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– ¿Cuáles han sido sus últimas palabras? -preguntó ella.

– Que quiere a su madre y que es inocente.

– ¿Ya está?

– Es bastante. Hay una web sobre el corredor de la muerte en Texas, una web oficial donde cuelgan todas las últimas declaraciones. Mañana a mediodía estará la de Donté. Ha sido muy bonito. Ha insultado a los malos: Kerber, Koffee, la jueza Grale, el gobernador… Precioso, precioso de verdad.

– ¿O sea que ha luchado hasta el final?

– Luchar no podía, pero no ha cedido ni un centímetro.

El coche era un Buick viejo, propiedad de una anciana viuda, Nadine Snyderwine, y estaba aparcado frente a su modesto hogar, en una plataforma de cemento, al pie de un roble sauce. La señora Snyderwine lo cogía a lo sumo tres veces por semana, y era consciente de que le quedaban pocos días como conductora, porque ya no tenía buena vista. Nunca había trabajado fuera de casa, ni conocía a mucha gente, ni había provocado a nadie. Eligieron su coche porque era accesible, pero sobre todo porque estaba aparcado en una calle oscura y poco transitada, en una parte muy blanca de la ciudad. El Buick no estaba cerrado con llave; de todos modos, habría dado igual. Abrieron la puerta del lado del conductor, encendieron un cóctel Molotov y lo arrojaron dentro. Después los pirómanos desaparecieron en la noche sin dejar rastro. Un vecino vio un coche incendiado, y la llamada al 911 quedó registrada a las 19.28.

Si existía alguna posibilidad de un cortocircuito en el Buick, de una combustión espontánea del vehículo, quedó descartada a las 19.36, hora de la segunda llamada al 911. Otro coche incendiado, un Volvo familiar aparcado en una calle a medio camino entre el juzgado y el parque Civitan. Cinco camiones de bomberos ululaban de punta a punta de la ciudad, por el camino que les abría la policía. Las sirenas recibieron los aplausos de la multitud reunida en el parque, que iba creciendo a medida que avanzaba la noche, pero aparte de consumo de alcohol y posesión de marihuana entre menores no se cometían delitos. De momento. Si acaso, alteración del orden público, pero, dada la tensión del momento, la policía prefería no entrar en el parque para aguar la fiesta. Los ánimos beligerantes de la multitud se alimentaban con la noticia de la muerte de Donté, con las declaraciones de Travis Boyette, con el rap airado que escupían los equipos de los coches y con algo de droga y alcohol.

La policía lo observaba todo, valorando sus opciones. Formando piña con la Guardia Nacional, urdía su estrategia. Un paso equivocado podía provocar una reacción imprevisible, más que nada porque a aquellas alturas la multitud carecía de un auténtico líder, y no sabía adónde la llevaría la noche. Aproximadamente cada media hora, algún payaso encendía una traca, y durante unas décimas de segundo los policías y la Guardia Nacional se quedaban muy quietos, intentando distinguir si eran disparos. De momento, solo tracas.

La tercera llamada quedó registrada a las 19.40, y fue la más alarmante de las tres. De hecho, cuando el comisario jefe recibió los datos, se planteó la posibilidad de salir pitando de la ciudad. Al oeste de Slone, el aparcamiento de grava del bar de Big Louie estaba tan lleno como todos los jueves por la noche, que era cuando se iniciaba extraoficialmente el fin de semana. Para que empezara la marcha, Louie proponía toda una serie de ofertas en las copas, y los chavales respondían con entusiasmo. Prácticamente todos los vehículos aparcados frente al edificio de metal barato eran camionetas, Ford y Chevrolet, al cincuenta por ciento. Los pirómanos eligieron una de cada marca, reventaron los cristales, lanzaron los cócteles y desaparecieron en la oscuridad. A un cliente que llegó tarde en camioneta le pareció ver a «un par de chicos negros» que se iban corriendo, agachados, muy sospechosos. Pero no estaba cerca, ni les vio la cara; de hecho, ni siquiera estaba seguro de que fueran negros.

