Reí con una risa forzada.
– Sin duda sois la única de todas las damas que conozco que desea ser castigada con una información tan tediosa.
Por un momento la señorita Dogmill no dijo nada. Dio un trago a su vino y dejó el vaso. Oí perfectamente el suave golpe de la plata contra la madera de la mesa.
– Decidme la verdad. ¿Por qué visitasteis a mi hermano? -preguntó al fin, con voz pesarosa y sombría. Supe que algo había cambiado.
Traté con todas mis fuerzas de fingir que no había notado nada preocupante en su voz.
– Había pensado en convertirme en agente de compra del tabaco de Jamaica -dije repitiendo la misma mentira de siempre- y esperaba que vuestro hermano me ayudara.
– Dudo mucho que quiera hacer tal cosa.
– Pues vuestras dudas me habrían sido de gran ayuda de haberlas conocido antes de mi visita.
– Pero el resultado de la visita que hicisteis al señor Dogmill no debió de sorprenderos. La reputación de mi hermano de despiadado hombre de negocios seguramente ha llegado a las Indias Occidentales. No hay en Virginia ni un solo granjero que no le tema. ¿Me estáis diciendo que jamás habíais oído decir que es un hombre poco generoso en tales cuestiones? Seguro que hay algún agente de compra menos importante que os hubiera ayudado gustoso.
– Quería consultar al mejor -repliqué al punto-, pues el éxito de vuestro hermano da fe de su habilidad.
Pensé que ella me acosaría con alguna otra difícil pregunta, pero estaba equivocado.
– Apenas os veo donde estáis -dijo-. Ni siquiera cuando me inclino hacia delante.
«Ya es muy tarde, creo que debería marcharme.» Esto es lo que hubiera debido decir, pero no lo dije.
– Entonces, creo que me sentaré en el sofá, a vuestro lado.
Y así lo hice. Me senté junto a la señorita Dogmill y noté la deliciosa calidez de su cuerpo, a solo unos centímetros del mío. Apenas me había sentado cuando tuve la osadía de tomarla de la mano. Fue como si mi yo más elevado se hubiera congelado en mi interior y mis instintos más bajos guiaran mis actos. La necesidad de notar su piel contra la mía acalló todas las voces en mi interior.
– Durante toda la velada he deseado tomar vuestra mano -le dije-. Desde el momento en que os vi.
Ella no dijo nada, pero tampoco apartó la mano. A pesar de la oscuridad, vi una sonrisa divertida en su rostro.
Esperaba que me animara a seguir, pero estaba dispuesto a seguir adelante de todos modos.
– Señorita Dogmill, debo deciros que sois la joven más bella que he conocido en mucho tiempo. Sois encantadora, animada y adorable en todos los sentidos.
Aquí se permitió una risa.
– Desde luego es todo un cumplido viniendo de vos, pues tenéis reputación de estar bien relacionado entre las damas.
El corazón me latía con fuerza en el pecho.
– ¿Yo? ¿Reputación? Apenas acabo de llegar a estas islas.
Ella abrió la boca para decir algo, pero no habló. En lugar de eso, se inclinó hacia delante… sí, ella se inclinó hacia delante y me besó. Al poco ya había rodeado yo con mis brazos su deliciosa figura, y los dos nos entregamos a los encantos de la pasión. Todos mis buenos propósitos de mantenerme apartado se evaporaron y no puedo decir hasta qué punto nos habríamos dado a la perdición de no ser porque sucedieron dos cosas que interrumpieron nuestro delirio.
La segunda y menos perturbadora de las dos fue que la puerta se abrió de improviso y el señor Dogmill entró en la habitación con media docena de amigos, todos ellos con sus espadas en la mano.
La primera fue que, un segundo antes de que nuestra intimidad quedara trastocada por el señor Dogmill y sus valientes, la señorita Dogmill dejó de besarme y me susurró unas palabras al oído.
– Sé quién sois, señor Weaver.
