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Ciertamente, Birgitte no necesitaba que nadie la llevara de la mano; era una cazadora del Cuerno, y cualquiera que la molestara acabaría en un hoyo profundo, si no se había equivocado en sus apreciaciones. Y Aviendha… Por lo único que necesitaba tener a alguien a su lado era para que no acuchillara a cualquiera que la mirase mal. En lo que a él concernía, podía pasar a cuchillo a cuantos quisiera mientras no fuese a Elayne. A pesar de que esa jodida heredera del trono fuera por ahí caminando con la nariz apuntando al cielo, le hacían chiribitas los ojos cuando estaba con Rand; y, por mucho que Aviendha se comportara como si fuera a clavar su puñal a cualquier hombre que mirara en su dirección, le ocurría lo mismo. Generalmente Rand sabía cómo tratar a las mujeres, pero había saltado a un pozo de víboras al dejar que esas dos estuviesen juntas. Era el camino hacia el desastre, y por qué no había pasado todavía era algo que escapaba a la comprensión de Mat.

Por alguna razón, sus ojos volvieron de nuevo hacia la mujer de rostro afilado. Era bonita, aunque con una belleza vulpina. Más o menos de la edad de Nynaeve, calculó; no resultaba fácil afirmarlo a esa distancia, pero sabía juzgar a las mujeres tan bien como hacía con los caballos. Delgada. ¿Por qué le hacía pensar en paja? Lo que alcanzaba a ver de su cabello, debajo del sombrero de plumas, era de color oscuro. Bah, qué importaba.

Birgitte y Aviendha podían arreglárselas sin sus cuidados, y normalmente habría dicho lo mismo de Elayne y Nynaeve, a pesar de lo obstinadas, engreídas y absolutamente prepotentes que podían llegar a ser. La obcecación era la clave. Eran de las que reprendían a un hombre por entremeterse y lo echaban con cajas destempladas, y después volvían a reprenderlo por no estar presente cuando lo necesitaban. Tampoco es que admitieran que lo necesitaban, ni siquiera en ese momento; oh, no, ellas no. Uno alzaba una mano para ayudar, y estaba entremetiéndose; no hacía nada, y era un gandul en quien no se podía confiar.

La mujer de rostro zorruno al otro lado del circuito volvió a saltarle a la vista. Paja no: un establo. Lo que tampoco tenía sentido. Había pasado muy buenos ratos en establos, con muchas mujeres jóvenes y algunas no tanto, pero aquélla llevaba un vestido en seda azul de corte modesto, el cuello tan alto que el remate de la blanca puntilla le rozaba la barbilla, y también le caía puntilla sobre las manos. Una dama, y él evitaba a las nobles como a la muerte. Se mostraban altaneras, esperando que un hombre estuviera a su entera disposición siempre. Mat Cauthon no. Curiosamente, era ella misma quien se daba aire con un abanico de plumas blancas. ¿Dónde estaba su doncella? Un cuchillo. ¿Por qué lo hacía pensar en un cuchillo? Y en… ¿fuego? Algo quemándose, en cualquier caso.

Mat sacudió la cabeza y se centró de nuevo en lo que era importante. Los recuerdos de otros hombres sobre batallas, cortes y países desaparecidos siglos atrás llenaban las lagunas de su propia memoria, momentos de su propia vida que de repente se tornaban borrosos o que incluso habían desaparecido por completo. Recordaba haber huido de Dos Ríos con Moraine y Lan sin ninguna dificultad, por ejemplo; pero apenas quedaban retazos hasta su llegada a Caemlyn, y también había huecos en blanco antes de eso y después. Así pues, si años enteros de su mocedad habían quedado fuera del alcance de su memoria, ¿cómo iba a esperar recordar a todas las mujeres que había conocido? Quizá le recordaba a alguna mujer muerta hacía mil años o más; la Luz sabía que eso le ocurría a menudo. Hasta Birgitte despertaba a veces una sensación de hormigueo en su memoria. En fin, había cuatro mujeres en ese preciso momento que lo estaban volviendo majareta. Ellas eran el asunto importante.

