Capítulo 34
Con permiso del juez Henry, la rueda de prensa se celebró en la sala principal del juzgado del condado de Chester, en la calle Mayor del centro de Slone. Los planes de Robbie eran realizarla en su bufete, pero cambió de idea al darse cuenta de que la asistencia sería multitudinaria. Quería asegurarse de que cupieran absolutamente todos los reporteros, pero no estaba dispuesto a que un montón de curiosos merodeasen por su estación.
A las nueve y cuarto de la mañana, Robbie subió al podio situado frente al banco del juez Henry y contempló a la multitud. Las cámaras disparaban sin cesar. Las grabadoras se encendían para recoger palabra por palabra sus declaraciones. Robbie llevaba un terno oscuro, el mejor que tenía, y, aunque agotado, estaba en ascuas. Fue al grano sin perder tiempo.
– Buenos días, y gracias por venir -dijo-. Ayer por la mañana se encontraron los restos óseos de Nicole Yarber en una zona apartada del condado de Newton, Missouri, al sur mismo de la localidad de Joplin. Estábamos presentes algunos de mis empleados y yo, acompañando a un tal Travis Boyette. Boyette nos llevó a donde había enterrado a Nicole, hace casi nueve años, dos días después de raptarla aquí, en Slone. Anoche, gracias al historial dental, el laboratorio de criminología de Joplin hizo una identificación concluyente. Ahora están trabajando contrarreloj en el examen de los restos, y deberían terminarlo en un par de días. -Hizo una pausa y bebió un poco de agua, observando a la gente. El silencio era absoluto-. Mirad, yo no tengo prisa. Pienso entrar en bastantes detalles, y después responderé a todas vuestras preguntas.
Hizo una señal con la cabeza a Carlos, sentado cerca, con su ordenador portátil. Al lado del podio había una gran pantalla en la que apareció una foto de la tumba. Robbie se embarcó en una descripción metódica de lo que habían encontrado, ilustrándola con una sucesión de fotos. Los restos óseos no los mostró, en cumplimiento de un acuerdo con las autoridades de Missouri. Estaban tratando la zona como un lugar del crimen. Sí utilizó las fotos del carnet de conducir y la tarjeta de crédito de Nicole, y las del cinturón usado por Boyette para estrangularla. Habló de este último, y explicó su desaparición en pocas palabras. Aún no había orden de detención, así que no era prófugo.
Saltaba a la vista que Robbie disfrutaba del momento. Estaban emitiendo en directo su actuación. Tenía al público en el bolsillo, hipnotizado y sediento de detalles. No podían interrumpirlo, ni cuestionarlo en ningún punto. Era su rueda de prensa, y por fin tenía la última palabra. Aquella circunstancia era el sueño de cualquier abogado.
Durante la mañana hubo variad ocasiones en las que Robbie se explayó sobre algún tema, empezando por sus sentidas divagaciones acerca de Donté Drumm, pero el público no sucumbía al aburrimiento. Finalmente llegó al crimen, haciendo aparecer una foto de Nicole como alumna de instituto, muy guapa y con aspecto saludable.
Reeva lo estaba mirando. La habían despertado las llamadas telefónicas. En la tienda de material agrícola llevaban toda la noche en vela, apagando el incendio, que tardó poco en estar controlado y que podría haber sido mucho más grave. Era un incendio provocado, sin la menor duda; un delito cometido con certeza por gamberros negros que querían vengarse de la familia de Nicole Yarber. Wallis todavía estaba en la tienda, y Reeva se encontraba a solas.
Lloró al ver la cara de su hija, mostrada por un hombre a quien odiaba. Lloró, rabió y lo pasó mal. Estaba confusa, atormentada y presa del mayor desconcierto. La llamada telefónica de la noche anterior, la del juez Henry, había provocado un brusco aumento de su tensión arterial, por lo que tuvo que ir a urgencias. Solo faltaba el incendio para que Reeva estuviera a punto de delirar.
Al juez Henry le hizo muchas preguntas. ¿La tumba de Nicole? ¿Sus restos óseos? ¿Su ropa, su carnet de conducir, su cinturón y su tarjeta de crédito, todo en Missouri? ¿No la habían tirado al río cerca de Rush Point? Y lo peor de todo: ¿Drumm no era el asesino?
– Es verdad, señora Pike -dijo pacientemente el juez-. Todo es verdad. Lo siento. Me doy cuenta de que para usted es un shock.
