Выбрать главу

– ¿Nos podrían acusar?

– ¿De qué?

– ¿Homicidio, por ejemplo?

– ¿Estás borracho, Kerber?

– He bebido demasiado.

– Pues duerme aquí, y no cojas el coche. ¿Por qué no estás en la ciudad, con todos los demás polis?

– Soy detective, no poli de calle; y me gustaría no quedarme sin trabajo, Paul. Hipotéticamente, ¿qué pasaría si Boyette estuviera diciendo la verdad?

Koffee se acabó la botella y la tiró al lago. Después encendió un cigarrillo y exhaló un largo rastro de humo.

– No pasaría nada. Tenemos inmunidad. Como yo controlo al gran jurado, también puedo controlar a quién se acusa de qué. Nunca ha habido ningún caso de detective o fiscal acusados por una mala condena. Somos el sistema, Kerber. Podrían demandarnos en un tribunal civil, pero tampoco es muy probable. Además, el ayuntamiento nos tiene asegurados. Así que no te preocupes, porque estamos muy protegidos.

– ¿A mí me despedirían?

– No, porque te perjudicaría a ti y al ayuntamiento en la demanda civil, pero probablemente te ofreciesen una jubilación anticipada. Ya se ocuparía de ti el ayuntamiento.

– ¿O sea que no nos pasará nada?

– Nada. Y haz el favor de callarte, ¿de acuerdo?

Kerber sonrió, respiró hondo y se bebió otro largo trago.

– Solo era curiosidad -dijo-. Nada más. No es que me preocupe de verdad.

– Pues lo parecía.

Estuvieron unos instantes contemplando el agua, ensimismados, pero pensando en lo mismo.

– Boyette estuvo encarcelado aquí -dijo finalmente Koffee-, en libertad condicional de otro estado, ¿no?

– Sí, creo que de Oklahoma, o puede que de Arkansas.

– Entonces, ¿cómo se escapó?

– No me acuerdo de todo, pero ya consultaré el expediente mañana por la mañana. Parece que pagó la fianza y desapareció. Yo no tenía nada que ver con el caso, y en cuanto vi que era otro Boyette, me olvidé. Hasta hoy.

Otra pausa en la conversación.

– Tranquilo, Kerber -dijo Koffee-. Tú construiste bien la acusación; él tuvo un juicio justo, y todos los tribunales refrendaron su culpabilidad. ¿Qué más podemos esperar? El sistema ha funcionado. ¡Caramba, Drew, el chico confesó!

– Pues claro, pero yo me he preguntado muchas veces qué habría pasado sin la confesión.

– No te preocupará la confesión, ¿verdad?

– No, no. Seguí las reglas al pie de la letra.

– Oye, Drew, no le des más vueltas, eso se ha acabado; se ha acabado del todo. Es demasiado tarde para cuestionar lo que hicimos. El chico va de camino a casa en una caja.

El aeropuerto de Slone estaba cerrado. El piloto encendió las luces de aterrizaje por señal de radio, desde sus controles, y no hubo sobresaltos al tocar la pista. Rodaron hasta la pequeña terminal, y en cuanto se pararon las hélices salieron rápidamente del avión. Robbie dio las gracias al piloto, y prometió llamarlo. El piloto le dio el pésame. Cuando subieron a la camioneta, Aaron ya había hablado por teléfono con Carlos y estaba informado de todo.

– Hay incendios por toda la ciudad -dijo-. Están quemando coches. Carlos dice que en el aparcamiento del bufete hay tres equipos de televisión. Quieren hablar contigo, Robbie, y ver otra vez a Boyette.

– ¿Por qué no queman las furgonetas de la tele? -preguntó Robbie.

– ¿Piensas hablar con ellos?

– No lo sé. Que esperen. ¿Qué hace Boyette?

– Ver la tele. Carlos dice que está cabreado porque no le hicieron ni caso, y se niega a contar nada más a los reporteros.

– ¿Me harás el favor de no dejar que lo mate si lo ataco con un bate de béisbol?

– No -dijo Aaron.

Al entrar en el término municipal, los cuatro se esforzaron en buscar señales de disturbios. Aaron evitaba las calles principales, y también las del centro. Al cabo de unos minutos llegaron a la estación de tren. Todas las luces estaban encendidas, y el aparcamiento, lleno, con tres camionetas de la tele, efectivamente. Cuando Robbie salió, lo esperaban los reporteros. Él les preguntó educadamente de dónde eran y qué querían. Uno de los equipos era de Slone, otro de un canal de Dallas y el otro de Tyler. Había varios reporteros de prensa, incluido uno de Houston. Robbie les propuso un trato: si él organizaba una rueda de prensa fuera, en el andén, y respondía a sus preguntas, ¿se irían de una vez por todas? Les recordó que estaban en una propiedad privada, y que en cualquier momento podían pedirles que se fueran. Ellos aceptaron el trato. Nadie rechistó.

– ¿Qué pasa con Travis Boyette? -preguntó un reportero.

– Yo no soy responsable del señor Boyette -respondió Robbie-. Tengo entendido que sigue dentro, y que no quiere decir nada más. Voy a hablar con él, a ver qué intenciones tiene.

– Gracias, señor Flak.

– Vuelvo dentro de media hora.