Fue una desafortunada coincidencia, en más de un sentido, la que hizo que Dogmill y los suyos irrumpieran en aquel momento en la habitación, pues solo cabía pensar que todo aquello no era más que una elaborada trampa. Después de haberme perdido en las nieblas de la pasión, lamenté tener que verme en situación de matar al hermano de la dama, pues no deseaba volver a Newgate.
Me levanté de un brinco y traté de encontrar en la habitación un arma que me permitiera defenderme de aquellos hombres, pero no encontré ninguna.
– Apartaos de mi hermana, Evans -me escupió Dogmill.
Evans. Me había llamado Evans. Dogmill no estaba allí para devolver a Benjamin Weaver a la cárcel. Solo quería proteger el honor de su hermana. Di un suspiro de alivio, porque, después de todo, quizá no sería necesario dañar seriamente a nadie.
– ¡Por Dios, Denny! -exclamó la señorita Dogmill-. ¿Qué haces aquí?
– Cállate. Ya hablaremos después tú y yo. Y no blasfemes, no es propio de una dama. -Se volvió hacia mí-. Decidme, ¿cómo os atrevéis a deshonrar a mi hermana en mi propia casa, señor?
– ¿Cómo sabías que estaba aquí? -preguntó Grace.
– No me gustó la forma en que te miraba en la asamblea, así que di orden a Molly de que me informara enseguida si venía por aquí. Y ahora -me dijo a mí-, no pienso consentir más descortesías por su parte. Somos todos caballeros y sabemos muy bien cómo tratar a un hombre que intenta violentar a una dama.
– ¡Violentar! -exclamó Grace-. No seas absurdo. El señor Evans se ha comportado en todo momento como un caballero. Está aquí por invitación mía y no es culpable de ningún gesto impropio.
– No te he pedido tu opinión sobre lo que es y no es propio -le dijo Dogmill a mi víctima-. Una joven de tu edad no siempre se da cuenta cuando un hombre está utilizándola. No tienes de qué preocuparte, Grace. Nosotros nos ocuparemos de él.
– Sois muy valiente; enfrentaros a mí con seis hombres a vuestro lado -dije-. Alguien menos decidido se hubiera traído a doce.
– Podéis reíros cuanto os apetezca, pero soy yo quien tiene, y vos no tenéis nada. Tendríais que estarme agradecido, pues tengo intención de daros solo una cuarta parte de los golpes que merecéis.
– ¿Estáis loco? -le pregunté, pues se estaba excediendo. Y sabía que la persona por quien me hacía pasar solo podía responder a aquella situación de una forma-. Podéis estar en desacuerdo conmigo si queréis, pero hacedlo como un caballero. No toleraré que se me trate como a un sirviente porque hayáis tenido la precaución de traeros un pequeño ejército. Si tenéis algo que decirme, decidlo como un hombre de honor, y si deseáis batiros en duelo conmigo, lo haremos en Hyde Park, donde con mucho gusto me enfrentaré a vos el día que escojáis, si es que estáis lo bastante loco para batiros conmigo.
– ¿Qué es esto, Dogmill? -le preguntó uno de sus amigos-. Me dijiste que un matón estaba molestando a tu hermana. Me parece que este caballero está aquí por invitación suya y debería ser tratado con más respeto.
– Cállate -le siseó Dogmill a su compañero, pero con aquellos argumentos no convenció a nadie. Los otros empezaron a murmurar.
– No me gusta esto, Dogmill -continuó diciendo el amigo-. Estaba jugando al tresillo y tenía una buena mano cuando viniste y me arrancaste de la mesa de juego. Es una ruindad mentirle a un hombre y decir cosas sobre hermanas que están en peligro cuando no es tal cosa.
Dogmill le escupió al sujeto en la cara. Y no un hilillo de baba, no, le escupió una masa espesa y aglutinada de esputo que le acertó con un sonido casi cómico. El amigo se lo limpió con la manga y su cara se puso de un encendido carmesí, pero no dijo más.
La señorita Dogmill se puso muy derecha y cruzó los brazos sobre el pecho.
– Deja de escupir a tus amigos como si fueras un crío y discúlpate ante el señor Evans -dijo con gesto severo-; puede que entonces él te perdone esta ofensa.