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Mat dudaba que eso último estuviera destinado a sus oídos. Bien, la elección era ir a ver a la reina o deambular por kilómetros de pasillos hasta que encontrase a alguien que accediera a decirle lo que quería saber. Fue a ver a la reina.

Tylin Quintara, por la gracia de la Luz reina de Altara, Señora de los Cuatro Vientos, Guardiana del Mar de las Tormentas, Cabeza Insigne de la casa Mitsobar, lo aguardaba en una estancia de paredes amarillas y techo azul pálido, de pie ante una enorme chimenea blanca con el dintel gris tallado a modo de un mar tormentoso. Merecía la pena, y mucho, verla, decidió Mat. Tylin no era joven —el lustroso cabello negro, que le caía en cascada sobre los hombros, tenía hebras grises en las sienes, y unas leves arrugas se marcaban en los rabillos de sus ojos— ni era exactamente bonita, aunque las dos finas cicatrices de sus mejillas casi habían desaparecido con el paso de los años. Atractiva la describía mejor. Pero era… imponente. Los grandes ojos negros lo contemplaban mayestáticamente; unos ojos de águila. Tenía poco poder real —se podía cruzar a caballo el territorio bajo su dominio en dos o tres días, cuando todavía había mucha distancia hasta las fronteras de Altara—, pero Mat pensó que esa mujer sería capaz de hacer retroceder incluso a una Aes Sedai. Al igual que Isabele de Dal Calain, que había hecho que la Amyrlin Anghara acudiera a verla. Ése era otro de los viejos recuerdos; Dal Calain había desaparecido en la Guerra de los Trollocs.

—Majestad —dijo, mientras hacía una floritura con el sombrero y con una imaginaria capa mientras se inclinaba—, acudo acatando vuestro requerimiento.

Imponente o no, resultaba difícil apartar los ojos del amplio escote ovalado, rematado con puntilla, sobre el que colgaba el Cuchillo de Esponsales enfundado en una vaina blanca. Una vista enmarcada con muy bellas redondeces, si bien cuanto mayor era el busto de una mujer, menos quería que se lo miraran. Al menos, sin disimulo. La vaina blanca; claro que ya sabía que era viuda. Tampoco es que importara. Antes se enredaría con aquella Amiga Siniestra de cara vulpina que con una reina. No mirar ese escote era difícil, pero se las arregló. Seguramente llamaría a sus guardias en lugar de desenvainar la daga incrustada de gemas que llevaba metida en el cinturón, de oro tejido, a juego con el collar del que pendía el Cuchillo de Esponsales. Quizás era por eso por lo que los dados seguían rodando en su cabeza. La posibilidad de acabar arrodillado delante de un tajo era motivo más que suficiente para hacerlos rodar.

Las finas enaguas de seda, en varias capas blancas y amarillas, ondularon cuando cruzó la estancia y caminó a su alrededor hasta dar una vuelta completa.

—Habláis la Antigua Lengua —dijo, una vez que estuvo de nuevo frente a él. El timbre de su voz era musical y grave. Sin esperar respuesta, se deslizó hacia un sillón y tomó asiento, tras lo cual se arregló los vuelos de la falda. Un gesto inconsciente; sus ojos seguían prendidos en él. Mat pensó que seguramente era capaz de decir cuándo le habían lavado su ropa interior por última vez—. Deseáis dejar un mensaje, creo. Aquí tengo todo lo necesario para que lo hagáis. —La puntilla que caía sobre su mano se meció al hacer un ademán, señalando un pequeño escritorio que había debajo de un espejo con marco dorado. Todo el mobiliario era dorado y estaba tallado imitando el bambú.

Unos grandes ventanales triples que se abrían a un balcón de celosía de hierro forjada dejaban entrar la suave brisa marina, sorprendentemente agradable ya que no fresca, pero Mat sentía más calor allí que en la calle; y no tenía nada que ver con la intensa mirada de la mujer. Deyeniye, dyu ninte concion ca’lyet ye. Eso era lo que había dicho al entrar. La maldita Antigua Lengua salía a borbotones de su boca sin que él se diese cuenta. Había pensado que tenía controlado ese pequeño engorro. E ignoraba cuándo dejarían de rodar esos dados y por qué. Lo mejor sería no mirar donde no debía y mantener la boca cerrada todo lo posible.

