Robbie lo filmaba a un metro y medio de distancia. A pesar de donde estaba, y de lo que estaba haciendo, a Keith se le escapó una sonrisa.
– No lo abráis -dijo Robbie.
Pryor fue rápidamente a la camioneta, de la que trajo un paquete. Distribuyó guantes y mascarillas médicas, y cuando se los hubo puesto todo el mundo, Robbie dio la cámara a Pryor con instrucciones de que empezara a rodar. Después indicó a Aaron que bajase y abriese lentamente la tapa. Aaron lo hizo. No había ningún cadáver, solo huesos: los restos de una persona, supusieron que Nicole. Tenía las manos y los dedos entrelazados por debajo de las costillas, pero los pies estaban cerca de las rodillas, como si Boyette no hubiera tenido más remedio que doblarla para que cupiese en la caja de herramientas. En la calavera, intacta, solo faltaba un molar. Tenía una dentadura perfecta. Lo sabían por las fotos. Alrededor del cráneo había largas hebras de pelo rubio, y entre el cráneo y el hombro una tira de cuero negro, supusieron que el cinturón. Junto al cráneo, en una esquina de la caja, se veía algo que parecía ropa.
Keith cerró los ojos y rezó.
Robbie también cerró los suyos y lanzó una maldición.
Boyette retrocedió y se sentó al borde del neumático de tractor, entre las hierbas, donde empezó a frotarse la cabeza.
Mientras Fred seguía rodando, Robbie dio instrucciones a Aaron de que sacara con cuidado el rollo de ropa. Los artículos estaban intactos, si bien desgastados en algunos bordes, y con cierto número de manchas. Una blusa azul y amarilla, con algún tipo de fleco, y un agujero grande y feo, obra de los insectos o de la carne en putrefacción. Una falda blanca corta, muy manchada. Sandalias marrones. Sostén y bragas a juego, azul oscuro. Y dos tarjetas de plástico: el carnet de conducir y una MasterCard. Las cosas de Nicole fueron depositadas ordenadamente junto a su tumba.
Boyette volvió a la camioneta y se sentó en el asiento delantero, dándose un masaje en la cabeza. Robbie estuvo dando órdenes y haciendo planes durante diez minutos. Hicieron decenas de fotos, pero no tocaron nada más. Ahora era un lugar del delito, del que se ocuparían las autoridades locales.
Aaron y el vigilante de seguridad se quedaron, mientras el resto bajaba otra vez de Roop's Mountain.
Capítulo31
A las diez de la mañana, el aparcamiento de la funeraria Lamb & Hijo estaba lleno, y la calle, bordeada de coches. El cortejo fúnebre, con sus mejores galas de domingo, formaba una hilera que empezaba en la puerta principal y, en fila de a tres o de a cuatro, cruzaba el pequeño césped, seguía por la calle y daba la vuelta a la esquina. Tristes y enojados, cansados y nerviosos, no sabían muy bien qué les pasaba, ni qué estaba ocurriendo en su tranquila ciudad. Finalmente, poco antes del amanecer, habían cesado las sirenas, los petardos, los disparos y el griterío en las calles, dejando unas horas de margen para descansar, aunque nadie esperaba que la normalidad volviese a las calles, ni el viernes ni durante el fin de semana.
Habían visto por la tele el inquietante rostro de Travis Boyette; habían oído su venenosa confesión, y la creían, porque siempre habían creído a Donté. Quedaban más cosas por contar, y si era cierto que a la chica la había matado Boyette, alguien lo pagaría muy caro.
En la policía de Slone había ocho agentes negros, todos los cuales se presentaron voluntarios para la misión. Aunque la mayoría llevara muchas horas sin dormir, estaban resueltos a rendir homenaje al difunto. Despejaron la calle de delante de la funeraria y desviaron el tráfico, pero lo que más les costó fue mantener a raya a los reporteros, que eran legión: todos en su sitio detrás del cordón policial, a una manzana de distancia.
