, pero no parecía haber nadie con ganas de escucharlo. Robbie andaba loco, tratando de localizar sin éxito a Joey Gamble. Martha Handler llenaba páginas de apuntes, como siempre.
A las cuatro y media, Milton Prudlowe, presidente del Tribunal Penal de Apelación de Texas, convocó a este último por teleconferencia para dirimir la petición Boyette en el caso de Donté Drumm. Boyette no había impresionado al tribunal. Según el parecer general, lo que buscaba era publicidad, y tenía graves problemas de credibilidad. Tras un breve debate, Prudlowe llamó a votar, y el resultado fue unánime: ni un solo juez votó a favor de conceder el indulto a Donté Drumm. El secretario del tribunal mandó la decisión por correo electrónico a la oficina del fiscal general (donde se combatían las apelaciones de Donté), a Wayne Wallcott (el abogado del gobernador) y al bufete de Robbie Flak.
Cuando Robbie recibió la llamada de Carlos, el monovolumen casi había llegado a la cárcel. Aunque había recordado durante toda la tarde que el indulto era improbable, se lo tomó muy mal.
– ¡Hijos de puta! -espetó-. No han creído a Boyette. Desestimado, desestimado, desestimado, y asilos nueve. Hijos de puta.
– ¿Y ahora qué? -preguntó Keith.
– Corriendo al Tribunal Supremo. Que vean ellos a Boyette, y a rezar por un milagro. Se nos están acabando las oportunidades.
– ¿Han dado alguna razón? -preguntó Martha.
– No, no hace falta. El problema es que nosotros nos morimos de ganas de creer a Boyette, y a ellos, los nueve elegidos, no les interesa creerlo. Creer a Boyette trastocaría el sistema. Perdonad, es que tengo que llamar a Agnes Tanner. Seguro que Gamble está en un club de strippers pillando una curda mientras se lo camela una bailarina.
No fue cuestión de strippers, paradas ni rodeos; solo de equivocarse un par de veces de camino. Joey entró en el bufete de Agnes Tanner a las cinco menos veinte, y la encontró esperándolo en la puerta. Era una abogada dura, especialista en divorcios, que de vez en cuando, casi por aburrimiento, se ofrecía voluntaria para defender a un condenado a muerte. Conocía mucho a Robbie, aunque llevaban un año sin hablar.
Tenía la declaración en las manos. Después de un tenso saludo, llevó a Joey a una pequeña sala de reuniones. Tenía ganas de preguntarle de dónde venía, por qué había tardado tanto, si estaba borracho y si se daba cuenta de que se les acababa el tiempo; también por qué había mentido nueve años atrás, y desde entonces no había movido un dedo. Tenía ganas de someterlo a una hora de interrogatorio, pero no había tiempo; además, según Robbie era un chico temperamental e imprevisible.
– O lo lees, o te explico yo lo que pone -dijo agitando la declaración.
Joey se sentó en una silla, con la cara en las manos.
– Explíquemelo -dijo.
– Sale tu nombre, dirección y todo el rollo. Pone que en tal y cual fecha de octubre de 1999 testificaste en el juicio de Donté Drumm, que tu testimonio fue básico para el fiscal y que en ese testimonio le dijiste al jurado que la noche de la desaparición de Nicole, más o menos a la misma hora, viste que en el aparcamiento donde estaba estacionado el coche de ella pasaba una camioneta Ford verde sospechosa, que el conductor parecía un hombre negro y que la camioneta era muy semejante a la de Donté Drumm. Hay muchos más detalles, pero no tenemos tiempo. ¿Me sigues, Joey?
– Sí.
Se tapaba los ojos. Parecía que lloraba.
– Ahora te retractas de dicho testimonio, y juras que no es verdad. Estás diciendo que mentiste en el juicio. ¿Lo has pillado, Joey?
Movió afirmativamente la cabeza.
– Luego pone que fuiste tú quien hizo al detective Kerber la llamada anónima en la que le informabas de que el asesino era Donté Drumm. Otro montón de detalles, pero te los ahorro. Creo que lo entiendes, ¿no, Joey?
Se destapó la cara y se secó las lágrimas.
– Hace mucho tiempo que lo llevo encima -dijo.
– Pues arréglalo, Joey. -Tanner estampó la declaración sobre la mesa y acercó un bolígrafo a Joey-. Página cinco, abajo a la derecha. Deprisa.
Gamble firmó la declaración, que una vez autenticada se escaneó y mandó por correo electrónico a la oficina del Defender Group en Austin. Agnes Tanner esperó la confirmación, pero el mensaje rebotó. Llamó por teléfono a un abogado del Defender Group: no lo habían recibido. Tenían problemas con el servidor de internet. Agnes lo mandó otra vez, y tampoco lo recibieron. Pegó cuatro gritos a un secretario, que empezó a mandar las cinco páginas por fax.
Joey, a quien de pronto no hacían caso, salió del bufete sin que nadie se fijara en él. Había esperado que al menos alguien le diera las gracias.
A la cárcel de Huntsville la llaman la Unidad de las Paredes. Es la cárcel más antigua de Texas, y está construida a la antigua, con paredes altas y gruesas de ladrillo que justifican su apodo. Entre los reclusos de su accidentada historia hay varios forajidos y pistoleros que en su día gozaron de gran fama. Su cámara de ejecuciones se ha usado para ajusticiar a más hombres y mujeres que en cualquier otro estado. La Unidad de las Paredes está orgullosa de su historia. Se ha conservado un bloque de las celdas más antiguas, que permite retroceder en el pasado. Se pueden concertar visitas.