El repiqueteo de los dados sobre la mesa del rincón se hacía eco de la sensación dentro de su cabeza, pero Mat se dirigió hacia el otro extremo de la sala, donde tres de sus hombres estaban sentados en bancos alrededor de otra mesa. Corevin, un cairhienino musculoso con una nariz que hacía parecer sus ojos aún más pequeños de lo que ya lo eran, tenía los tatuados brazos levantados sobre la cabeza y el torso desnudo, mientras Vanin le ponía un vendaje alrededor de la cintura. Vanin abultaba tres veces lo que Corevin, pero era un saco de grasa calvo que se desbordaba del asiento. Parecía que había dormido una semana seguida con la chaqueta puesta; siempre tenía ese aspecto, incluso una hora después de que las mujeres del servicio se la habían planchado. Algunos de los mercaderes los miraban con recelo, pero no así los ebudarianos; hombres y mujeres por igual habían visto lo mismo, o peor, a menudo.
Harnan, un jefe de fila teariano de cara larga, con un tosco tatuaje de un halcón en la mejilla izquierda, se dedicaba en esos momentos a reprender a Corevin.
—… importa poco lo que el maldito pescadero dijo, pedazo de chivo engendrado por un sapo. Utiliza tu jodido garrote y déjate de aceptar un maldito duelo sólo porque… —Calló al ver a Mat e intentó aparentar que no estaba diciendo lo que estaba diciendo. Sólo consiguió dar a su cara una expresión como si tuviese dolor de muelas.
Si Mat preguntaba, resultaría que Corevin se había resbalado y había caído sobre su propia daga o alguna otra estupidez similar que supuestamente él debía fingir que creía, así que apoyó los puños en la mesa como si no viese nada fuera de lo normal. A decir verdad, no había nada extraordinario en la escena. Vanin era el único que no se había metido ya en un par de docenas de líos; por alguna razón, los hombres que buscaban gresca evitaban a Vanin como hacían con Nalesean. La única diferencia era que a Vanin parecía gustarle que ocurriera así.
—¿Han venido ya Thom o Juilin?
Vanin no levantó la vista de su tarea.
—No se les ha visto el pelo. Nalesean estuvo unos minutos, sin embargo. —Con Vanin no rezaban esas tonterías de «milord». No tenía reparos en dejar claro que no le gustaban los nobles. Con la infortunada excepción de Elayne—. Dejó un arcón reforzado con bandas metálicas en vuestra habitación y después salió parloteando no sé qué sobre chucherías. —Hizo como si fuese a escupir a través de la mella de los dientes, pero después miró de soslayo a una de las camareras y cambió de idea. La señora Anan se ponía hecha una furia con quien escupía en sus suelos o tiraba huesos o incluso vaciaba la pipa—. El chico está en el establo —continuó antes de que Mat preguntara—, con su libro y una de las hijas de la posadera. Otra de las chicas le dio unas palmadas en el trasero por haberle pellizcado el suyo. —Tras hacer un último nudo en la venda, asestó una mirada acusadora a Mat, como si los azotes hubiesen sido culpa suya de algún modo.
—Pobre pequeñajo —rezongó Corevin mientras se retorcía para comprobar que el vendaje no se movía de su sitio. Llevaba un leopardo y un jabalí tatuados en un brazo, y un león y una mujer en el otro. La mujer no parecía llevar encima gran cosa excepto el cabello—. Dando zollipos, estuvo. Aunque se animó cuando Leral dejó que la cogiera de la mano.
Los hombres cuidaban de Olver como una cuadrilla de tíos, aunque desde luego no de la clase que una madre querría tener cerca de su hijo.
—Sobrevivirá —respondió secamente Mat. Probablemente el chico estaba cogiendo esas costumbres de sus «tíos». Lo próximo sería que le hicieran un tatuaje. Al menos Olver no se había escabullido para ir con los chicos de la calle; eso parecía gustarle tanto como estar dando la lata a mujeres adultas—. Harnan, quédate aquí y, si ves a Thom o a Juilin, no dejes que se marchen aunque tengas que agarrarlos por el pescuezo. Vanin, quiero que averigües cuanto puedas sobre el palacio Chelsaine, cerca de la puerta de Tres Torres.
