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Mientras Keith abría la puerta de su coche, Robbie se acercó.

– Llámame al llegar a un hospital -dijo-, y ten vigilado a Boyette; seguro que las autoridades de aquí quieren hablar con él. De momento no hay ninguna investigación abierta, pero podría haberla muy pronto, sobre todo si reconoce que mató a la chica en este estado.

– Casi no tiene pulso -informó el vigilante de seguridad desde el asiento trasero.

– No pienso montar guardia, Robbie -dijo Keith-. Yo ya he terminado. Me voy. Lo dejo en el hospital, sea donde sea, y me voy pitando a Kansas.

– Tienes nuestros números de móvil. Con que nos mantengas al corriente ya está bien. Seguro que en cuanto el sheriff vea la tumba enviará a alguien a ver a Boyette.

Se dieron la mano, sin saber si volverían a verse. La muerte crea extraños vínculos. Tenían la impresión de que se conocían desde hacía años.

Cuando el Subaru desapareció en el bosque, Robbie miró el reloj. Había tardado unas seis horas en venir desde Slone y encontrar el cadáver. Si Travis Boyette no se hubiera retrasado tanto, Donté Drumm estaría vivo, y a punto de que lo absolviesen. Escupió al suelo, y en su fuero interno deseó a Boyette una muerte lenta y dolorosa.

Durante los tres cuartos de hora en coche desde la zona de acampada -incluidas como mínimo cuatro paradas para preguntar por el camino-, Boyette no se había movido, ni había hecho ningún ruido. Parecía que estaba muerto. En la entrada de urgencias, Keith explicó a un médico que Boyette tenía un tumor, pero no entró en más detalles. El médico tuvo curiosidad por saber por qué un pastor de Kansas pasaba por Joplin con un enfermo grave que no era pariente ni feligrés suyo. Keith le dijo que era una historia muy larga, y que estaría encantado de contársela cuando tuviera tiempo. Ambos sabían que nunca lo tendrían, y que la historia quedaría sin contar. Tras colocar a Boyette en una camilla, con su bastón, se lo llevaron por el pasillo para que lo examinasen. Keith lo vio desaparecer al otro lado de una puerta basculante. Después buscó asiento en la sala de espera y llamó a Dana para dar señales de vida. La incredulidad de su mujer había aumentado con cada parte informativo, a cuál más impactante. Parecía insensible a cualquier novedad. Muy bien, Keith. Sí, Keith. Claro, Keith. Ven a casa, Keith, por favor.

A continuación, llamó a Robbie, para decirle dónde estaban. Boyette seguía vivo, y lo estaban examinando. Robbie aún esperaba que llegase el sheriff. Tenía muchas ganas de dejar el lugar del crimen en manos de profesionales, aunque era consciente de que tardarían un poco.

Keith llamó a Matthew Burns.

– Hombre, Matt, buenos días -dijo alegremente al oír su voz-. Ahora estoy en Missouri, donde hace una hora hemos abierto la tumba y hemos visto los restos de Nicole Yarber. No está mal esa noticia un viernes por la mañana…

– ¿Qué otras novedades hay? ¿Cómo estaba ella?

– En los huesos, pero la identificación es terminante. Boyette dice la verdad. Se han equivocado de persona. Es increíble, Matt.

– ¿Cuándo vuelves?

– Antes de comer. No tardaré, porque Dana ya está desesperada.

– Tenemos que vernos mañana a primera hora. He visto todas las noticias, sin perderme ni un minuto, y tú no salías ni una sola vez. Tal vez hayas pasado inadvertido. Tenemos que hablar. ¿Dónde está Boyette?

– En un hospital de Joplin, creo que muñéndose. Yo estoy con él.

– Déjalo, Keith. Quizá se muera. Que se preocupen otros. Tú sube al coche y arreando.

– Es lo que pienso hacer. Me quedaré hasta que me digan algo, y luego a conducir. Kansas queda a unos minutos.

Pasó una hora. Robbie llamó a Keith para informarle de que había llegado el sheriff, y de que ahora Roop's Mountain estaba llena de policías. Dos agentes de la policía del estado iban de camino al hospital, para detener a Boyette. Keith accedió a esperarlos y a irse cuando llegasen.