Subió por la escalera, seguido por Keith, Aaron y Martha. Al entrar en la sala de reuniones, y ver a Carlos, Bonnie, Sammie Thomas, Kristi Hinze, Fanta y Fred Pryor, las emociones se desbordaron, con abrazos, palabras de pésame y lágrimas.

– ¿Dónde está Boyette? -preguntó Robbie.

Fred Pryor señaló la puerta cerrada de un pequeño despacho.

– Muy bien. Que no salga. Vamos a la mesa de reuniones. Quiero explicarlo mientras aún lo tengo fresco. Quizá quiera ayudarme el reverendo Keith, que también estaba. Ha pasado un rato con Donté y lo ha visto morir.

Keith ya estaba sentado en una silla, contra la pared, exhausto, sin fuerzas y hecho polvo. Lo miraron con incredulidad. Él asintió sin sonreír.

Robbie se quitó la americana y se aflojó la corbata. Bonnie trajo una bandeja de bocadillos, que le puso delante. Aaron cogió uno, al igual que Martha. Keith los rechazó por señas. Había perdido el apetito. Cuando estuvieron todos listos, Robbie empezó a hablar.

– Ha estado muy valiente, pero esperaba un milagro en el último minuto. Supongo que todos lo esperan.

Y, como un profesor de historia de tercero, les explicó la última hora de la vida de Donté. Al final, todos lloraban otra vez.

Empezaron a llover piedras, que en algunos casos eran arrojadas por adolescentes escondidos detrás de grupos de otros adolescentes, y en otros por personas invisibles. Las piedras caían por Walter Street, donde la policía y la Guardia Nacional formaban una línea defensiva. La primera lesión le tocó a un policía de Slone, que recibió una pedrada en la boca y, para regocijo de la multitud, se cayó al suelo. Ver caerse a un policía motivó nuevos lanzamientos de piedras. Ahora sí que explotaba el parque Civitan. Un sargento de la policía tomó la decisión de dispersar a la gente, y amenazó por megáfono con realizar detenciones si no se marchaban. Se produjo una reacción airada, con nuevos lanzamientos de piedras y escombros. La multitud se burlaba de la policía y de los soldados, y les lanzaba palabras malsonantes y amenazas, sin dar muestras de acatar la orden. Policías y soldados, con cascos y escudos, formaron una barrera, cruzaron la calle y penetraron en el parque. Varios estudiantes -entre ellos Trey Glover, el tailback que había sido el primer cabecilla de la manifestación- se adelantaron con las manos tendidas, ofreciéndose voluntariamente a ser detenidos. Mientras Trey era esposado, una piedra rebotó en el casco del policía que lo estaba arrestando. El agente gritó, dijo unas cuantas palabrotas y, olvidándose de Trey, salió en persecución del chico que había tirado la piedra. Algunos manifestantes se dispersaron y corrieron por las calles, pero la mayoría de ellos persistieron en la lucha, arrojando todo lo que encontraban. Las casetas de uno de los campos de béisbol eran de bloques de hormigón, perfectos para ser desmenuzados y para lanzar los trozos a los uniformados de ambos sexos. Un estudiante envolvió un palo con una traca, encendió la mecha y lo tiró todo contra la barrera policial. Las explosiones hicieron que los policías y soldados rompieran filas y se pusieran a cubierto. La multitud estaba enfervorizada. Desde algún punto de detrás de la barrera cayó del cielo un cóctel Molotov, que aterrizó en el techo de un coche de la policía vacío y sin identificar, aparcado al borde de Walter Street. Las llamas se propagaron con rapidez, prendiendo en la gasolina derramada por todo el vehículo. El resultado fue otra salva de gritos por parte de la multitud, que jaleaba, presa del delirio. Al caldearse los ánimos, llegó una furgoneta de la tele. La reportera, una rubia circunspecta que debería haber seguido presentando el tiempo, se apeó como pudo micro en mano, pero se encontró con un policía enfadado que le exigió volver a la furgoneta y salir pitando. La furgoneta, pintada de blanco, con grandes letras rojas y amarillas, era un blanco fácil, y pocos segundos después de que frenase ya la acribillaban con piedras y escombros. De pronto, el cogote de la reportera recibió el impacto de un trozo afilado de hormigón, que le hizo un buen tajo y la dejó inconsciente. Más hurras y obscenidades. Mucha sangre. El cámara la arrastró a un lugar seguro, mientras la policía pedía una ambulancia. Para mayor diversión y frenesí, empezaron a tirar bombas de humo a la policía y a los soldados, y fue entonces cuando se tomó la decisión de contraatacar con gases lacrimógenos. El lanzamiento de los primeros botes hizo cundir el pánico entre la multitud, que empezó a dispersarse. La gente se escapaba corriendo por el barrio. En las calles adyacentes al parque Civitan, los vecinos habían salido al porche para escuchar el caos y ver si había señales de movimiento o disturbios. Con las mujeres y los niños dentro, a salvo, montaban guardia con sus escopetas y rifles, en espera de que apareciese algún negro. Cuando Hermán Grist, del 1485 de Benton Street, vio ir por el medio de la calle a tres negros jóvenes, desde el porche disparó dos tiros de escopeta al aire, y les gritó que volvieran a su parte de la ciudad. Los chicos se fueron corriendo. Los disparos reverberaron en la noche, como grave señal de que las patrullas vecinales habían entrado en la reyerta. Por suerte, Grist no volvió a disparar.