—¿Sois lord Mat Cauthon?
Se advertía un ligero dejo interrogante en el título. Sus ojos le recordaron más que nunca los de un águila. A una reina no le gustaría que alguien se presentara ante ella fingiendo ser un lord.
—Sólo Mat Cauthon. —Algo le advirtió que ella se daría cuenta si decía una mentira. Además, dejar que la gente lo tomara por un noble era una artimaña, aunque habría preferido no tener que recurrir a ella. En Ebou Dar uno podía encontrarse metido en un duelo cada vez que se daba media vuelta, pero pocos desafiaban a un lord excepto otro lord. Así y todo, durante el pasado mes ya había roto varias cabezas, había herido a cuatro hombres y había tenido que correr medio kilómetro para escapar de una mujer. La mirada intensa de Tylin lo estaba poniendo nervioso. Y esos dados, tintineando dentro de su cráneo. Quería marcharse de allí—. Si me decís dónde puedo dejar la carta, majestad…
—La heredera del trono y Nynaeve Sedai os mencionan rara vez —dijo—, pero una acaba aprendiendo a colegir lo que se omite decir.
Como sin darle importancia, alzó la mano y le tocó la mejilla; Mat estuvo a punto de alzar la suya, inseguro. ¿Se habría manchado de tinta cuando mordisqueaba la pluma? A las mujeres les gustaba que todo estuviese limpio, incluidos los hombres. A lo mejor también les gustaba a las reinas.
—Lo que no dicen, pero he inferido —continuó Tylin—, es que sois un indómito bribón, un jugador y un conquistador que siempre anda detrás de las mujeres. —Sus ojos retenían los de él, sin que su expresión variara en lo más mínimo, y su voz se mantenía fría y firme; pero, mientras hablaba, sus dedos le acariciaron la otra mejilla—. Los hombres indómitos suelen ser los más interesantes. Para hablar con ellos. —Un dedo siguió el perfil de sus labios—. Un bribón indomable que viaja con Aes Sedai, un ta’veren que, me parece, las asusta un poco. O las intranquiliza, al menos. Hace falta un hombre con redaños para inquietar a unas Aes Sedai. ¿Cómo influiréis sobre el Entramado en Ebou Dar, «sólo» Mat Cauthon?
Su mano se le posó en el cuello; Mat podía sentir el latido de su pulso contra los dedos de la mujer. Abrió la boca como si le faltara aire. El escritorio repicó contra la pared cuando intentó recular. La única salida era apartarla de un empujón o saltar sobre su falda. ¡Las mujeres no se comportaban así! Oh, algunos de esos antiguos recuerdos sugerían que sí lo hacían, pero principalmente eran evocaciones de recuerdos sobre que tal mujer había hecho eso o que tal otra había hecho aquello; lo que recordaba con total claridad eran batallas en su mayoría, y eso de poca ayuda le servía. Tylin sonrió, una leve curva en las comisuras de los labios que no suavizó el brillo depredador de sus ojos. Mat sintió que el cabello se le ponía de punta.
La mirada de la mujer pasó fugazmente por encima de su hombro hacia el espejo; se volvió bruscamente y se apartó, dejándolo boquiabierto.
—He de arreglar las cosas para hablar de nuevo con vos, maese Cauthon, yo… —Se interrumpió, aparentemente sorprendida, cuando la puerta se abrió de par en par, pero entonces Mat cayó en la cuenta de que ella la había visto empezar a moverse a través del espejo.
Un joven esbelto entró en la estancia, cojeando ligeramente; era un muchacho de tez oscura y ojos penetrantes que pasaron sobre Mat rápidamente, sin apenas detenerse. El cabello, negro, le caía sobre los hombros, y llevaba echada por encima una de esas chaquetas que no estaban hechas para ponérselas como las normales; era de seda verde, una cadena dorada cruzaba la pechera, y las solapas tenían bordados en oro unos leopardos.
—Madre —saludó al tiempo que hacía una reverencia a Tylin y se tocaba los labios con las puntas de los dedos.
—Beslan. —Pronunció el nombre con enorme calidez, y besó al joven en ambas mejillas y en los párpados. Era como si el tono firme, casi gélido, utilizado con Mat no hubiese existido—. Veo que todo fue bien.
