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El director describió la tribuna de prensa quemada, la tensión de los últimos dos días, la cancelación de clases y las amenazas telefónicas que había recibido su despacho durante todo el día. Estaba agotado, nervioso, y prácticamente suplicó al consejo que cancelase el partido.

En la reunión había un mando de la Guardia Nacional, que habría preferido estar en otro sitio. A él le parecía posible controlar la zona del estadio, y que se jugara el partido sin incidentes, pero compartía la preocupación del jefe por lo que pudiera pasar durante aquellas tres horas en el resto de la ciudad. Ante la insistencia en que se pronunciara, reconoció que lo más seguro era cancelarlo.

Entre ansias y desasosiegos, los miembros del consejo se pasaban papelitos. Para ellos, tratar de presupuestos, currículos, disciplina y otros muchos temas importantes era pura rutina, pero nunca se habían enfrentado a algo tan trascendental como anular un partido de instituto. Se presentaban a las elecciones cada cuatro años, y la perspectiva de enajenarse al electorado pesaba mucho. Si votaban a favor de la cancelación, y el equipo de Slone se veía obligado a no jugar, darían la imagen de ceder a los boicoteadores y los alborotadores. Si en cambio votaban por jugar, y pasaba algo malo, con heridos, sus adversarios les echarían la culpa.

Alguien sugirió un acuerdo, y la idea se impuso rápidamente. Una rápida serie de llamadas convirtió dicho acuerdo en realidad. En vez de jugarse aquella noche en Slone, el partido se disputaría el día siguiente, en alguna localidad próxima, sin que se concretase el lugar exacto. Longview accedió. Su entrenador, que estaba al corriente del boicot, olía sangre. La ubicación del terreno neutral se mantendría en secreto hasta dos horas antes del comienzo del partido. Tras una hora de viaje, aproximadamente, los dos equipos se enfrentarían sin espectadores y todo volvería a la normalidad. El acuerdo fue del agrado de todos salvo del primer entrenador, que apretó animosamente la mandíbula y pronosticó una victoria. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Durante toda la mañana, y parte de la tarde, la estación de trenes fue un imán para los reporteros. Era el último lugar donde había sido visto Boyette, un personaje que ahora era el centro de la atención. Su escalofriante confesión casi llevaba un día entero en el bucle de las cadenas de noticias, con la novedad de que ahora se añadía su pasado. Su pintoresco historial delictivo estaba en el candelero, y su credibilidad, en entredicho. Salían en directo expertos de todo pelaje, que emitían opiniones acerca de su infancia, su perfil y sus motivos. Un charlatán lo tachó directamente de mentiroso, y no se cansó de decir que «aquellos asquerosos» buscaban un cuarto de hora de fama y que disfrutaban torturando a las familias de las víctimas. Un ex fiscal de Texas opinó sobre la ecuanimidad del juicio y las apelaciones de Drumm, y aseguró a todos sus oyentes que el sistema funcionaba de maravilla. Evidentemente, Boyette estaba de psiquiatra.

La historia, al prolongarse, perdió cierta capacidad de impacto. Ya no estaba Boyette para añadir nuevos detalles, ni para defenderse. Tampoco estaba Robbie Flak. Los reporteros sabían que su coche no se encontraba en el bufete. ¿Adónde había ido?

Dentro de la estación, Sammie Thomas, Bonnie y Fanta adoptaron una mentalidad de asedio e intentaron trabajar, pero era imposible. Los teléfonos sonaban sin descanso, y cada hora, aproximadamente, alguno de los reporteros más osados estaba a punto de llegar hasta la puerta, antes de que se lo impidiera uno de los vigilantes de seguridad. Con el paso del tiempo, la multitud empezó a entender que Boyette no estaba dentro, ni tampoco Robbie.

