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Él había dormido cinco horas, y aun esas con somníferos. Estaba más que exhausto, pero quedaba mucho por hacer. A la salida de Lamb & Hijo, tras ver brevemente el cadáver, se había llevado a todos sus acompañantes a su casa, donde DeDe había conseguido sacar bastante comida para alimentarlos a todos. Keith y Boyette habían dormido en el sótano, en un par de sofás, mientras una criada les lavaba y planchaba la ropa.

Todos estaban agotados, pero a nadie le costó saltar de la cama.

Carlos, al móvil, escuchaba más que hablaba. Al final de la llamada dio una noticia.

– Era mi contacto en la emisora de radio. Ha habido unas cuarenta detenciones y más de veinte heridos, pero ninguna víctima mortal, lo cual es un milagro. Tienen cerrado casi todo el centro. De momento la cosa se ha calmado. Hay muchos incendios, tantos que no se pueden ni contar. Han venido camiones de bomberos de Paris, Tyler y otros sitios. Como mínimo han tirado cócteles Molotov (que se ha vuelto el arma favorita) a tres coches de la policía. También le han pegado fuego a la tribuna de prensa del campo de fútbol americano, que aún se está quemando. La mayoría de los incendios son en edificios vacíos. Por ahora no se ha quemado ninguna casa. Se rumorea que el gobernador va a enviar a más efectivos de la Guardia Nacional, aunque no hay nada confirmado.

– ¿Y si encontramos el cadáver? -preguntó Martha.

Robbie sacudió la cabeza, y reflexionó unos instantes.

– Pues entonces lo de esta noche habrá sido un juego de niños.

Habían discutido las múltiples combinaciones y preparativos para el viaje. Para asegurarse de que Boyette no se esfumara, Robbie lo quería en su camioneta, a buen recaudo, ante la atenta mirada de Aaron Rey y Fred Pryor, pero la idea de compartir durante varias horas un espacio pequeño con aquella mala bestia le resultaba insoportable. Keith no estaba dispuesto a prescindir de su Subaru, más que nada por su firme decisión de estar en Topeka el viernes a última hora de la tarde, con Boyette o sin él. Tenía tan pocas ganas como Robbie de estar sentado al lado de él, pero como ya lo había hecho antes, le aseguró a Robbie que podía volver a hacerlo.

Fred Pryor había propuesto meter a Boyette en el asiento trasero de su camioneta y apuntarlo con pistolas. En el equipo de Robbie había muchas ganas de venganza, y si era cierto que Boyette los conducía hasta el cadáver, costaría poco convencer a Fred Pryor y a Aaron Rey de que se lo llevasen a algún sitio entre los árboles y pusieran fin a sus dolores. Así lo intuía Keith, cuya presencia inspiraba respeto. No habría violencia.

La incorporación de Bryan Day había sido compleja. Robbie no se fiaba de los reporteros. Así de claro. Ahora bien, si encontraban lo que buscaban sería necesario grabarlo debidamente por alguien ajeno a su círculo. Day, como era lógico, tenía muchas ganas de acompañarlos, pero lo obligaron a aceptar toda una lista de condiciones, básicamente para impedir que informase de nada hasta que se lo indicase Robbie Flak. Si lo intentaba, él y Buck, el cámara, tendrían muchas posibilidades de recibir una paliza, un tiro o ambas cosas. Day y Buck se daban cuenta de que había mucho en juego. Las normas serían respetadas. Como Day era el director de informativos de la cadena, logró irse sin dejar ninguna pista en el estudio.

– ¿Podemos hablar? -preguntó Martha.

Llevaban media hora de camino, y al fondo el cielo se empezaba a teñir de naranja.

– No -respondió Robbie.

– Ya hace casi doce horas que se ha muerto. ¿En qué piensas?

– Estoy para el arrastre, Martha. No me funciona el cerebro. No pienso en nada.

– ¿Pues en qué pensaste al ver su cadáver?

– Muy enfermo tiene que estar el mundo para que matemos a alguien partiendo del supuesto de que tenemos derecho a matarlo. He pensado que tenía muy buen aspecto ese chico tan guapo allí dormido, sin heridas visibles ni señales de haberse resistido; sacrificado como un perro viejo por unos fanáticos y unos idiotas demasiado vagos y tontos para darse cuenta de lo que hacen. ¿Sabes qué pienso de verdad, Martha?

– Dímelo tú.