¿Un shock? Reeva no podía creerlo. Se negó a creerlo durante muchas horas. Durmió poco, no comió nada, y aún buscaba a tientas las respuestas cuando, al poner la tele, vio al gallito de Flak hablando en directo de su hija por la CNN.
Fuera, en el camino de entrada, había reporteros, pero la casa estaba cerrada con llave, las cortinas corridas, las persianas bajadas, y en el porche delantero estaba un primo de Wallis con una escopeta de calibre doce. Reeva se había hartado de los medios. No tenía nada que comentar. Atrincherado en un motel al sur de la ciudad, Sean Fordyce echaba humo porque Reeva se negaba a hablar con él ante las cámaras, pero ya la había dejado una vez en ridículo.
– Pues denúncieme, Fordyce -contestó Reeva cuando él le recordó el acuerdo que tenían y el contrato firmado.
Por primera vez, al ver a Robbie Flak, se permitió pensar lo impensable: ¿y si Drumm era inocente? ¿Y si ella se había pasado los últimos nueve años odiando a quien no tenía que odiar? ¿Y si había visto morir a la persona equivocada?
¿Y el funeral? Ahora que habían encontrado a su niña, habría que enterrarla como estaba mandado. Pero la iglesia ya no existía. ¿Dónde se celebraría el funeral? Se secó la cara con un trapo húmedo y masculló algo para sus adentros.
Finalmente, Robbie llegó al tema de la confesión. En ese momento se embaló, consumido por una rabia controlada. Fue muy eficaz. El silencio de la sala era absoluto. Carlos proyectó una foto del detective Drew Kerber, mientras Robbie hacía un anuncio de gran dramatismo:
– Y aquí está el principal responsable de la condena equivocada.
Drew Kerber lo veía desde la oficina. Había pasado una noche espantosa en su casa. A la salida del despacho del juez Henry había dado una larga vuelta en coche, mientras trataba de imaginarse un final más feliz para aquella pesadilla, pero no se le ocurría ninguno. Hacia medianoche se sentó con su mujer a la mesa de la cocina y se confesó: la tumba, los huesos, la identificación, la idea innombrable de que «evidentemente» se habían equivocado de individuo… También Flak, y sus demandas, y sus amenazas de justiciero sobre una denuncia que lo seguiría hasta la tumba, a él, Kerber, que tantas probabilidades tenía de quedarse en paro, recibir autos judiciales y ser juzgado… Kerber descargó en su pobre esposa la inmensa pena que sentía, pero no le contó toda la verdad. El detective Kerber no había reconocido nunca, ni reconocería jamás, haber obtenido a la fuerza la confesión de Donté.
Como detective jefe con dieciséis años de experiencia, ganaba cincuenta y seis mil dólares al año. Tenía tres hijos adolescentes y otro de nueve años, una hipoteca, dos coches a plazos, un plan de pensiones de unos diez mil dólares y una cuenta de ahorro de ochocientos. Si lo echaban, o lo jubilaban, tendría derecho a una pequeña pensión, pero no sobreviviría económicamente. Y ya podía despedirse de seguir en la policía.
– Drew Kerber es un policía sin principios, con varias confesiones falsas a sus espaldas -dijo Robbie con vigor.
Kerber se estremeció. Estaba delante de su mesa, en un despacho pequeño cerrado con llave, completamente solo. Su mujer tenía instrucciones de apagar todas las teles de la casa, como si se pudiera esconder de algún modo la noticia a sus hijos. Tras insultar a Flak, Kerber vio horrorizado que aquella sanguijuela le explicaba al mundo entero cómo había conseguido la confesión.
La vida de Kerber se había acabado. Tal vez él personalmente se encargase del final.
Robbie pasó a hablar del juicio, y presentó a otros personajes: Paul Koffee y la jueza Vivían Grale. Fotos, por favor. Carlos las proyectó una al lado de otra en la gran pantalla, como si aún estuvieran juntos, y Robbie atacó a ambos por su relación. Se burló de la «brillante decisión de trasladar el juicio a Paris, Texas, a setenta y nueve kilómetros de aquí». Remachó que él había intentado valerosamente que la confesión no llegase a manos del jurado, mientras Koffee ponía el mismo empeño en sacarla a la luz. La jueza Grale se había puesto del lado de la acusación y de «su amante, el honorable Paul Koffee».