Выбрать главу

La multitud seguía dispersándose, mientras algunos arrojaban piedras en plena retirada. A las nueve de la noche el parque estaba controlado, y la policía y los soldados caminaban entre los escombros: latas y botellas vacías, envases de comida rápida, colillas, envoltorios de petardos y basura como para llenar todo un vertedero. De las dos casetas de béisbol no quedaba nada salvo los bancos de metal. Habían forzado el puesto de comida y bebida, pero no había nada que llevarse. El rastro de los gases lacrimógenos había dejado varios vehículos abandonados, entre ellos el todoterreno de Trey Glover. Este, y una docena más, ya estaban en la cárcel. Cuatro se habían dejado detener, y al resto los habían pillado. También había varias personas en el hospital, a causa de los gases lacrimógenos, y tres policías heridos, aparte de la reportera.

El parque estaba impregnado del olor penetrante de los gases. Cerca, sobre los campos de deporte, flotaba una nube gris, causada por las bombas de humo. Parecía un campo de batalla, pero sin bajas.

El hecho de que la manifestación se hubiera dispersado implicaba que en aquel momento había sobre un millar de negros airados que vagaban por Slone sin la menor intención de irse a sus casas ni de hacer nada constructivo. Estaban indignados por que la policía había recurrido a los gases lacrimógenos. Habían crecido viendo los vídeos en blanco y negro de los perros de Selma, las mangueras de Birmingham y el gas lacrimógeno de Watts. Aquella lucha épica formaba parte de su educación, de su ADN; era un capítulo glorificado de su historia, y de repente ellos estaban en la calle, manifestándose, luchando y siendo gaseados, igual que sus antepasados. No tenían ninguna intención de detener la lucha. Si los polis querían jugar sucio, allá ellos.

El alcalde, Harris Rooney, supervisaba el deterioro de la situación de su pequeña ciudad desde la comisaría, convertida en el centro de mando. Él y el comisario jefe, Joe Radford, habían tomado la decisión de dispersar a la gente en el parque Civitan para despejar la zona, y habían estado de acuerdo en el uso de gases lacrimógenos. Ahora, por radio y por móvil, llegaban partes de que los manifestantes recorrían la ciudad en pandillas, rompiendo ventanas, amenazando a gritos a los conductores que pasaban, tirando piedras y escombros y comportándose como gamberros.

A las nueve y cuarto, Rooney llamó al reverendo Johnny Canty, pastor de la Iglesia Metodista Africana Bethel, con quien ya se había reunido el martes. Entonces el reverendo Canty le había rogado al alcalde que intercediese ante el gobernador en defensa de un aplazamiento de la ejecución, y el alcalde se había negado. Rooney no conocía al gobernador, ni tenía la menor influencia sobre él; además, con Gilí Newton era una pérdida de tiempo suplicar la suspensión de una pena de muerte. Canty había advertido al alcalde del riesgo de disturbios si tenía lugar la ejecución de Donté. El alcalde lo había tomado con escepticismo.

Ahora, todo el escepticismo se había convertido en miedo.

Se puso al teléfono la señora Canty, que explicó que su marido no estaba en casa, sino en la funeraria, aguardando el regreso de la familia Drumm. Dio al alcalde un número de móvil. Al final contestó el reverendo Canty.

– Hombre, señor alcalde, buenas noches -dijo suavemente, con su voz sonora de predicador-. ¿Cómo va todo?

– Ahora mismo la cosa está muy animada, reverendo. ¿Y usted qué tal?

– He tenido días mejores. Estamos aquí, en la funeraria, esperando a que vuelva la familia con el cadáver, o sea que ahora mismo no es que esté muy bien. ¿En qué puedo ayudarlo?

– Tenía usted razón sobre los disturbios, reverendo. Me arrepiento de no haberlo creído. Debería haberle hecho caso, pero no se lo hice. Ahora parece que la cosa va de mal en peor. Ha habido ocho incendios, creo, unos diez arrestos y media docena de heridos, y no hay motivos para prever que esas cifras no vayan en aumento. Se ha dispersado a la multitud del parque Civitan, pero la del parque Washington crece por momentos. No me sorprendería que pronto matasen a alguien.

– Ya han matado a alguien, señor alcalde. Yo estoy esperando el cadáver.

– Lo siento.

– ¿Para qué me llamaba, señor alcalde?

– Usted es un líder muy respetado en su comunidad. Es el pastor de los Drumm. Me gustaría que fuera al parque Washington e hiciera un llamamiento a la calma. A usted lo escucharán. Esta violencia y estos disturbios no conducen a nada.

– Le haré una pregunta, señor alcalde: ¿su policía ha usado gases lacrimógenos contra los chicos del parque Civitan? Acabo de oír el rumor hace unos minutos.

– Pues sí. Se ha considerado necesario.

– No, no era necesario; ha sido un error garrafal. Gaseando a nuestros chicos, la policía ha empeorado aún más la situación. Ahora no espere que yo vaya corriendo a arreglar lo que han estropeado ustedes. Buenas noches.

La llamada se cortó.

Robbie, con Aaron Rey a un lado y Fred Pryor al otro, respondía preguntas delante de los micrófonos y las cámaras de televisión. Explicó que Travis Boyette seguía en el edificio, pero que no quería hablar con nadie. Un reportero le pidió permiso para entrar en el bufete y entrevistar a Boyette. Solo si quiere que lo detengan, y tal vez que le peguen un tiro, fue la brusca respuesta de Robbie. No se acerque al edificio. Le preguntaron por la última comida de Donté Drumm, la visita, las declaraciones y todo eso. ¿Quiénes habían sido los testigos? ¿Algún contacto con la familia de la víctima? Preguntas inútiles, en opinión de Robbie, aunque en esos momentos parecía que nada tenía valor.

Después de veinte minutos les dio las gracias, y ellos a él. Robbie les pidió que se fuesen y que no volvieran. En caso de que Boyette cambiara de opinión y quisiera hablar, él, Robbie, le daría un teléfono y un número.