Выбрать главу

Después de que se cerraran las puertas, Mat se quedó plantado allí estudiando el palacio. No era ni mucho menos el más lujoso de la ciudad, aunque sólo a un noble se le ocurriría construir ese tipo de edificio.

—Pero, en nombre de la Fosa de la Perdición, ¿quién vive ahí? —masculló entre dientes al tiempo que se quitaba el sombrero para darse aire. Ella no, si había tenido que ir a pie. Se enteraría haciendo unas cuantas preguntas en las tabernas de la calle. Sí, y también llegaría al palacio la noticia de sus pesquisas, tan seguro como que el barro manchaba las manos.

—Carridin —dijo alguien. Era un tipo escuálido y de pelo blanco que holgazaneaba a la sombra.

Mat lo miró con expresión interrogante, y el tipo esbozó una mueca que dejó a la vista la dentadura mellada. Sus hombros encorvados y su cara triste y arrugada no encajaban con la fina chaqueta gris que vestía. A despecho del remate de puntilla en el cuello, era la viva imagen de alguien venido a menos.

—Preguntasteis quién vive ahí. El palacio Chelsaine está arrendado a Jaichim Carridin —agregó el hombre.

Mat dejó de abanicarse con el sombrero.

—¿Os referís al embajador de los Capas Blancas?

—Ajá. Un Inquisidor de la Mano de la Luz. —El viejo se dio golpecitos con el índice en un lateral de la aguileña nariz. Tanto el uno como la otra tenían aspecto de haberse roto en varias ocasiones—. No es la clase de hombre a quien se molesta a menos que no haya más remedio, y aun en ese caso yo lo pensaría tres veces.

Inconscientemente, Mat tarareó un fragmento de Tormenta de las montañas. No era la clase de hombre a quien molestar, desde luego. Los interrogadores eran los más peligrosos de los Capas Blancas. Vaya. Un Inquisidor Capa Blanca a quien visitaba una Amiga Siniestra.

—Gracias… —Mat dio un respingo. El tipo se había marchado, engullido por la muchedumbre. Extraño, pero le había resultado conocido. Quizá guardaba parecido con otro personaje muerto mucho tiempo atrás que formaba parte de aquellos viejos recuerdos. Quizá… De repente la luz se hizo en su mente como los fuegos de un Iluminador estallando en la noche. Un hombre de pelo blanco y nariz aguileña. Ese viejo había estado en el Circuito de Plata, no muy lejos de la mujer que acababa de entrar en el palacio alquilado por Carridin. Le dio vueltas al sombrero en sus manos y miró con inquietud el edificio. Ni en La Ciénaga había un fangal tan empantanado como esto. De repente sintió los dados rodando en su cabeza, y eso siempre era una mala señal.

15

Insectos

Carridin no levantó de inmediato la vista de la carta que estaba escribiendo cuando hicieron pasar a lady Shiaine, como se hacía llamar. Tres hormigas se debatían fútilmente en la tinta húmeda, atrapadas en ella. Puede que todo lo demás estuviera muriendo, pero las hormigas, las cucarachas y bichos de toda clase parecían prosperar. Con cuidado, presionó el secante. No estaba dispuesto a empezar de nuevo por unas pocas hormigas. No enviar ese informe o enviar el informe de un fracaso podría condenarlo tan indefectiblemente como esos insectos atrapados, mas era el miedo a otro fracaso lo que le atenazaba las entrañas.

No le preocupaba que Shiaine leyera lo que escribía. Era un código cifrado que sólo conocían otros dos hombres aparte de él. Había muchas bandas de «Juramentados del Dragón» activas, cada una de ellas dirigida e instigada por un núcleo de hombres de su confianza, y muchas más que podían ser de bandidos o incluso verdaderos seguidores de esa basura, al’Thor. A Pedron Niall quizá no le gustase eso último, pero su orden había sido sumir los reinos de Altara y Murandy en un baño de sangre y en un caos de los que sólo Niall y los Hijos de la Luz podrían sacarlos, una locura que pudiera achacarse claramente a ese supuesto Dragón Renacido, y eso era lo que había hecho. El miedo imperaba en ambos países, y el rumor de que las brujas marchaban a través de las mismas tierras era otro punto que jugaba a su favor. Las brujas de Tar Valon y los Juramentados del Dragón; Aes Sedai que se llevaban muchachas e impulsaban la aparición de falsos Dragones; pueblos en llamas y hombres clavados a las puertas de sus establos… En la mitad de los rumores que corrían por las calles esos fragmentos se englobaban en un todo ahora. Niall se sentiría satisfecho. Y enviaría más órdenes. Quizá tan difíciles de ejecutar como la de que raptara a Elayne Trakand del palacio de Tarasin; ¿cómo esperaba que lo hiciera?