—No tanto como debería. —El muchacho suspiró. A despecho de sus ojos, había mucho de afable en su actitud, y su voz era suave—. Nevin me dio una patada en la pierna en la segunda pasada, y después resbaló en la tercera, de modo que le atravesé el corazón en lugar de herirlo en el brazo de la espada. La ofensa no merecía una muerte, y ahora he de presentar mis condolencias a su viuda. —Parecía lamentar eso tanto como la muerte de Nevin.
El semblante radiante de Tylin no parecía apropiado en una mujer cuyo hijo acaba de decirle que ha matado a un hombre.
—Haz que tu visita sea breve, nada más. Así me arranquen los ojos, pero Davindra será una de esas viudas que quieren recibir consuelo, y después te tendrías que casar con ella o matar a sus hermanos. —Por su tono, consideraba mucho peor la primera alternativa, y la segunda meramente una molestia—. Éste es maese Mat Cauthon, hijo mío. Es ta’veren. Espero que entables amistad con él. Quizá podáis ir juntos a los bailes de la Noche de Swovan.
Mat dio un respingo. Lo último que quería hacer era ir a ninguna parte con un tipo que se batía en duelo y cuya madre quería acariciarle la mejilla.
—No soy asiduo a los salones de baile —se apresuró a decir. A los ebudarianos les gustaban los festivales de manera exagerada. Allí acababan de terminar las celebraciones del Cenit de Chasaline, y ya había cinco más en puertas, dos de ellas a lo largo de todo el día, no simplemente los habituales festejos vespertinos—. Yo bailo en las tabernas. De las barriobajeras, me temo. Nada que pudiera gustaros.
—Soy asiduo de las tabernas barriobajeras —respondió Beslan con una sonrisa y aquel tono suave de voz—. Los salones de baile son para gente de más edad y sus lindas parejas.
Después de aquello, una cosa siguió a la otra como un canto rodando ladera abajo, y antes de que Mat se diera cuenta Tylin lo había metido en el saco. Beslan y él asistirían juntos a los festivales. A todos ellos. De caza, en palabras de Beslan, y, cuando Mat añadió sin reflexionar que a la caza de muchachas —cosa que jamás habría dicho delante de la madre de alguien de haberlo pensado—, el joven se echó a reír.
—De muchachas o de reyertas —dijo—, de labios invitadores o de aceros centelleantes. Sea cual sea el baile que uno dance, en ese momento es siempre el más divertido. ¿No te parece, Mat?
Tylin sonrió cariñosamente a Beslan.
Mat logró soltar una risita desganada. El tal Beslan estaba chiflado; él y su madre. Los dos.
17
El triunfo de la lógica
Mat salió de palacio a buen paso cuando finalmente Tylin lo dejó marchar, y, si hubiese creído que serviría de algo, habría echado a correr. Tenía tan erizada la piel entre los omóplatos que casi se olvidó de los dados rodando en su cabeza. El peor momento —el peor entre una docena de malos— había sido cuando Beslan embromó a su madre diciéndole que debería buscarse un lindo acompañante para los bailes, y Tylin, riendo, afirmó que una reina no tenía tiempo para dedicárselo a jovencitos, todo ello sin dejar de mirar a Mat con aquellos malditos ojos de águila. Ahora sabía por qué corrían tan deprisa los conejos. Cruzó a zancadas la plaza de Mol Hara sin mirar realmente por dónde iba. Si Nynaeve y Elayne hubiesen estado tonteando con Jaichim Carridin y Elaida en la fuente, al pie de esa estatua de más de tres metros de altura que representaba a alguna reina muerta mucho tiempo atrás y señalaba hacia el mar, habría pasado a su lado sin fijarse siquiera.
La sala de La Mujer Errante estaba oscura y relativamente fresca en comparación con el cegador calor del exterior. Se quitó el sombrero con alivio. Una tenue nube de humo de pipas flotaba en el aire, pero los postigos tallados en arabescos de las ventanas de arco permitían pasar suficiente luz. Habían atado unas pocas ramas de pino mustias encima de las ventanas para la Noche de Swovan. En un rincón, dos mujeres con flautas y un tipo con un pequeño tambor, que sujetaba entre las rodillas, interpretaban una de esas melodías estridentes y rítmicas que a Mat habían llegado a gustarle. Incluso a esa hora del día había varios clientes, mercaderes extranjeros vestidos con ropas de lana moderadamente sencillas, y alguno que otro ebudariano, la mayoría con los chalecos de diferentes gremios. No había aprendices ni jornaleros; encontrándose tan cerca de palacio, La Mujer Errante era un sitio caro para beber o comer, cuanto más para hacer noche.