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– Solo necesitábamos veinticuatro horas, Boyette. Si hubieras llegado ayer, podríamos haber buscado el cadáver; y encontrando el cadáver no habría habido ejecución. No la habría habido porque se habían equivocado de culpable. Y se habían equivocado de culpable porque son idiotas, pero también porque tú eres demasiado cobarde para dar la cara. Donté está muerto por tu culpa, Boyette.

Boyette se puso muy rojo. Quiso coger su bastón, pero Fred Pryor, más rápido, le cogió la mano y miró a Carlos.

– Tranquilos. Que se calme todo el mundo.

Sammie echó un vistazo a su móvil, que estaba sonando.

– Es Robbie -dijo.

Carlos se dio la vuelta. Boyette se sentó, con Pryor al lado. Tras escuchar unos minutos, Sammie dejó el teléfono y se secó una lágrima.

– Para variar, los medios no se han equivocado -dijo-. Está muerto. Dice que ha sido fuerte hasta el final, que ha proclamado su inocencia y que ha estado muy convincente. Ahora Robbie está saliendo de la cárcel. Cogerán un avión de vuelta y estarán aquí hacia las ocho. Le gustaría que lo esperásemos.

Hizo una pausa, y se secó otra vez las lágrimas.

Justo después de que la Guardia Nacional se desplegase por las inmediaciones de los parques Civitan (en la parte blanca) y Washington (en la negra), llegó la noticia de que habían ejecutado a Donté. En el parque Civitan, la multitud no había dejado de crecer durante toda la tarde, ocupando cada vez más espacio, y después fue avanzando y comenzó a empujar a la Guardia Nacional. Los soldados fueron objeto de provocaciones, palabrotas e insultos, y llegó a caer alguna piedra, pero la violencia latente no llegó a estallar. Oscurecía, y casi nadie dudaba de que la situación se deterioraría por la noche. En el parque Washington, la multitud era de edad más avanzada, y se componía esencialmente de vecinos. Los más jóvenes y belicosos cruzaron la ciudad dirigiéndose hacia allí donde había más posibilidades de disturbios.

Las casas se cerraron a cal y canto, y empezaron los turnos de vigilancia en los porches, con las armas a punto. Los centinelas redoblaron sus patrullas en todas las iglesias de Slone.

A unos quince kilómetros al sur, en la cabaña, reinaba un ambiente mucho más festivo. Juntos frente al televisor, con nuevas copas en la mano, todos acogieron la confirmación de la muerte con sonrisas de suficiencia. Paul Koffee brindó por Drew Kerber, y Drew Kerber por Paul Koffee. Los vasos entrechocaban. El titubeo desazonador que habían sentido con lo de Boyette quedó rápidamente en el olvido. Por lo menos de momento.

Al final se había impuesto la justicia.

Jeter acompañó a Robbie y Keith hasta la entrada de la cárcel, les dio la mano y se despidió. Robbie le dio las gracias por haber sido tan atento. Keith no sabía muy bien si darle las gracias o insultarle -su autorización de último minuto de Keith como testigo había desembocado en una experiencia horrible-, aunque, fiel a su manera de ser, acabó manteniendo los modales. Al cruzar la puerta principal vieron de dónde procedía el ruido. A tres manzanas a la derecha, más allá de un muro de policías locales y del estado, había una aglomeración de estudiantes que gritaban, agitando pancartas en medio de una calle acordonada. Detrás había una retención de tráfico. Una oleada de coches había intentado llegar a la cárcel, y al ver que no se podía pasar, los conductores se habían limitado a salir y unirse a la multitud. La operación Desvío había planeado taponar la cárcel a base de gente y de vehículos, y se estaba cumpliendo su objetivo. No se había alcanzado la meta de impedir la ejecución, pero al menos se había movilizado a los defensores de Donté, que se hacían oír.

Aaron Rey, que esperaba en la acera, llamó por señas a Keith y Robbie.

– Hemos encontrado una vía de escape -dijo-. Esto está a punto de explotar.

Corrieron al monovolumen, que se puso en marcha. El conductor empezó a cruzar una callejuela tras otra, esquivando coches aparcados y a estudiantes furiosos. Martha Handler escrutaba el rostro de Robbie, que no la miró en ningún momento.

– ¿Podemos hablar? -preguntó ella.

Robbie sacudió la cabeza. Keith también. Los dos cerraron los ojos.

