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La entrevista posterior a la ejecución era la parte más dramática del programa. Si los abordabas a los pocos minutos de haber visto morir al cabrón, eran capaces de decir cualquier cosa. Fordyce gritó a un técnico, insultó a un cámara y bramó que estaba listo para empezar. Un último toque de polvos en la frente, y un cambio instantáneo de actitud al mirar a la cámara, sonreír y convertirse en un hombre de lo más compasivo. Con la cinta en marcha, explicó dónde estaba, dio la fecha y hora, subrayó la gravedad del momento y se acercó a Reeva.

– Ya se ha acabado, Reeva -dijo-. Cuéntanos qué has visto.

Reeva, con un kleenex en cada mano -desde la comida había gastado una caja entera-, se secó los ojos.

– Le he visto a él -dijo-. Por primera vez en ocho años he visto al hombre que mató a mi hija. Le he mirado a los ojos, pero él a mí no.

Hablaba con fuerza, sin venirse abajo, al menos de momento.

– ¿Qué ha dicho?

– Ha dicho que lo sentía, lo cual se agradece.

Fordyce se acercó un poco más, frunciendo el ceño.

– ¿Ha dicho que sentía haber matado a Nicole?

– Algo así-dijo ella.

Wallis, sin embargo, sacudió la cabeza y lanzó una mirada a su mujer.

– ¿No está de acuerdo, señor Pike?

– Ha dicho que sentía lo ocurrido, no que se arrepintiera de algo -rezongó Wallis.

– ¿Estás seguro? -le espetó Reeva a su marido.

– Estoy seguro.

– Pues eso no es lo que he oído yo.

– Cuéntenos cómo ha sido la ejecución y la muerte -le rogó Fordyce.

Reeva, que aún estaba enfadada con Wallis, sacudió la cabeza y se sonó con un kleenex.

– Demasiado fácil. Se ha dormido y ya está. Cuando han abierto las cortinas, ya estaba encima de la camilla, con todas las correas, y se le veía muy tranquilo. Ha hecho su última declaración y ha cerrado los ojos. Nosotros no hemos visto nada de nada, ninguna señal de que le hubieran administrado los fármacos ni nada. Se ha dormido y ya está.

– ¿Y usted pensaba en Nicole, y en lo horrible que debió de ser su muerte?

– ¡Sí, exacto! Ay, Dios mío… Mi pobre niña… Sufrió tanto… Un horror…

La voz de Reeva se quebró. La cámara hizo un zoom aún más pronunciado.

– ¿Ha tenido ganas de que él sufriera? -preguntó Fordyce, pinchándola, azuzándola.

Reeva asintió enérgicamente, con los ojos cerrados.

– ¿Qué ha cambiado, señor Pike? -preguntó Fordyce a Wallis-. ¿Qué significa esto para su familia?

Wallis reflexionó unos instantes.

– Significa mucho saber que está muerto -se lanzó Reeva mientras él reflexionaba-, y que lo han castigado. Yo creo que esta noche dormiré mejor.

– ¿Ha dicho que se consideraba inocente?

– Sí, sí-contestó Reeva, que por un momento dejó de llorar-. El mismo rollo que oímos desde hace años. «¡Soy inocente!» Pues ahora está muerto. Es lo único que puedo decir.

– ¿Se le ha ocurrido alguna vez que pudiera ser inocente, que a Nicole pudiera haberla matado otra persona?

– No, ni un segundo. El monstruo confesó.

Fordyce se apartó un poco.

– ¿Le suena de algo el nombre de Travis Boyette?

Cara de perplejidad.

– ¿Quién?

– Travis Boyette. Esta tarde, a las cinco y media, ha salido por la tele de Slone diciendo que él es el asesino.

– Tonterías.

– Aquí está la grabación -dijo Fordyce, señalando una pantalla de veinte pulgadas situada a su derecha.