Otra hormiga pasó del tablero de la mesa a la hoja de papel y Carridin la aplastó con el pulgar. Y emborronó una palabra hasta el punto de hacerla ilegible. Ahora tendría que rehacer todo el informe. Tenía un gran deseo de echar un trago. Había brandy en un frasco de cristal sobre la mesa que estaba junto a la puerta. Contuvo un suspiro, apartó a un lado la misiva y sacó un pañuelo de la manga para limpiarse la mano.

—Bien, Shiaine, ¿vienes a informar finalmente de algún éxito o sólo a pedir más dinero?

La mujer le sonrió lánguidamente desde el sillón de respaldo alto en el que se hallaba sentada.

—La investigación conlleva ciertos gastos —contestó con un acento muy parecido al de una noble andoreña—. Especialmente cuando no queremos suscitar curiosidad o preguntas incómodas.

La mayoría de la gente se habría sentido intranquila en presencia de Jaichim Carridin, con su semblante acerado, sus ojos hundidos, y el blanco tabardo luciendo el dorado sol radiante de los Hijos de la Luz sobre el cayado de pastor carmesí de la Mano, aunque sólo estuviera limpiando la punta de una pluma como hacía en ese momento. Pero Mili Skane no. Ése era su verdadero nombre, aunque ella ignoraba que él lo sabía. Hija de un guarnicionero de un pueblo cercano a Puente Blanco, había ido a la Torre Blanca cuando tenía quince años, otra cosa que ella creía que era un secreto. Que las brujas la rechazaran por ser incapaz de aprender a encauzar difícilmente podía considerarse un buen comienzo para convertirse en Amiga Siniestra, pero antes de que hubiese pasado un año desde que había salido de la Torre no sólo había encontrado un círculo en Caemlyn sino que había cometido su primer asesinato. En los siete años transcurridos desde entonces, a ese primero lo habían seguido diecinueve más. Al enviársela, el círculo había dicho que era una de las mejores asesinas disponibles y una rastreadora que encontraría cualquier cosa o persona; un círculo que ahora le daba cuentas a ella. Varios de sus miembros eran nobles y casi todos tenían más edad que Mili, pero ni lo uno ni lo otro importaba entre aquellos que servían al Gran Señor. Otro círculo que trabajaba para Carridin estaba dirigido por un sarmentoso mendigo tuerto y desdentado que tenía por costumbre lavarse una vez al año. De ser otras las circunstancias, el propio Carridin habría tenido que doblar la cerviz ante el viejo Dolo, único nombre por el que se conocía al apestoso villano. Mili Skane se postraba sin duda ante el viejo Dolo, como hacía hasta el último miembro de su círculo, ni que fuese noble ni que no. A Carridin le irritaba saber que «lady Shiaine» se arrodillaría al instante si el desgreñado mendigo entrara en la habitación, mientras que ante él permanecía sentada, con una pierna cruzada sobre la otra, sonriendo y moviendo el pie como si estuviese impaciente por que la reunión terminara. Le habían dado la orden de que lo obedeciera sin rechistar, y se la había dado alguien ante quien el propio viejo Dolo se arrodillaría; además Carridin necesitaba desesperadamente tener éxito. Las maquinaciones de Niall podían irse al garete, pero esto no. Dejó la pluma en el platillo de la escribanía de marfil, corrió la silla hacia atrás y se puso de pie.

—A quienes llevan a buen fin las tareas que se les han encomendado puede disculpárseles tener ciertos dispendios —dijo. Era alto, y se irguió imponente y amenazador, plenamente consciente de que los espejos de marcos dorados colgados en la pared reflejaban la imagen de un hombre implacable, peligroso—. Incluso vestidos, baratijas y apuestas pagadas con el dinero destinado a conseguir información. —El pie de la mujer se quedó inmóvil un instante, aunque empezó a moverse de inmediato, bien que su sonrisa era forzada y su tez había perdido color. Su círculo la obedecía al instante, pero la colgarían por los tobillos y la desollarían viva si él lo ordenaba así—. No has conseguido gran cosa, ¿verdad? De hecho, no parece que hayas conseguido nada.