Tras abrir con llave la puerta principal, Hubert Lamb saludó a la primera tanda de asistentes y les pidió que firmasen en el libro de visitas. La multitud empezó a moverse despacio, sin prisas. Se tardaría una semana en enterrar a Donté. Habría tiempo de sobra para presentarle los debidos respetos.
Donté estaba expuesto en la sala principal, con el ataúd abierto y cubierto de flores. Al pie del féretro, encima de un trípode, había una ampliación de su foto de último año de instituto: un chico de dieciocho años con americana y corbata, bien parecido. El retrato se lo habían hecho un mes antes de la detención. Sonreía, soñando aún con jugar a fútbol americano. Sus ojos estaban llenos de esperanza y ambición.
Su familia estaba cerca del ataúd, donde llevaban una hora tocándolo, llorando y tratando de ser fuertes por los invitados.
En la zona de acampada, Robbie describió la escena a Carlos y a los demás. Bryan Day quería ir a la tumba sin dilación, y filmarlo todo antes de que llegase la policía, pero Robbie no lo veía muy claro. Discutieron, aunque los dos eran conscientes de que la decisión final correspondía a Robbie. Fred Pryor estaba llamando por su móvil, tratando de localizar al sheriff del condado de Newton. Martha Handler hablaba con Aaron por móvil y tomaba notas. De repente se oyó un grito, un grito de angustia, a la vez que Boyette se caía al suelo y empezaba a temblar intensamente. Keith se arrodilló a su lado. Los otros acudieron a ver qué pasaba, impotentes. Hubo miradas de extrañeza. Al cabo de un minuto, aproximadamente, pareció que el ataque se le fuera pasando, y se atenuaron los temblores y las sacudidas. Boyette se cogió la cabeza con las manos, gimiendo de dolor. Después pareció que se moría. Se le quedó el cuerpo flácido, completamente inmóvil. Keith esperó. Después le tocó el hombro.
– ¿Me oye, Travis? -preguntó.
Evidentemente, no lo oía. No hubo respuesta.
Keith se levantó.
– Se suele desmayar unos minutos.
– Vamos a ayudarlo a que no sufra -dijo Robbie-. Un tiro en la cabeza y listos. Cerca de aquí hay una tumba a punto de quedarse vacía.
– Vamos, Robbie -insistió Keith.
Pareció que a los demás les gustaba la idea. Se apartaron, y no tardaron mucho en encontrar otras ocupaciones. Pasaron cinco minutos. Boyette seguía sin moverse. Keith se arrodilló para tomarle el pulso. Era regular, pero débil.
– Robbie -dijo unos minutos más tarde-, creo que es grave. Está inconsciente.
– Yo no soy neurocirujano, Keith. ¿Qué quieres que haga?
– Necesita atención médica.
– Lo que necesita es un funeral, Keith. ¿Por qué no te lo llevas otra vez a Kansas, y lo entierras?
Keith se levantó y dio unos pasos hacia donde estaba Robbie.
– Eso es demasiado duro, ¿no te parece? -replicó.
– Perdona, Keith. Por si no te has dado cuenta, están pasando muchas cosas, y la salud de Boyette no forma parte de mis prioridades.
– Tampoco podemos dejar que se nos muera aquí.
– ¿Por qué no? Total, ya está prácticamente muerto, ¿no?
Boyette gruñó y sufrió una convulsión de los pies a la cabeza, como si le atravesase una réplica. Después volvió a quedarse inmóvil.
Keith tragó saliva.
– Necesita un médico -dijo.
– Está bien, pues ve a buscar uno.
Los minutos pasaban lentamente, y Boyette no reaccionaba. A los demás les daba igual. Keith barajaba la posibilidad de irse solo en su coche, pero no era capaz de desatender a un moribundo. El vigilante de seguridad lo ayudó a subir a Boyette a la parte trasera del Subaru. Fred Pryor llegó del riachuelo.
– Era el sheriff -dijo-. Al final he conseguido hablar con él y convencerlo de que va en serio, que hemos encontrado un muerto en su jurisdicción. Viene para aquí.