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—Uno de ellos saltó sobre mí en el pasillo. —Mat dio con la puntera de la bota en el baúl, e hizo un ruido a hueco a pesar de que el otro hombre muerto estaba metido en él, con los brazos y las piernas colgando hacia afuera—. Está vacío excepto por él. Creo que se proponían llenarlo con todo lo que pudieran robar. —¿El oro, quizá? No parecía probable que supieran eso ya que sólo hacía unas horas que lo habían ganado, pero preguntaría a la señora Anan si había un sitio más seguro donde guardar el dinero.

La mujer asintió sosegadamente; sus ojos de color avellana rebosaban serenidad. Al parecer, el que unos hombres hubieran muerto acuchillados en su posada no la trastornaba.

—Insistieron en subirlo ellos mismos. Dijeron que era el surtido de sus mercancías. Alquilaron la habitación justo antes de que volvieseis. Sólo por unas pocas horas, dijeron, para dormir antes de seguir viaje a Nor Chasen. —Era el nombre de una aldea costera, hacia el este, pero a buen seguro no habían dicho la verdad. Así lo daba a entender el tono de la mujer, que miró ceñuda a los dos muertos, como si deseara poder sacudirlos hasta volverlos a la vida para que respondieran a unas cuantas preguntas—. Sin embargo, se mostraron muy puntillosos con la habitación. El del pelo claro era el jefe; rechazó las primeras tres que se le ofrecieron, y después aceptó ésta, que está pensada para uso de un único sirviente. Pensé que era un tacaño.

—Hasta un ladrón puede ser agarrado —comentó Mat con aire ausente. Esto podría haber sido la causa de que los dados empezaran a rodar en su cabeza; cabeza que habría acabado rota sin duda de no mediar la suerte de que aquel tipo fuera a pisar precisamente en el único tablón de la posada que crujía. No obstante, los malditos dados seguían rodando. No le gustaba nada.

—¿Creéis que fue por casualidad, milord?

—¿Qué otra cosa, si no?

La mujer no contestó, pero volvió a contemplar los cadáveres con gesto meditabundo. Quizá no era tan arrebatada como Mat había pensado. Después de todo, no era oriunda de Ebou Dar.

—Últimamente hay demasiada gentuza en la ciudad. —Jasfer tenía una voz profunda, y cuando hablaba normalmente parecía estar bramando órdenes en un barco de pesca—. Quizá deberíais plantearos contratar unos guardias. —La señora Anan se limitó a enarcar una ceja mirando a su marido, pero éste alzó las manos en ademán defensivo—. Tengamos paz, esposa. Hablé sin pensar.

Las ebudarianas tenían fama de expresar desagrado con el marido de un modo muy expeditivo. No quedaba fuera de lo posible que algunas de las cicatrices que tenía Jasfer fueran obra de ella. El Cuchillo de Esponsales tenía diversos usos.

Dando gracias a la Luz por no estar casado con una ebudariana, Mat envainó su daga, devolviéndola a su sitio junto a las demás. Gracias a la Luz que no estaba casado con nadie. Sus dedos rozaron un papel.

—Es algo que sueles hacer con frecuencia, esposo. —La señora Anan no pensaba perdonar el desliz de su marido así como así. Acarició el cuchillo que reposaba entre sus senos—. Muchas mujeres no lo dejarían pasar. Elynde me dice siempre que no soy suficientemente firme cuando hablas a destiempo. He de dar buen ejemplo a mis hijas. —La acritud se diluyó en una sonrisa, bien que muy ligera—. Considérate reprendido. Yo me abstendré de decirte quién debe halar qué red en cuál barco.

—Me mimas demasiado, esposa —replicó secamente él.

No había gremio de posaderos en Ebou Dar; todas las posadas estaban regentadas por mujeres. Para los ebudarianos, la peor suerte del mundo perseguiría a una posada propiedad de un hombre o a cualquier embarcación propiedad de una mujer. En el gremio de pescadores no había mujeres.

Mat sacó el papel. Era de un blanco níveo, caro y con cuerpo, y lo habían doblado muchas veces. Las pocas líneas habían sido escritas en letras mayúsculas, como las que utilizaría Olver. O un adulto que no quería que identificaran su escritura.

«ELAYNE Y NYNAEVE ESTÁN FORZANDO DEMASIADO LAS COSAS. RECORDADLES QUE TODAVÍA SIGUEN ESTANDO EN PELIGRO POR LA TORRE. ADVERTIDLES QUE TENGAN CUIDADO, O ACABARÁN DE RODILLAS SUPLICANDO PERDÓN A ELAIDA».