El contrato lo tenía una funeraria de Huntsville. Dentro de la Unidad de las Paredes, donde no podía verlo nadie, estaba uno de sus coches fúnebres, que cuando ya no quedaron testigos ni autoridades en el pabellón de ejecuciones cruzó la misma puerta por donde habían entrado y salido los furgones. Sacaron una camilla plegable, la extendieron y la llevaron rodando al interior de la cámara de ejecuciones, donde fue arrimada a la camilla en la que yacía inmóvil Donté, ya sin correas. Le habían quitado los tubos, que volvían a estar enrollados en la habitación oscura donde el farmacéutico, tan invisible como antes, cumplimentaba los formularios. Al contar hasta tres, cuatro vigilantes levantaron suavemente el cadáver y lo depositaron en la camilla plegable, donde volvió a quedar sujeto con correas, aunque algo más sueltas que la vez anterior. Le echaron encima una manta, propiedad de la funeraria, y cuando todo estuvo en su sitio empujaron la camilla hacia el coche fúnebre. Veinte minutos después de que se certificara la defunción, el cadáver salió de la Unidad de las Paredes por un recorrido distinto, a fin de esquivar a los manifestantes y a las cámaras.

Al llegar a la funeraria, el cadáver fue llevado a una sala de preparación. Allí lo esperaban Hubert Lamb y su hijo Alvin, dueños de la funeraria Lamb & Hijo de Slone, Texas, que al llegar a esta última localidad procederían a embalsamarlo en la misma mesa donde cinco años antes habían preparado a Riley Drumm. La diferencia era que Riley, en el momento de su defunción, era un hombre mayor, de cincuenta y cinco años, con el cuerpo encogido y deteriorado, y su muerte entraba dentro de lo previsto. Se podía explicar. La de su hijo no.

Como hombres que trataban con la muerte, y que manipulaban cadáveres constantemente, los Lamb creían haberlo visto todo, pero los impactó ver a Donté plácidamente tumbado en la camilla, con cara de satisfacción y el cuerpo intacto de un joven de veintisiete años. Lo conocían desde pequeño. Lo habían jaleado en el campo de fútbol, y le vaticinaban una larga y gloriosa trayectoria, como todo Slone. Después de su detención, habían participado en los susurros y las habladurías del resto de la ciudad. Su confesión los había dejado atónitos, y su retractación los había convencido enseguida. En aquel lado de la ciudad nadie se fiaba de la policía de Slone, y menos del detective Kerber. Al chico le habían tendido una trampa; lo habían hecho confesar a golpes, como en los viejos tiempos. Los Lamb habían asistido contrariados a su juicio y condena por un jurado blanco, y cuando ya estaba en la cárcel conservaban cierta esperanza -compartida con el resto de la ciudad- de que apareciese el cadáver de la joven, o la propia joven.

Con ayuda de dos empleados, levantaron a Donté de la camilla y lo depositaron suavemente en un bonito ataúd de roble, elegido el lunes por su madre. Roberta había dejado un poco de dinero a cuenta -tenía un seguro de entierro-, que los Lamb tenían pensado devolverle si al final no hacía falta el ataúd. Ellos se habrían alegrado de no tener que usarlo. Habían rezado por no estar donde estaban en aquel momento, por no recoger el cadáver, llevarlo a Slone y prepararlo para un velatorio, servicio fúnebre y entierro de lo más doloroso.

Los cuatro hombres cargaron con dificultad el ataúd en el coche fúnebre de Lamb & Hijo, y a las 19.02 Donté salió de Huntsville rumbo a su ciudad natal.

El plato de Fordyce – ¡A por todas! ocupaba la pequeña «sala de baile» de un motel barato perteneciente a una cadena, justo en el límite de Huntsville. Mientras preparaban para las cámaras a Reeva y Wallis, sentados en sillas de director, Sean Fordyce se paseaba de un lado a otro con la exaltación que lo caracterizaba. Acababa de llegar en avión de una ejecución en Florida, y aunque estuviera en Huntsville de milagro, se alegraba mucho, porque el caso de Nicole Yarber se había convertido en uno de los mejores de su vida. Durante la charla previa, mientras los técnicos trabajaban como posesos en el sonido, la iluminación, el maquillaje y el guión, Fordyce se dio cuenta de que Reeva aún no estaba al corriente de la aparición de Travis Boyette. La noticia la había pillado dentro de la cárcel, mientras se preparaba para el gran momento. Siguiendo su intuición, decidió no contárselo. Se lo reservaría para otro momento.