Nynaeve y las demás lo evitaban como si tuviese sarna. Había ido a palacio en cinco ocasiones, y la única vez que habían accedido a verlo fue para decirle que estaban demasiado ocupadas para atenderlo, tras lo cual lo habían despedido como si fuese el chico de los recados. Todo se resumía en una cosa: creían que se entremetería en lo que quiera que se traían entre manos, y la única razón por la que haría eso sería si se ponían en peligro. No eran idiotas; insensatas a veces, pero no idiotas. Si veían peligro, es que había peligro. En algunos lugares de aquella ciudad, si uno era forastero o mostraba una moneda podía acabar con un cuchillo clavado en las costillas, y ni siquiera encauzar detendría el arma si no la veían a tiempo. Y allí estaba él, con Nalesean y una docena de hombres diestros de la Compañía, por no mencionar a Thom y a Juilin, que de hecho tenían habitaciones en las dependencias de la servidumbre en palacio, y todos sin otra cosa que hacer que tocarse las narices. Esas cabezotas iban a conseguir que les rebanaran el cuello.

—No si yo puedo evitarlo —gruñó.

—¿Qué? —preguntó Nalesean—. Mira. Se están poniendo en la línea de salida, Mat. Así la Luz me abrase, espero que tengas razón. A mí no me parece que ese pinto esté desquiciado, sino ansioso.

Los caballos cabrioleaban mientras tomaban posiciones entre los altos postes clavados en la tierra y que tenían banderines en la punta, los cuales ondeaban con la caliente brisa, azules, verdes y de todos los colores, algunos listados. En la pista de roja tierra prensada, a quinientos pasos de distancia, se alzaba otra fila de un número igual de postes con banderines. Cada jinete tenía que rodear el poste del mismo banderín del que salía y después regresar al punto de partida. Había un corredor de apuestas a cada extremo de la línea de caballos, uno de ellos una mujer metida en carnes y el otro un hombre aún más rechoncho; ambos sostenían en alto un pañuelo blanco. Los corredores de apuestas realizaban esta tarea por turnos y no se les permitía aceptar apuestas de la carrera en la que daban la salida.

—Diantre —rezongó Nalesean.

—Luz, hombre, relájate. Harás cosquillas a tu costurera, no te preocupes.

Un clamor atronador ahogó sus últimas palabras cuando los pañuelos blancos bajaron y los caballos salieron a galope; el retumbar de los cascos apagó incluso el vocerío de la multitud. En diez zancadas Viento se puso a la cabeza, con Olver inclinado sobre su cuello; el pardo de crines plateadas lo seguía a sólo una cabeza de distancia. El pinto iba en el pelotón, donde las fustas ya se descargaban frenéticamente.

—Te dije que el pardo era peligroso —gimió Nalesean—. No tendríamos que haber apostado todo.

Mat no se molestó en contestar. Aparte de monedas sueltas, llevaba en un bolsillo otra bolsa de dinero a la que llamaba el semillero; con la suma que contenía —incluso con una pequeña parte de ella— y una partida de dados, podía recuperar los fondos de ambos ocurriera lo que ocurriese esa mañana. A mitad del circuito, Viento iba todavía a la cabeza, con el pardo pegado a él, sacando un largo entero de ventaja al siguiente caballo. El pinto iba en quinta posición. Después del giro era cuando se corrían riesgos; los chicos que montaban los caballos retrasados solían descargar sus fustas sobre los que giraban en los postes ocupando las primeras posiciones.

Siguiendo a los corceles, los ojos de Mat pasaron de nuevo sobre la mujer del rostro zorruno… y volvieron bruscamente hacia esa cara. De repente tuvo la sensación de que los gritos de la multitud perdían intensidad y quedaban en un segundo plano. La mujer estaba agitando el abanico y dando saltos de excitación, pero de pronto Mat la veía con un vestido de color verde pálido y una buena capa gris, el cabello recogido en una redecilla de encaje; la mujer se remangaba el repulgo de la falda mientras avanzaba por un establo, no lejos de Caemlyn.

Rand seguía tendido en la paja, gimiendo, aunque parecía que la fiebre le había bajado; al menos ya no deliraba, gritando a gente invisible. Mat observó a la mujer con desconfianza mientras ella se arrodillaba junto a Rand. Quizás era cierto que podía ayudarlo como afirmaba, pero Mat ya no se fiaba de la gente como antaño. ¿Qué hacía una dama en el establo de un pueblo? Mientras acariciaba la empuñadura, rematada por un rubí, de la daga que llevaba escondida debajo de la chaqueta, se preguntó por qué habría confiado en la gente alguna vez. Nunca compensaba. Nunca.