– ¿Qué?
Robbie lo cogió del brazo y le dio un tirón.
– Vamos, es la hora de asistir a la ejecución.
– Pero…
– El director ha dado su permiso. -Otro tirón-. Al ser el consejero espiritual del condenado, cumples los requisitos para ser testigo.
– Creo que no, Robbie. Oye, no, prefiero esperar…
La discusión divirtió a varios de los vigilantes. Keith era consciente de sus sonrisitas, pero no le importaron.
– Vamos -dijo Robbie, arrastrando al clérigo-. Hazlo por Donté. Qué coño, hazlo por mí. Tú vives en Kansas, uno de los estados que aún tiene la pena de muerte. Ven a ver un poco de democracia en acción.
Keith se movía, y todo era borroso. Dejando atrás a las filas de vigilantes, y la celda de detención donde Donté miraba el suelo mientras volvían a esposarlo, llegaron a una puerta estrecha y sin letrero en la que Keith no se había fijado antes. Se abrió, y se cerró a su paso. Estaban en una habitación pequeña y cuadrada, con una iluminación tenue. Finalmente Robbie lo soltó y se acercó a la familia Drumm para repartir abrazos.
– Se acabaron las apelaciones -comunicó en voz baja-. Ya no hay nada que hacer.
Fueron los diez minutos más largos de la extensa carrera de Gilí Newton como funcionario. Desde las seis menos diez hasta las seis, vaciló como nunca. Por un lado -literalmente uno de los de su despacho-, Wayne insistía cada vez más en los treinta días de aplazamiento, alegando que la ejecución se podía posponer solo esos días mientras se asentaba la polvareda y se investigaban las afirmaciones del payaso de Boyette. Si decía la verdad, y se lograba hallar el cadáver, el gobernador sería un héroe; si resultaba ser un fiasco, como sospechaban ellos, Drumm viviría treinta días más antes de recibir la inyección letal. Políticamente, no habría daños a largo plazo. El único perjuicio se produciría si ignoraban a Boyette, ejecutaban a Drumm y aparecía el cadáver justo donde los llevase Boyette, cosa que sería fatal, y no solo para Drumm.
El clima era tan tenso que no se acordaban del bourbon.
Del otro lado, Barry alegaba que una marcha atrás, del tipo que fuera, solo sería una demostración de debilidad, sobre todo a la luz de la actuación del gobernador hacía menos de tres horas, ante los manifestantes. Las ejecuciones atraen a todo tipo de personas que buscan la atención, sobre todo si son ejecuciones de relieve. Boyette era un ejemplo perfecto. Saltaba a la vista que buscaba los focos, su cuarto de hora de escenario, y por ello permitir que desbaratase una ejecución con todas las de la ley era un error desde el punto de vista jurídico y aún más desde el político. Drumm había confesado ser el asesino, repetía Barry una y otra vez. No dejemos que empañe la verdad un pervertido en serie. ¡Había sido un juicio justo! ¡Las apelaciones, todas las apelaciones, habían confirmado la sentencia!
Wayne replicó que había que jugar sobre seguro. Solo treinta días. Quizá averiguasen algo nuevo sobre el caso.
Barry le rebatió diciendo que ya habían pasado nueve años, tiempo más que suficiente.
– ¿Hay algún periodista fuera? -preguntó Newton.
– Sí, claro -dijo Barry-. Llevan todo el día rondando.
– Que hagan cola.
El último paseo fue corto: unos diez metros desde la celda de detención hasta la cámara de ejecuciones, por un camino bordeado todo él de vigilantes, algunos de los cuales miraban con el rabillo del ojo para ver la cara del muerto, mientras otros no apartaban la vista del suelo, como centinelas de un paso solitario. De un condenado se podían esperar tres caras: la más habitual era el ceño muy fruncido y los ojos muy abiertos, con una expresión de miedo e incredulidad; la segunda más frecuente era de rendición pasiva, con los ojos entreabiertos, como si las sustancias químicas ya estuvieran haciendo su efecto; la tercera, la menos habitual, era una expresión de rabia, la de alguien que, si tuviera un arma, se cargaría a todos los vigilantes a su alcance. Donté Drumm no se resistió, cosa que raramente ocurre. Con dos vigilantes sujetándolo por los codos, caminó con expresión serena, mirando al suelo. Ni estaba dispuesto a dejar que sus carceleros vieran el miedo que sentía, ni quería reconocer en modo alguno su presencia.
