—¿Tan bajo has caído que ahora te dedicas a raptar hombres en los pasillos, Teslyn? —dijo la tercera—. Un varón que no encauza no debe ser de mucho interés para ti.
De estatura baja y tez pálida, con un vestido gris rematado de puntillas, la mujer, que exhibía una sonrisa segura, era la viva imagen de la fría elegancia intemporal. Su acento la identificaba como cairhienina. Ciertamente, Mat había atraído a los perros más peligrosos del patio. Thom no sabía a ciencia cierta si era Joline o Teslyn quien tenía el mando de la embajada de Elaida, pero Merilille sí estaba al frente de la de esas idiotas que habían engatusado a Egwene para que fuera su Amyrlin. Mat podría haberse afeitado con la sonrisa que Teslyn dirigió a su antagonista.
—No disimules conmigo, Merilille. Mat Cauthon es de considerable interés. No tendría que andar suelto por ahí, campando por sus respetos.
¡Así, como si no estuviese delante, escuchando!
—Vamos, no os peleéis por mí —dijo. Con tirar de la chaqueta no estaba consiguiendo que lo soltara ninguna de las dos—. Hay hombres de sobra donde elegir.
Cinco pares de ojos lo hicieron desear haber mantenido la boca cerrada. Las Aes Sedai no tenían sentido del humor. Tiró con un poco más de fuerza, y Vandene —o Adeleas— tiró a su vez con suficiente brusquedad para soltarle la mano a él. Era Vandene, decidió Mat. Era una Verde, y siempre le había parecido que la mujer deseaba ponerlo cabeza abajo y sacudirlo hasta sacarle los secretos del medallón. Fuese cual fuese de la dos, sonrió con una expresión entre avisada y divertida. Mat no le veía la gracia. Las demás apartaron la vista de él enseguida; igual que si hubiese desaparecido.
—Habría que ponerlo bajo custodia de inmediato —manifestó en tono firme Joline—. Y no sólo por su propia seguridad. ¿Tres ta’veren que aparecen en una misma aldea? ¿Y uno de ellos el Dragón Renacido? A maese Cauthon habría que enviarlo de inmediato a la Torre.
¡Y él que había pensado que era bonita! Merilille se limitó a sacudir la cabeza.
—Sobreestimas tu posición aquí, Joline, si es que crees que voy a permitir que te lleves al chico así, sin más.
—No, eres tú quien sobreestimas la tuya, Merilille. —Joline se adelantó hasta plantarse delante de ella, mirándola desde arriba gracias a su mayor estatura. Sus labios se curvaron en una mueca prepotente—. ¿O es que no comprendes que sólo es nuestro deseo de no ofender a Tylin lo que nos frena de confinaros a todas vosotras a pan y agua hasta que se os conduzca a la Torre?
Mat esperaba que Merilille se riera en su cara, pero la mujer giró la cabeza ligeramente, como si lo que quisiera en realidad fuese escapar de la intensa mirada de Joline.
—No os atreveríais. —Sareitha exhibía la tranquilidad Aes Sedai como algo innato; tenía el rostro relajado, y las manos sujetaban el chal con total calma, pero su voz entrecortada clamaba que sólo era una máscara.
—Este comportamiento es propio de crías, Joline —murmuró Vandene, seca. Sin duda se trataba de Vandene; era la única de las tres que parecía realmente serena.
Un leve rubor tiñó los pómulos de Merilille, como si el reproche de la mujer de pelo blanco hubiese ido dirigido a ella, pero su mirada cobró firmeza.
—No esperarás que vayamos dócilmente, ¿verdad? —le respondió a Joline—. Y nosotras somos cinco. Siete, contando a Nynaeve y a Elayne. —Eso último pareció ser una idea pensada en el último momento y, además, a regañadientes.
Joline enarcó una ceja. Los huesudos dedos de Teslyn continuaron tan prietos en la manga como los de Vandene, pero estudió a Joline y a Merilille con una expresión indescifrable. Las Aes Sedai eran un mundo aparte, donde uno nunca sabía qué podía esperar hasta que ya era demasiado tarde. Cuando surgían corrientes de fondo fuertes entre Aes Sedai, podían arrastrar a un hombre a la muerte sin que ellas lo advirtieran siquiera. Mat pensó que quizás había llegado el momento de soltarse de sus dedos a la fuerza.