Al salir en estampida, y ver brotar llamas de las dos furgonetas, todos corrieron en busca de las suyas, y como huían del fuego como locos, cada uno por su cuenta, se organizó un lío enorme, poco menos que un concurso destinado a destrozar coches. Muchos de ellos, que obviamente ya no tenían sed, sino unas ganas enormes de llegar a casa, cerrar las puertas con llave y cargar las armas de fuego, se marcharon. Cada camioneta de las del bar de Big Louie tenía como mínimo una pistola debajo del asiento o en la guantera, y en muchos casos escopetas de caza en la parrilla de la luna trasera.

No era ese el mejor grupo al que buscar las pulgas. Si le quemas a alguien la camioneta, tendrá ganas de guerra.

Capítulo 28

A las ocho ya no quedaban patas de pollo, se había consumido demasiado alcohol y la mayoría de los invitados de Koffee estaban impacientes por volver a la ciudad y enterarse de la gravedad de la situación. Los equipos de televisión iban de un lado para otro, tratando de seguir el ritmo a los pirómanos, y fueron los incendios los que, en definitiva, pusieron fin a la celebración que tenía lugar en el lago. Drew Kerber se quedó, matando el tiempo en espera de que se fuera todo el mundo.

– Tenemos que hablar -le dijo a Paul Koffee, abriendo otra cerveza.

Se acercaron al borde del estrecho embarcadero, lo más lejos posible de la cabaña, aunque no quedara nadie. También Koffee tenía una botella de cerveza. Apoyados en la baranda, miraron el agua a sus pies.

Kerber escupió y bebió un traguito de cerveza.

– ¿A ti te preocupa ese tal Boyette? -preguntó.

Koffee se mostró sorprendido, o al menos lo intentó.

– No, pero es evidente que a ti sí.

Otro trago largo y lento de cerveza.

– De niño, yo vivía en Dentón -dijo Kerber-, y en el barrio había unos cuantos Boyette. Tenía un amigo que se llamaba Ted Boyette. Acabamos juntos el instituto. Luego entró en el ejército y desapareció. Oí que se había metido en líos, pero cambié de casa, acabé aquí y ya no me acordé más de él. Bueno, ya sabes lo que pasa con los amigos de la infancia: nunca te olvidas del todo, pero tampoco los ves. El caso es que en enero de 1999 (me acuerdo del mes porque es cuando encerramos a Drumm) estaba en comisaría cuando algunos de los chicos se empezaron a reír de un chorizo al que habían pillado en una camioneta robada. Consultaron su ficha: lo habían condenado tres veces por agresión sexual. Fichado por delitos sexuales en tres estados, y solo tenía treinta y cinco años. Los polis se preguntaban cuál era el récord, quién era el pervertido fichado en mayor número de estados. Alguien quiso saber cómo se llamaba, y otro dijo: «T. Boyette». Yo no abrí la boca, pero tuve curiosidad por saber si era el chico de nuestro barrio. Consulté su ficha policial y vi que se llamaba Travis, pero seguí teniendo curiosidad. Un par de días más tarde, lo llevaron al juzgado para que compareciera un momento ante el juez. Yo no quería que me viese, para no incomodarlo si resultaba ser mi viejo amigo. En la sala había mucha gente; costaba poco pasar inadvertido, pero no era éclass="underline" era Travis Boyette, el mismo que ahora está en la ciudad. Lo he reconocido nada más verlo en la tele, por la cabeza rapada y el tatuaje en la izquierda del cuello. Estuvo aquí, Paul, en Slone; en la cárcel, aproximadamente cuando desapareció la chica.

Koffee reflexionó intensamente por espacio de unos segundos.

– De acuerdo -dijo-, supongamos que estuvo aquí. Eso no quiere decir que sea verdad que la mató.

– ¿Y si dice la verdad?

– ¡No lo preguntarás en serio!

– Sígueme la corriente, Paul. ¿Y si la dice? ¿Y si Boyette cuenta la verdad? ¿Y si es cierto que tiene el anillo de la chica? ¿Y si Boyette los lleva hasta el cadáver? ¿Entonces qué, Paul? Ayúdame, el abogado eres tú.

– Me estoy quedando alucinado.