– Te lo voy a decir: estoy pensando en Vermont. Veranos frescos, nada de humedad y sin ejecuciones. Un sitio civilizado. Una cabaña al borde de un lago. Aprendería a quitar la nieve con una pala. Si lo vendo todo, y cierro el bufete, puede quedarme un millón neto. Me retiraré a Vermont y escribiré un libro.

– ¿Sobre qué?

– No tengo ni idea.

– Eso no se lo cree nadie, Robbie. Tú nunca te irás. Quizá te tomes un descanso para recobrar el aliento, pero no tardarás en encontrar otro caso, indignarte y poner una demanda, o diez. Lo harás hasta los ochenta años, y luego te sacarán de la estación en camilla.

– A los ochenta no llegaré. Voy por los cincuenta y dos y ya me siento un viejo.

– A los ochenta estarás poniendo demandas.

– No sé.

– Yo sí. Te leo el corazón.

– Ahora mismo, el corazón lo tengo partido, y lo que me apetece es no seguir adelante. Hasta el abogado más inútil podría haber salvado a Donté.

– ¿Y qué podría haber hecho de otra manera ese abogado tan inútil?

Robbie enseñó las palmas.

– Ahora no, Martha, por favor -dijo.

En el coche de detrás se pronunciaron las primeras palabras.

– ¿De verdad que asistió a la ejecución? -preguntó Boyette.

Keith bebió café y esperó un poco.

– Sí. No lo tenía planeado. Fue en el último momento. Yo no quería asistir.

– ¿Preferiría no haberlo visto?

– Muy buena pregunta, Travis.

– Gracias.

– Por un lado, me gustaría no haber visto morir a un hombre, y menos a alguien que se proclamaba inocente.

– Es inocente, o lo era.

– Intenté rezar con él, pero no quiso; dijo que no creía en Dios, aunque antes sí que había creído. Para un pastor es muy difícil estar con alguien que se va a morir y no cree en Dios, o en Cristo, o en el cielo. Yo he estado en camas de hospital, y he visto morir a feligreses míos, y siempre es reconfortante saber que a sus almas les espera un más allá glorioso. No es el caso de Donté.

– Ni el mío.

– Por otro lado, en la cámara de ejecución vi algo que debería ver todo el mundo. ¿Qué sentido tiene esconder lo que hacemos?

– ¿O sea que vería otra ejecución?

– Yo no he dicho eso, Travis.

Era una pregunta a la que Keith no podía contestar. Aún estaba asimilando lo de su primera ejecución, y no podía imaginarse la siguiente. Pocas horas antes, a falta de segundos para conciliar el anhelado sueño, se le había aparecido la imagen de Donté atado con correas a su lecho de muerte. La reprodujo otra vez a cámara lenta. Recordó haber mirado fijamente el pecho de Donté, que se levantaba un poco y luego bajaba. Arriba y abajo, de manera casi imperceptible. Hasta pararse. Acababa de ver exhalar el último suspiro a una persona. Keith sabía que la imagen jamás se le iría de la cabeza.

Al este, el cielo estaba más luminoso. Entraron en Oklahoma.

– Supongo que es mi último viaje a Texas -dijo Boyette.

A Keith no se le ocurrió nada como respuesta.

El helicóptero del gobernador aterrizó a las nueve en punto de la mañana. Dada la gran antelación con que se había avisado a los medios, que esperaban impacientes, el gobernador, Barry y Wayne discutieron a fondo los detalles del aterrizaje. Finalmente, de camino, se decidieron por el aparcamiento contiguo al campo de fútbol americano. Puestos al corriente, los medios de comunicación acudieron a toda prisa al instituto de Slone para cubrir aquella noticia de última hora. La tribuna de prensa estaba en muy mal estado, quemada y chamuscada. Aún había bomberos que limpiaban los escombros. Al salir de su helicóptero, Gilí Newton fue recibido por la policía del estado, varios coroneles de la Guardia Nacional y algunos bomberos especialmente elegidos, y también cansados. Les dio efusivamente la mano, como si fueran marines de vuelta del combate. Barry y Wayne inspeccionaron el terreno sin perder ni un segundo, y organizaron la rueda de prensa de modo que el telón de fondo fuera el campo de fútbol, y sobre todo la tribuna de prensa quemada. El gobernador iba en tejanos y botas de vaquero, sin corbata y con cazadora: un auténtico trabajador.