Vaciló y recorrió la sala con la mirada. Las camareras entraban y salían de la cocina con comida y, más a menudo, con bebidas. La mayoría de los clientes parecían absortos en sus copas de plata, aunque un par de mujeres con los chalecos de tejedoras conversaban quedamente, haciendo caso omiso de su ponche de vino e inclinadas sobre la mesa la una hacia el otra. Algunos de los mercaderes parecían estar discutiendo sobre dinero, pues agitaban las manos y mojaban los dedos en las copas para garabatear números sobre el tablero de la mesa. La música habría tapado lo que hablaban a oídos indiscretos, pero aun así lo hacían en voz baja.
La noticia de que Jaichim Carridin recibía visitas de Amigas Siniestras torció el gesto en la redonda cara de Vanin, como si el hombre fuera a escupir lo viera quien lo viese. Harnan masculló algo sobre los asquerosos Capas Blancas, y Corevin sugirió denunciar a Carridin a la Fuerza Civil. Aquello le ganó miradas tan despectivas de los otros dos que ocultó la cara llevándose la jarra de cerveza a la boca. Era uno de los pocos hombres que Mat conocía que fuera capaz de beber cerveza ebudariana con aquel calor. Y, además, apurarla.
—Ten cuidado —advirtió Mat a Vanin cuando éste se incorporó. En realidad no estaba preocupado. Vanin se movía con sorprendente agilidad para ser un hombre tan gordo. Era el mejor cuatrero de dos reinos al menos, y podía pasar inadvertido incluso junto a un Guardián, pero…—. Son una pandilla peligrosa. Capas Blancas o Amigos Siniestros, tanto da. —Vanin se limitó a gruñir e hizo una seña a Corevin para que se pusiera la camisa y la chaqueta y lo acompañara.
—Milord… —dijo Harnan una vez que se hubieron marchado—. Milord, he sabido que hubo niebla ayer en el Rahad.
A punto de darse media vuelta, Mat se detuvo. Harnan parecía inquieto, y había pocas cosas que lo inquietaran.
—¿Niebla, dices? —Con ese calor, ni siquiera una niebla espesa como gachas duraría unos segundos.
El jefe de fila se encogió de hombros, desasosegado, y bajó la vista a su jarra.
—Niebla, sí. He oído que había… cosas en ella. —Alzó los ojos hacia Mat—. He oído que ha desaparecido gente, así, sin más. A algunos los han encontrado comidos, a trozos.
—La niebla ha desaparecido, ¿verdad? —Mat se las apañó para contener un escalofrío—. Tú no estuviste en ella, de modo que preocúpate cuando estés. No puedes hacer nada más.
Harnan frunció el entrecejo, dubitativo, pero ésa era la pura verdad. Esas burbujas malignas —así era como Rand llamaba ese fenómeno, como lo había llamado Moraine— estallaban donde y cuando querían, y al parecer nadie, ni siquiera Rand, podía hacer nada para detenerlas. Preocuparse por eso servía tan poco como preocuparse por si a uno le caía una teja en la cabeza al salir a la calle. Menos, ya que en el segundo caso uno podía decidir quedarse en casa.
Empero, había algo por lo que sí merecía la pena preocuparse. Nalesean había dejado las ganancias de ambos arriba, desentendiéndose. Esos jodidos nobles, tirando el oro como si fuese agua. Dejó a Harnan contemplando su jarra y se encaminó hacia la escalera sin barandilla que había al fondo de la sala, pero antes de que hubiese llegado allí una de las camareras lo abordó. Caira era una chica esbelta, con túrgidos labios y ojos fogosos.
—Un hombre vino buscándoos, milord —dijo mientras movía la falda a uno y otro lado y lo miraba a través de las largas pestañas. También en su voz había cierta fogosidad—. Dijo que era Iluminador, pero a mí me pareció un vagabundo. Pidió comida, y se marchó cuando la señora Anan se negó a dársela. El tipo quería que vos la pagaseis.