Al final los reporteros se fueron, por aburrimiento, y recorrieron Slone en busca de algún incendio o pelea. En su deseo de llegar al fondo del asunto, entrevistaron a soldados de la Guardia Nacional que patrullaban por las calles, y filmaron varias veces las iglesias y edificios chamuscados. También hablaron con jóvenes negros indignados, frente a salas de billar y bares, y metieron sus micros en más de una camioneta para obtener jugosos comentarios de los vecinos que habían salido de patrulla. Después, como volvían a aburrirse, regresaron a la estación de trenes y esperaron noticias de Boyette. ¿Dónde narices estaba?

Al caer la tarde empezó una concentración en el parque Washington. La noticia circuló entre los medios de comunicación, que acudieron raudos. Su presencia atrajo a más jóvenes negros, y en poco tiempo el rap lo atronaba todo y saltaban los petardos. Era un viernes por la noche: día de cobro y de cerveza, principio del fin de semana, y momento de desfogarse un poco.

La tensión iba en aumento.

Unas cuarenta horas después de salir de la casa del pastor en compañía no deseada, Keith volvió a ella en solitario. Tras apagar el motor, se quedó un instante sentado en el coche, para situarse. Dana, que lo esperaba en la cocina, lo recibió con un abrazo y un beso.

– Pareces cansado -le dijo con dulzura.

– Estoy bien -respondió él-. Lo único que necesito es dormir toda la noche. ¿Dónde están los niños?

Los niños estaban en la mesa, comiendo raviolis, y se lanzaron encima de su padre como si llevase fuera todo un mes. Clay, el mayor, llevaba puesto su equipo de fútbol americano, listo para un partido. Tras un largo abrazo, la familia se sentó para acabar de cenar.

En el dormitorio, Keith, tras darse una ducha rápida, se vistió.

Dana lo observaba, sentada al borde de la cama.

– Aquí nadie ha hecho ningún comentario -dijo-. He hablado un par de veces con Matthew. Hemos estado mirando las noticias y llevamos horas en internet, pero tu nombre no ha salido en ningún sitio. Mil fotos, pero de ti ni rastro. La iglesia cree que has tenido que salir por alguna urgencia, o sea que por ese lado no hay sospechas. Quizá tengamos suerte.

– ¿Qué noticias hay de Slone?

– No gran cosa. Han aplazado el partido de esta noche, y han dado la noticia como si se hubiera estrellado un avión de pasajeros.

– ¿Ninguna noticia de Missouri?

– Nada.

– Ya saldrá dentro de poco. No puedo imaginarme la conmoción que habrá cuando anuncien que han encontrado el cadáver de Nicole Yarber. La ciudad explotará.

– ¿Cuándo será?

– No lo sé. No tengo claro cuáles son los planes de Robbie.

– ¿Robbie? Lo dices como si fuerais amigos de toda la vida.

– Es que lo somos. Lo conocí ayer, pero hemos hecho un largo viaje juntos.

– Estoy orgullosa de ti, Keith. Has hecho una locura, pero también has sido muy valiente.

– Yo no me siento valiente. Ahora mismo no estoy seguro de cómo me siento; más que nada, en estado de shock. Creo que aún me dura el aturdimiento. Ha sido una aventura bastante excepcional, pero hemos perdido.

– Al menos lo has intentado.

Keith se puso un jersey y se metió la camiseta por dentro del pantalón.

– Lo que espero es que cojan a Boyette. ¿Y si encuentra otra víctima?

– Vamos, Keith, se está muriendo.

– Pero se ha dejado el bastón, Dana. ¿Cómo explicas eso? Yo llevo cinco días paseándome con él, como si fuera un año, y le costaba caminar sin bastón. ¿Por qué iba a dejarlo?

– Tal vez haya pensado que con bastón lo reconocerían antes.

Keith se apretó el cinturón y lo abrochó.

– Tenía una fijación contigo, Dana. Te ha nombrado varias veces, diciendo algo así como «esa mujer tan mona que tiene».

– A mí no me preocupa Travis Boyette. Tendría que ser muy tonto para volver a Topeka.

– Cosas más tontas ha hecho. Fíjate en cuántas veces lo han detenido.