Keith presenció la rueda de prensa desde un punto oscuro del andén, fuera del bufete pero dentro de la galería. Mientras hablaba por teléfono con Dana, y le explicaba lo sucedido ese día, ella, de repente, le dijo que en la tele salía Robbie Flak. Dana tenía puestas las noticias por cable, y ahí estaba Flak, en directo desde Slone, Texas.
– Yo estoy detrás, en la sombra, a unos quince metros -dijo Keith, bajando la voz.
– Se le ve cansado -comentó ella-; cansado y no sé si un poco loco.
– Las dos cosas. El cansancio va y viene, pero sospecho que loco siempre lo está un poco.
– Parece un hombre desesperado.
– Está para que lo encierren, pero debajo de la superficie hay una persona tierna.
– ¿Dónde está Boyette?
– En una habitación, dentro del edificio, con un televisor y algo de comer. Prefiere no salir. Mejor. Esta gente conocía a Donté, y lo quería. Por aquí Boyette no tiene amigos.
– Hace unos minutos han enseñado los incendios y han hablado con el alcalde. Parecía un poco nervioso. ¿Tú estás a salvo, Keith?
– Sí, claro. Oigo sirenas a lo lejos, pero no se acercan.
– Ten cuidado, por favor.
– No te preocupes, estoy bien.
– Bien no estás; estás hecho polvo, y se te nota. Duerme un poco. ¿Cuándo volverás?
– Tengo la intención de salir por la mañana.
– ¿Y Boyette? ¿El también volverá?
– De eso no hemos hablado.
Capítulo29
En Slone había tres funerarias: dos para los blancos -de gama alta y baja- y una para los negros. En algunos aspectos importantes de la vida se había alcanzado la integración (educación, política, empleo y actividad comercial), pero en otros nunca se produciría, porque en el fondo no lo deseaba ninguna de las dos razas. La misa dominical estaba segregada por propia voluntad de los interesados. Algunos negros, pocos, iban a las grandes iglesias blancas de la ciudad, donde eran bien recibidos. Todavía eran menos los blancos a quienes se podía encontrar en las iglesias negras, donde se los trataba como a todo el mundo. Pero la gran mayoría se quedaba con los suyos, y en eso tenía poco que ver el fanatismo; más bien era cuestión de tradición y de preferencias. Para el domingo por la mañana, los blancos preferían un ritual más ordenado y comedido: una primera oración a las once, Seguida por algo de música bonita; luego un buen sermón, sin aspavientos, y a las doce todos a la calle, no más tarde de las doce y diez, eso nunca, porque para entonces se morían de hambre. En las iglesias negras el tiempo no era tan importante. El espíritu fluía con mayor libertad, dando pie a un estilo de culto más espontáneo. Nunca se oía el toque de las doce. A menudo comían allí mismo, a la hora que fuese, y nadie tenía prisa por marcharse.
¡Y qué distinto era morir! Para enterrar a una persona negra nunca había prisa, mientras que los blancos solían querer zanjar el asunto como máximo en tres días. En la funeraria negra había mayor actividad, con más visitas, velatorios más largos y despedidas también más largas. Lamb & Hijo tenía a sus espaldas varias décadas de digno servicio a su parte de la ciudad. Cuando llegó el coche fúnebre, pocos minutos después de las diez de la noche, lo esperaba una solemne multitud en el césped que había delante de la pequeña capilla. Mudos, cabizbajos y cariacontecidos, vieron cómo Hubert y Alvin abrían la puerta trasera del coche y daban indicaciones a los portadores del féretro -ocho amigos de Donté, casi todos antiguos jugadores de los Slone Warriors-, que tras llevar el ataúd algunos metros, siguiendo a Hubert Lamb, se metieron por una puerta lateral. La funeraria estaba cerrada. No abriría hasta la mañana siguiente, cuando Donté estuviera debidamente preparado, y listo para que lo vieran.
A lo lejos aullaban las sirenas. El ambiente era tenso y cargado, lleno de humo y miedo. Quienes no daban problemas estaba claro que los esperaban.
