Paul Koffee lo contemplaba todo, indignado. Cuando vio su cara junto a la de Vivían se encontraba completamente a solas en la cabaña del lago, asistiendo a la «cobertura exclusiva en directo» del show de Robbie Flak por la cadena local. Flak despotricaba contra un jurado tan blanco como una reunión del Ku Klux Klan, porque Paul Koffee había usado sistemáticamente su derecho de veto para eliminar a los negros, y su novia en la judicatura, como era de esperar, le había seguido el juego. «Justicia al estilo de Texas», se lamentaba una y otra vez Robbie.
Al final, dejó los temas más escabrosos de la relación entre la jueza y el fiscal, y se encontró en su salsa al clamar contra la falta de pruebas. El rostro de Grale desapareció de la pantalla, y el de Koffee aumentó de tamaño. Ni pruebas tangibles, ni cadáver; solo una confesión trucada, un chivato de cárcel, un sabueso y un testigo mentiroso, de nombre Joey Gamble. Entretanto, Travis Boyette estaba libre, y seguro que no tenía ningún miedo de que lo cogieran. Con aquellos payasos…
Koffee llevaba toda la noche tratando de idear una teoría renovada que vinculase de algún modo a Donté Drumm y a Travis Boyette, pero le falló la ficción. Se sentía fatal. Le dolía la cabeza por exceso de vodka, y le latía muy deprisa el corazón, mientras hacía el esfuerzo de respirar bajo el peso insoportable de una carrera en ruinas. Estaba acabado, cosa que le preocupaba mucho más que la idea de haber ayudado a matar a un joven inocente.
Tras cebarse en el preso chivato y en el sabueso, Robbie atacó a Joey Gamble y su testimonio fraudulento. Con un sentido perfecto del tiempo, Carlos hizo aparecer la declaración jurada de Gamble, la que había firmado el jueves en Houston una hora antes de la ejecución. Las frases en las que Joey admitía haber mentido en el juicio, y haber sido el primero en insinuar que el asesino era Donté Drumm, estaban resaltadas.
Joey Gamble lo veía. Estaba en casa de su madre, en Slone. Su padre se había ido. Su madre lo necesitaba. Joey ya le había contado la verdad, que fue mal acogida. Ahora recibía el impacto de ver y oír sus infracciones en directo, de aquella manera tan alarmante. Él había supuesto que después de dar la cara sentiría cierto grado de vergüenza, pero no hasta aquel extremo.
– Joey Gamble mintió repetidamente -anunció Flak, lanzado. Joey estuvo a punto de coger el mando a distancia-. ¡Y ahora lo reconoce!
La madre de Joey estaba arriba, en su dormitorio, demasiado disgustada para quedarse con él.
– Has ayudado a matar a aquel chico -le había dicho más de una vez, como si fuera necesario recordárselo.
Robbie siguió con sus declaraciones.
– Ahora, para no hablar más de la investigación incompetente, del simulacro de juicio y de la condena injusta, me gustaría hacer algunos comentarios sobre el Tribunal Penal de Apelación de Texas. Fue el tribunal que dirimió la primera apelación de Donté en febrero de 2001, cuando aún no había aparecido el cadáver de Nicole Yarber. El tribunal hizo constar la falta de pruebas físicas durante el juicio. Se manifestó ligeramente inquieto por las mentiras del chivato de la cárcel. También dio unos cuantos mordisquitos a la confesión de Donté, pero se negó a criticar a la jueza Grale por haber permitido que la oyese el jurado. Por otra parte, al comentar el uso del testimonio del sabueso, dijo que quizá no fuera la «mejor prueba» para un juicio serio, pero en resumidas cuentas no vio nada malo en ello. La votación fue de nueve a favor de corroborar la sentencia y cero a favor de revocarla.
El presidente del tribunal, Milton Prudlowe, era uno de los espectadores de la rueda de prensa, de la que le había puesto al corriente una llamada angustiada de su pasante. Estaba con su esposa, en su pequeño apartamento de Austin, pegado a la CNN. Si era cierto que Texas había ejecutado a un inocente, Prudlowe sabía que a su tribunal le esperaría un alud de críticas feroces. Flak parecía dispuesto a encabezar el ataque.
– El jueves pasado -dijo Robbie-, exactamente a las 15.35, los abogados de Donté Drumm presentamos una solicitud de aplazamiento a la que adjuntamos un vídeo recién filmado en el que Travis Boyette confesaba la violación y el asesinato. Fue dos horas y media antes de la ejecución. Supongo que el tribunal tomó el asunto en consideración, y que ni el vídeo ni la declaración jurada causaron gran impresión en él, ya que una hora más tarde desestimó el aplazamiento y se negó a parar la ejecución. También en este caso fue por nueve a cero. -Carlos hizo aparecer oportunamente las horas y los actos del tribunal. Robbie siguió adelante-. El tribunal interrumpe sus actividades cada día a las cinco de la tarde, aunque haya una ejecución en espera. Nuestra última instancia fue la declaración jurada y la retractación de última hora de Joey Gamble. En Austin, los abogados de Donté llamaron por teléfono al secretario judicial, cuyo nombre es Emerson Pugh, y le informaron que iban de camino con la petición. Él dijo que el tribunal cerraría a las cinco, y no mentía: a las cinco y siete minutos, cuando llegaron los abogados, la puerta estaba cerrada. No se pudo tramitar la petición.
La mujer de Prudlowe lo miró con cara de pocos amigos.
– Espero que sea mentira.
A Prudlowe le habría gustado poder asegurarle que sí, que aquel abogado bocazas mentía, por supuesto, pero titubeó. Flak era demasiado astuto para hacer unas declaraciones tan comprometidas en público sin que lo respaldasen los hechos.
– Milton, dime que ese hombre está mintiendo.
– Pues mira, cariño, ahora mismo no estoy seguro.
– ¿No estás seguro? ¿Qué sentido tenía cerrar el tribunal si los abogados intentaban presentar algo?
– Pues… esto…
– Tartamudeas, Milton, señal de que te cuesta decir algo que quizá sea toda la verdad, o no. ¿Viste el vídeo de Boyette dos horas antes de la ejecución?
– Sí, me lo pasaron…
– ¡Dios mío, Milton! ¿Y por qué no lo paraste un par de días? Tú eres el presidente del tribunal, Milton; puedes hacer lo que quieras. Las ejecuciones se aplazan constantemente. ¿Por qué no les diste treinta días más, por no decir un año?
– Aquello nos pareció falso. Es un violador en serie, sin ninguna credibilidad.
– Pues ahora mismo tiene bastante más credibilidad que el Tribunal Penal de Apelación de Texas. El asesino confiesa y, como nadie lo cree, enseña el sitio exacto donde enterró el cadáver. A mí me suena muy creíble.
Robbie hizo una pausa para beber agua.
– En cuanto al gobernador, su oficina recibió una copia del vídeo de Boyette a las tres y once minutos de la tarde del jueves. No estoy seguro de que él viera el vídeo. Lo que sabemos es que a las cuatro y media dirigió la palabra a un grupo de manifestantes y negó públicamente un aplazamiento a Donté.
El gobernador estaba delante de la tele, en su despacho de la Mansión del Gobernador, vestido para una partida de golf que no llegaría a jugar, con Wayne a un lado y Barry al otro.
– ¿Es verdad? -exigió saber durante una pausa de Robbie-. ¿Teníamos el vídeo a las tres y once?
El primero en mentir fue Wayne.
– No lo sé. Estaban pasando tantas cosas… Presentaban basura a toneladas.
La segunda mentira la dijo Barry.
– Es la primera vez que lo oigo.