—Os lo agradezco, majestad. —Se aseguró de que fueran ésas las palabras que pronunciaba.

Varias hojas de papel grueso lo aguardaban ya en la mesa de tablero inclinado, a una altura cómoda para escribir. Soltó el sombrero junto a una pata del mueble. Veía a la mujer reflejada en el espejo. Observándolo. ¿Por qué había dejado suelta la lengua? Mojó la pluma dorada —¿qué otra clase de pluma podía tener una reina?—, y redactó mentalmente lo que quería escribir antes de inclinarse sobre el papel, con el brazo doblado alrededor de la hoja. Tenía la letra cuadrada y poco elegante; la caligrafía nunca había sido su fuerte.

«He seguido a una Amiga Siniestra hasta el palacio que Carridin tiene alquilado. Esa mujer intentó matarme en cierta ocasión, y puede que también a Rand. Fue recibida como una vieja conocida de la casa».

Estudió lo escrito un momento, mordisqueando la pluma antes de caer en la cuenta de que estaba dejando marcada la blanda superficie de oro. A lo mejor Tylin no se daba cuenta. Tenían que enterarse de lo de Carridin. ¿Qué más? Añadió unas pocas líneas redactadas en tono razonable. ¡Sólo le faltaba ponerlas a la defensiva!

«Sed sensatas. Si tenéis que callejear de aquí para allí, dejadme al menos que envíe unos cuantos hombres de escolta con vosotras para evitar que acabéis descalabradas. En cualquier caso, ¿no va siendo hora de que os lleve de vuelta con Egwene? Aquí no hay nada más que moscas y calor, y de esas dos cosas encontraremos de sobra en Caemlyn».

¡Ea!, que por delicadeza no quedara. Secó con cuidado la tinta y dobló la hoja en cuatro. En un pequeño cuenco de oro había una brasa cubierta con arena. La sopló hasta hacerla brillar y después la utilizó para encender una vela y cogió una barra de cera roja. Mientras la cera goteaba sobre los bordes del papel, de repente se acordó de que tenía un anillo de sello en el bolsillo. Sólo era un símbolo realizado por el orfebre para demostrar su destreza artesanal, pero mejor eso que un simple pegote de cera, sin nada. El sello era un poco más grande que el charquito de cera que empezaba a solidificarse, pero aun así se grabó la mayoría del símbolo.

Por primera vez se fijó realmente en lo que había comprado. Dentro del filete formado por medias lunas, un zorro a la carrera parecía haber espantado a dos aves que alzaban el vuelo. Aquello lo hizo sonreír. Lástima que no fuera una mano, por la Compañía, pero resultaba bastante apropiado. Ciertamente necesitaba ser astuto como un zorro para estar al tanto de Nynaeve y Elayne, y si ellas no eran exactamente huidizas e inconsecuentes, en fin… Además, el medallón había hecho que tomara cariño a los zorros. Escribió el nombre de Nynaeve en el exterior y a continuación el de Elayne, como si se le hubiese ocurrido en el último momento. Una o la otra lo leerían pronto.

Al volverse sosteniendo la carta sellada con la mano adelantada, dio un respingo cuando sus nudillos rozaron el busto de Tylin. Reculó tan bruscamente que chocó con el escritorio, y la miró fijamente, procurando no enrojecer. Mirándole la cara; sólo la cara. No la había oído acercarse. Lo mejor era hacer como si el roce no se hubiese producido, para no azorarla más aún. Probablemente ya pensaba que era un torpe patán.

—En este mensaje hay algo que deberíais saber, majestad. —No había espacio suficiente entre los dos para alzar la carta—. Jaichim Carridin está recibiendo en su casa Amigos Siniestros, y no me refiero a arrestarlos.

—¿Estáis seguro? Sí, por supuesto que sí. Nadie haría tal acusación sin estar seguro. —Su frente se arrugó, pero la mujer sacudió la cabeza y el ceño desapareció—. Hablemos de temas más agradables.

Mat habría querido gritar. De modo que le decía que el Capa Blanca que estaba de embajador en su corte era un Amigo Siniestro ¿y lo único que hacía era una leve mueca?