Entró en el aparcamiento un vehículo que estacionó junto al coche fúnebre. Roberta Drumm salió con Marvin, Cedric y Andrea, y los cuatro caminaron lentamente hacia la entrada principal, donde los recibieron sus amigos. Hubo abrazos, susurros y lágrimas. Al final, la familia entró, pero los amigos no se fueron. Apareció otro coche, que aparcó cerca del de la funeraria. Era Robbie, con Aaron Rey. Pasando al lado de la gente, entraron por la puerta lateral. Robbie se reunió con la familia en el salón. Sentados juntos, se abrazaron y lloraron como si llevaran meses sin verse. Pocas horas antes habían visto morir a Donté, pero ahora aquel momento y aquel lugar estaban muy, muy lejos.
Durante el viaje de regreso desde Huntsville, la familia Drumm había escuchado la radio, y había hablado por los móviles. Preguntaron a Robbie por el tal Boyette, y él les dio todos los datos que tenía. Por otra parte, sabían que en Slone la situación era desastrosa, y preveían que empeorase. Roberta dijo varias veces que quería que cesara la violencia. Robbie le aseguró que eso no estaba en sus manos. La situación se había descontrolado.
Hubert Lamb entró en la sala.
– Roberta -dijo-, Donté está preparado.
Entró sola en la sala de preparación y cerró la puerta con pestillo. Su hermoso niño yacía en una mesa estrecha, cubierta provisionalmente con sábanas blancas. Llevaba la misma ropa con la que lo habían matado: una camisa blanca barata, unos chinos gastados y unos zapatos de saldo, cortesía del estado de Texas. Roberta le puso suavemente las manos en las mejillas, y le besó la cara: la frente, los labios, la nariz, la barbilla… Lo besó repetidas veces, mientras las lágrimas caían como la lluvia. No lo había tocado en ocho años; su último abrazo, rápido y furtivo, se remontaba a cuando se lo habían llevado de la sala de vistas, el día en que lo habían sentenciado a muerte. Mientras lloraba, recordó la indecible angustia de ver cómo se lo llevaban a rastras, haciendo ruido con las cadenas de las piernas, rodeado de policías gordos, como si pudiera matar a alguien más; y la dureza y suficiencia de los semblantes de los fiscales, del jurado y de la jueza, orgullosos de su labor.
«Te quiero, mamá», le había dicho él por encima del hombro, antes de cruzar la puerta a empujones.
Tenía la piel ni fría ni caliente. Roberta tocó la pequeña cicatriz de debajo de la barbilla, pequeño premio de consolación de una pelea de barrio a pedradas que había perdido a los ocho años. La primera de muchas. Había sido un niño de armas tomar, y más aún con las provocaciones constantes de Cedric, su hermano mayor; de armas tomar, pero dulce. Le tocó el lóbulo de la oreja derecha, donde apenas se veía el diminuto agujero. A los quince se había comprado un pendiente, un pequeño brillante falso que llevaba cuando salía con los amigos. En cambio, a su padre se lo escondía. Riley le habría castigado.
Su hermoso niño, tan plácidamente tumbado, y tan sano. Muerto, pero no enfermo. Muerto, pero no herido. Muerto, pero no lisiado. Al examinar sus brazos, no encontró ni rastro de los pinchazos de las inyecciones. No había indicios de que lo hubieran matado. Nada externo. Parecía descansar, en espera de que le administrasen el siguiente fármaco: un fármaco que lo despertaría y le permitiría volver a casa con su madre.
Tenía las piernas rectas, y los brazos pegados al cuerpo. Hubert Lamb había dicho que no tardaría en ponerse rígido, así que no había tiempo que perder. Sacó de su bolso un pañuelo de papel, para secarse las mejillas, y unas tijeras para cortar la ropa de preso. Podría haber desabrochado la camisa, pero lo que hizo fue cortarla, primero por delante y después por las mangas, para retirarla pedazo a pedazo, dejando caer los jirones al suelo. Aún corrían lágrimas por sus mejillas, pero ahora cantaba en voz baja: una antigua canción gospel, Take my hand, precious Lord. Se paró a frotar la barriga plana, el pecho suave y los hombros, sorprendida de que se hubiera encogido tanto dentro de la cárcel. Nada quedaba del atleta vigoroso, que había sido sustituido por un preso roto. En la cárcel se había muerto lentamente.