La inesperada reaparición de Laren le ahorró el esfuerzo. Procurando controlar la respiración como si hubiese venido corriendo, la oronda mujer extendió la falda en una reverencia mucho más profunda que la que le había dedicado a él antes.
—Os pido disculpas por molestaros, Aes Sedai, pero la reina requiere la presencia de lord Cauthon. Perdonad, por favor, pero no sólo corre peligro mi puesto si no lo llevo de inmediato ante ella.
Las Aes Sedai la miraron, todas ellas, hasta que la mujer empezó a rebullir con inquietud; después los dos grupos se miraron el uno al otro como intentando ver qué Aes Sedai podían imponerse a cuáles. Y entonces lo miraron a él. Mat se preguntó si alguien iba a moverse.
—No debo hacer esperar a la reina, ¿verdad? —dijo en tono alegre. A juzgar por los respingos, cualquiera habría pensado que le había pellizcado el trasero a alguna. Incluso las cejas de Laren se fruncieron en un gesto desaprobador.
—Suéltalo, Adeleas —dijo finalmente Merilille.
Mat arrugó la frente cuando la mujer del pelo blanco obedeció. Esas dos hermanas deberían llevar un cartelito con sus nombres, o cintas del pelo de diferentes colores o algo por el estilo. Adeleas le dirigió otra de aquellas sonrisas socarronas, avisadas. Oh, cómo detestaba ese gesto. Era un truco que usaban todas las mujeres, no sólo las Aes Sedai, aunque por lo general no sabían tanto como querían darte a entender.
—Teslyn… —dijo. La hosca hermana Roja seguía agarrándole la manga con las dos manos. Alzó los ojos hacia él, haciendo caso omiso de las otras—. La reina. Me espera.
Merilille abrió la boca y vaciló; cuando habló, saltaba a la vista que no era eso lo que había estado a punto de decir.
—¿Cuánto tiempo más piensas tenerlo aquí agarrado, Teslyn? Tal vez quieras explicar a Tylin por qué se ha desatendido su requerimiento.
—Considerad cuidadosamente con quién os comprometéis, maese Cauthon —le advirtió Teslyn, que seguía con los ojos fijos en él—. Las decisiones equivocadas suelen conducir a un futuro desagradable, incluso a un ta’veren. Pensadlo muy bien. —Luego lo soltó.
Mientras seguía a Laren, no se permitió demostrar su ansiedad por alejarse de allí, pero deseó que la mujer anduviese un poco más deprisa. Laren caminaba delante de él, majestuosa como una reina. Como cualquier Aes Sedai. Cuando llegaron al primer recodo, Mat echó un vistazo atrás. Las cinco Aes Sedai seguían plantadas en el mismo sitio, mirándolo fijamente. Como si la ojeada de él hubiese sido una señal, las mujeres intercambiaron miradas en silencio y se marcharon, cada una en distinta dirección. Adeleas fue en pos de Mat, pero unos cuantos pasos antes de alcanzarlo volvió a sonreírle y desapareció por una puerta. Corrientes en aguas profundas. Prefería nadar donde podía tocar con los pies el fondo del estanque.
Laren esperaba al otro lado del recodo, puesta en jarras y con una expresión demasiado tranquila. Seguro que debajo de la falda estaba dando golpecitos con un pie, impaciente. Mat le dedicó su más cautivadora sonrisa. Con ella ablandaba tanto a jovencitas sin seso como a abuelas de cabello canoso; con ella se había ganado besos y había salido de más aprietos de los que podía recordar. Tenía casi el mismo resultado que un ramo de flores.
—Eso ha estado genial, y os lo agradezco. Sin duda la reina no desea verme en realidad. —Y, si quería, él no tenía ganas de verla a ella. Todo lo que pensaba sobre los nobles se triplicaba cuando se trataba de la realeza. Nada de lo que había descubierto a través de aquellos recuerdos prestados le había hecho cambiar de opinión, y algunos de esos hombres habían pasado mucho tiempo cerca de reyes, reinas y similares—. Y ahora, si me conducís hasta Nynaeve y Elayne…
Cosa extraña, su sonrisa no parecía haber surtido el menor efecto.
—Yo no mentiría, lord Cauthon. Me jugaría algo más que mi puesto. La reina espera, milord. Sois un hombre valiente —añadió mientras se volvía, y luego añadió algo más entre dientes—: O un necio muy grande.