Eso era todo; sin firma. ¿En peligro «todavía»? Eso sugería que no era algo nuevo, y de algún modo no encajaba con el hecho de que las rebeldes las hubiesen atrapado. No, ésa no era la pregunta adecuada. ¿Quién le había metido esa nota en la chaqueta? Obviamente, alguien que pensaba que no podía entregársela simplemente. ¿Quién había tenido oportunidad de hacerlo desde que se había puesto la chaqueta por la mañana? Porque entonces no se encontraba allí, eso seguro. Alguien que se hubiese acercado bastante a él. Alguien… Inopinadamente, Mat se puso a tararear entre dientes un fragmento de Me encandila los ojos y me ofusca la mente. Por estos pagos la canción tenía otra letra; la llamaban Vuelto del revés y gira que te gira. Sólo Teslyn o Joline encajaban, y eso era imposible.

—¿Malas noticias, milord? —preguntó la señora Anan.

—¿Algún hombre consigue llegar a entender a las mujeres? —Mat se guardó la nota en el bolsillo—. No me refiero únicamente a las Aes Sedai. A cualquier mujer.

Jasfer estalló en carcajadas, y, cuando su mujer le asestó una mirada significativa, sus risas arreciaron. La que le dirigió a Mat habría despertado la envidia de cualquier Aes Sedai por su perfecta serenidad.

—Los hombres lo tienen fácil, milord, sólo con observar y escuchar. Somos las mujeres quienes lo tenemos realmente difícil. Hemos de intentar comprender a los hombres.

Jasfer se había agarrado a la jamba de la puerta, y las lágrimas le corrían por las atezadas mejillas. La señora Anan lo miró de soslayo, ladeando la cabeza, y luego se volvió, toda ella fría tranquilidad, y le asestó un puñetazo tan fuerte en la boca del estómago que las rodillas del hombre se doblaron. Sus risas sonaron como si salieran de un fuelle agujereado, pero no cesaron.

—Existe un dicho en Ebou Dar, milord —prosiguió la posadera, hablando a Mat por encima del hombro—. «Un hombre es un laberinto de espinos sumido en la oscuridad, y ni siquiera él conoce el camino».

Mat resopló. ¡Pues menuda ayuda tenía en ella! En fin, ya fuera Teslyn, Joline o cualquier otra persona —tenía que ser otra persona, pero no se le ocurría quién—, la Torre Blanca estaba muy, muy lejos; Jaichim Carridin, en cambio, estaba allí mismo. Miró los dos cadáveres con el entrecejo arrugado. Y como ésos había cientos de rufianes más. De algún modo conseguiría sacar a esas dos mujeres a salvo de Ebou Dar. El problema era que no tenía la menor idea de cómo. Ojalá los jodidos dados se pararan y todo acabara de una vez.

Los aposentos que Joline compartía con Teslyn eran bastante espaciosos, e incluían un dormitorio para cada una de ellas, además de otro para cada una de sus doncellas y uno más que les habría venido bien a Blaeric y Fen si Teslyn hubiese soportado tener a los Guardianes con ellas. Esa mujer veía a todos los hombres como lobos rabiosos en potencia, y no había manera de que diera su brazo a torcer cuando se le metía algo en la cabeza. Tan inexorable como Elaida, trituraba todo cuanto se interpusiera en su camino. Estaban bastante igualadas en todos los sentidos, cierto, pero no eran muchas las que se las arreglaban para imponerse a Teslyn sin tener una clara ventaja. La Roja se hallaba sentada frente al escritorio cuando Joline entró en la sala de estar, y la pluma hacía un desagradable chirrido al moverse sobre el papel. Siempre escribía con mucha parsimonia.

Sin decir palabra, Joline pasó junto a ella y salió al balcón, un espacio alargado y cubierto por celosías de hierro forjado pintado en blanco que semejaba una gran jaula. El diseño era tan recargado y denso que a los hombres que trabajaban en el jardín, tres pisos más abajo, les habría costado un ímprobo esfuerzo distinguir si había alguien tras la celosía. Normalmente, en esta región las flores medraban con el calor, pero allí abajo no crecía nada. Los jardineros se movían a lo largo de los paseos de grava con cubos de agua, pero casi todas las hojas se habían tornado amarillentas o marrones. No lo admitiría ni bajo tortura, pero el calor le daba miedo. El Oscuro estaba tocando el mundo, y la única esperanza que tenían era un muchacho que andaba suelto, fuera de control.