Apareció inmediatamente el vídeo de Travis Boyette. El volumen estaba alto, y en el resto del plato reinaba el más absoluto silencio. Mientras Boyette hablaba, Reeva lo miraba atentamente, ceñuda, casi burlona. Sacudió la cabeza. Un idiota, un falsario. Ella sabía quién era el asesino. Sin embargo, en el momento en que Boyette sacó el anillo de graduación y lo enseñó ante las cámaras, diciendo que lo tenía desde hacía nueve años, Reeva palideció y se quedó boquiabierta, con los hombros caídos.

Aunque Sean Fordyce fuera un defensor acalorado de la pena de muerte, coincidía con la mayoría de sus colegas del amarillismo televisivo en no dejar nunca que la ideología fuera en detrimento de una historia sensacionalista. La posibilidad de que acabaran de ejecutar a un inocente supondría un duro golpe contra la pena de muerte, de ello no cabía duda, pero a Fordyce le daba completamente igual. Él tenía en sus manos la noticia más candente del momento -número dos en la página inicial de la CNN-, y pensaba exprimirla al máximo.

Por otro lado, no veía ningún inconveniente en tender una trampa a su propia invitada; no era la primera vez, ni -en aras del dramatismo- sería la última.

Boyette desapareció de la pantalla.

– ¿Ha visto el anillo, Reeva? -tronó Fordyce.

Parecía que Reeva acabara de ver un fantasma. Luego se rehízo, y se acordó de que lo estaban filmando todo.

– Sí -logró decir.

– ¿Y es el de Nicole?

– Bueno, vaya usted a saber. ¿Quién es ese tipo? ¿De dónde sale?

– Un violador en serie con una lista de antecedentes interminable. Eso es lo que es.

– Pues vaya. ¿Quién lo va a creer?

– ¿O sea que usted no lo cree, Reeva?

– Claro que no. -Sin embargo, ya no le quedaban lágrimas ni fuerza. Se la veía confusa, desorientada y muy cansada. Cuando Fordyce se disponía a hacerle otra pregunta, ella le dijo-: Sean, ha sido un día muy largo. Nos vamos a casa.

– Claro, Reeva, no faltaba más. Solo una pregunta: ahora que ha visto una ejecución, ¿cree que deberían televisarlas?

Reeva se arrancó el micro de la chaqueta y se levantó de un salto.

– Vamos, Wallis. Estoy cansada.

Se había acabado la entrevista. Reeva, Wallis y sus dos hijos salieron del motel, seguidos por el hermano Ronnie. Se apretujaron en la furgoneta de la iglesia y se fueron a Slone.

En el aeropuerto, Keith llamó a Dana para ponerla al día de su viajecito. Ahora estaba en caída libre, sin la menor idea de adónde iba, ni un recuerdo claro de dónde había estado. Cuando explicó a Dana suavemente que acababa de asistir a la ejecución, ella se quedó sin palabras. Tampoco Keith las tenía. Dana le preguntó si estaba bien. Él contestó que no, en absoluto.

El King Air despegó a las siete y cinco, y no tardó en meterse entre nubarrones. Daba tantos bandazos como un camión viejo en una carretera llena de baches. «Turbulencias moderadas», había anunciado el piloto en el momento de embarcar. Entre el ruido de los motores, la sensación de vaivén y el caos visual y mental de las dos últimas horas, a Keith no le costó mucho cerrar los ojos y refugiarse en su burbuja.

También Robbie se encerró en sí mismo. Inclinado hacia delante, con los codos en las rodillas, la mano en la barbilla y los ojos cerrados, se abstrajo en recuerdos dolorosos. Martha Handler quería hablar, tomar notas y captar al máximo la densidad del momento, pero no había nadie a quien entrevistar. Aaron Rey miraba nerviosamente por la ventanilla, como si esperase que se rompiera un ala.

A cinco mil pies, el vuelo se suavizó un poco, y el ruido de la cabina disminuyó. Robbie se reclinó en su asiento y sonrió a Martha.