Para una sala tan famosa, la cámara de ejecuciones de Texas destaca por lo pequeña que es: una caja casi cuadrada de unos cuatro metros de anchura y de profundidad, con el techo bajo y una camilla metálica permanente en el centro, adornada para cada ocasión con sábanas blancas limpias. La camilla ocupa toda la sala.
La falta de espacio dejó atónito a Donté. En cuanto se sentó al borde de la camilla, acudieron raudos cuatro vigilantes que le giraron las piernas, se las extendieron y sujetaron metódicamente su cuerpo con cinco gruesas correas de cuero: una en el pecho, otra en el abdomen, otra en la entrepierna, otra en los muslos y otra en las pantorrillas. Los brazos se los colocaron sobre unas extensiones, en un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto al cuerpo, y se los fijaron con más correas de cuero. Mientras lo preparaban, Donté cerró los ojos y escuchó y percibió el urgente trajín que le envolvía. Se oían gruñidos, y alguna palabra, pero eran hombres que conocían su trabajo. Era la última etapa de la cadena de montaje del sistema, cuyos operarios tenían experiencia.
Después de tensar todas las correas, los vigilantes se retiraron, y se acercó un técnico sanitario que olía a antiséptico.
– Voy a buscar la vena, primero en el brazo izquierdo y luego en el derecho -dijo-. ¿Lo ha entendido?
– No faltaría más -replicó Donté, abriendo los ojos.
El técnico le estaba haciendo fricciones de alcohol en el brazo. ¿Para impedir una infección? Qué atento. Tenía detrás una ventana oscura, y debajo una abertura por la que salían hacia la camilla dos tubos de mal agüero. A la derecha de Donté, lo observaba todo atentamente el director, viva imagen de la autoridad. Detrás del director había dos ventanas idénticas (las salas de testigos), cerradas con cortinas. De haber querido, y si no lo hubieran impedido las malditas correas, Donté podría haber alargado el brazo hasta tocar la más cercana de las dos.
Los tubos ya estaban en su sitio, uno en cada brazo, aunque solo utilizarían uno. El segundo era de refuerzo, por si acaso.
A las 17.59, el gobernador Gilí Newton se apresuró a colocarse ante las tres cámaras situadas fuera de su despacho, y dijo sin notas:
– Me reafirmo en mi negativa a un aplazamiento. Donté Drumm confesó este crimen atroz, y debe pagar el precio. Hace ocho años tuvo un juicio justo por un jurado popular; su caso lo han revisado cinco tribunales distintos y decenas de jueces, y todos han confirmado la sentencia. Sus protestas de inocencia no tienen credibilidad, como no la tiene esta intentona sensacionalista de última hora con la que sus abogados pretenden sacarse de la manga a un nuevo asesino. El sistema judicial de Texas no puede ser secuestrado por un criminal ávido de atención y por un abogado que, en su desesperación, estaría dispuesto a decir cualquier cosa. Que Dios bendiga a Texas.
Volvió a su despacho, sin prestarse a ningún turno de preguntas.
Bruscamente se abrieron las cortinas, y Roberta Drumm estuvo a punto de desmayarse al ver a su hijo pequeño fuertemente atado a la camilla, con tubos en los brazos. Se tapó la boca con las manos, sofocando un grito, y si no la hubieran sostenido Cedric y Marvin se habría caído al suelo. Nadie pudo sustraerse al impacto. Se juntaron aún más. Robbie se sumó a la piña, como muestra de apoyo.
Keith estaba demasiado impresionado para moverse. Se quedó a un par de metros. Tenía detrás a unos cuantos desconocidos, testigos que en algún momento habían entrado y que se acercaban poco a poco para ver mejor. Era jueves, el segundo de noviembre. En esos momentos, en la sacristía de la iglesia luterana de St. Mark, la clase bíblica para mujeres proseguía su estudio del Evangelio según San Lucas y, una vez finalizado, cenarían pasta en la cocina. Keith, Dana y los niños siempre estaban invitados a la cena, y solían ir. Keith echaba muchísimo de menos a su iglesia y a su familia. No supo muy bien por qué pensaba en ello al contemplar la oscurísima cabeza de Donté Drumm, en marcado contraste con la camisa blanca y las sábanas inmaculadas. Las correas de cuero eran de color marrón claro. Roberta sollozaba ruidosamente; Robbie murmuraba, y los testigos desconocidos de detrás de Keith se apretujaban para ver mejor. Tuvo ganas de gritar. Estaba cansado de rezar; de todos modos, sus oraciones no servían para nada.