– Gracias por todo, Keith -dijo Robbie.

– No ha sido suficiente.

– No, pero había que tener valor. Te has esforzado. Más no podías hacer.

– Seguimos en contacto.

Los policías del estado, Weshler y Giles, eran los dos sargentos. Después de las presentaciones, muy escuetas, preguntaron a Keith si estaba dispuesto a aclararles unas cuantas cosas. Por supuesto, cómo no. ¿Qué más se podía hacer en una sala de espera de urgencias? Era casi la una del mediodía. Compraron bocadillos en una máquina, y encontraron una mesa. Giles tomaba notas. De casi todas las preguntas se encargaba Weshler. Keith empezó por el lunes por la mañana, y desgranó los puntos culminantes de aquella semana tan inusual. A veces parecían dudar de su veracidad. Ellos no habían seguido el caso Drumm, pero desde que Boyette se había declarado públicamente culpable, y había comentado que el cadáver estaba enterrado cerca de Joplin, habían empezado a sonar los teléfonos. Entonces ellos se habían puesto al día, viendo más de una vez la cara y las declaraciones de Boyette. La aparición de un cadáver los situaba en pleno centro de una noticia que no dejaba de agrandarse.

Fueron interrumpidos por un médico, que explicó que Boyette estaba estable, descansando. Sus constantes vitales eran normales. La radiografía que le habían hecho en la cabeza confirmaba la presencia de un tumor del tamaño de un huevo. El hospital necesitaba ponerse en contacto con algún familiar. Keith trató de explicar lo poco que sabía sobre los parientes de Boyette.

– Lo único que sé es que tiene a un hermano en la cárcel, en Illinois -dijo.

– Bueno -respondió el médico, rascándose la mandíbula-, ¿cuánto tiempo quieren que nos lo quedemos?

– ¿Cuánto tendrían que quedárselo?

– Hasta mañana. Más allá de eso, no estoy seguro de que podamos ayudarlo.

– Mío no es, doctor -dijo Keith-. Yo solo lo llevo en coche.

– ¿También forma parte de esa historia tan larga?

Tanto Giles como Weshler asintieron. Keith propuso al médico que se pusiera en contacto con los médicos del hospital St. Francis de Topeka. Quizá el pequeño grupo pudiera idear algún plan para Travis Boyette.

– ¿Dónde está ahora? -preguntó Weshler.

– En una habitación pequeña de la segunda planta -contestó el médico.

– ¿Podríamos verlo?

– Ahora no. Tiene que descansar.

– ¿Y quedarnos a la puerta de la habitación? -preguntó Giles-. Tenemos previsto que se le acuse de un asesinato, y nos han ordenado que lo vigilemos.

– De aquí no va a salir.

Weshler se molestó. El doctor intuyó que era inútil discutir.

– Síganme -dijo.

– Eh, vosotros -dijo Keith cuando empezaban a alejarse-, yo puedo irme, ¿no?

Weshler miró a Giles; Giles escrutó a su compañero, y ambos miraron al doctor.

– Pues claro -dijo Weshler-, ¿por qué no?

– Es todo vuestro -dijo Keith, que ya se iba, caminando hacia atrás.

Cruzó la entrada de urgencias y apretó el paso hacia su coche, que estaba cerca, en un aparcamiento. Tras buscar seis dólares en sus menguantes reservas de dinero en efectivo, pagó al encargado y pisó el acelerador para salir a la calle. «Por fin, libre», se dijo. Nada más estimulante que mirar el asiento vacío y saber que con un poco de suerte nunca volvería a estar cerca de Travis Boyette.

A Weshler y Giles les dieron unas sillas plegables. Se apostaron en el pasillo, junto a la puerta de la habitación número ocho. Tras llamar a su superior, y ponerlo al corriente del estado de Boyette, empezaron a matar el tiempo leyendo revistas. Al otro lado de la puerta había seis camas, separadas entre sí por finas cortinas. Al fondo había una ventana grande que daba a un solar vacío y, junto a la ventana, una puerta que usaba a veces el personal de servicio.