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—¿A pan y agua? —dijo inopinadamente Teslyn—. ¿Mandar a ese chico, Cauthon, a la Torre? Si es que hay cambios en lo que planeamos, me harás el favor de informarme antes de decírselo a otros.

Joline sintió un leve rubor en las mejillas.

—A Merilille le hacía falta que alguien la pusiera en su sitio. Le gustaba echarme reprimendas cuando era novicia. —Lo mismo había hecho Teslyn; era una severa maestra que dirigía sus clases con mano de hierro. El modo en que había hablado era un recordatorio, una clara advertencia de que no fuera en contra de ella, ni que estuviesen al mismo nivel ni que no. Pero Merilille estaba por debajo—. Solía ponernos de pie frente a la clase, y hurgaba y hurgaba para obtener la respuesta que buscaba, hasta que acabábamos llorando de frustración delante de todo el mundo. Fingía compadecernos, o puede que realmente lo sintiera; pero, cuantas más palmaditas nos daba y más decía que no lloráramos, era peor. —Enmudeció de golpe. No tenía intención de contar todo eso. Era culpa de Teslyn, siempre mirándola como si estuviera a punto de reprenderla por tener una manchita en el vestido. Sin embargo, debería entenderla; Merilille también le había enseñado a ella.

—¿Has estado guardando eso todo este tiempo? —La más absoluta incredulidad teñía la voz de Teslyn—. Las hermanas que nos enseñaron se limitaban a cumplir con su deber. A veces creo que lo que Elaida dijo sobre ti es cierto. —El molesto chirrido de la pluma se reanudó.

—Sólo… me vino a la cabeza cuando Merilille empezó a actuar como si ella fuera realmente una embajadora. —En lugar de una rebelde, añadió para sí Joline, mirando ceñuda el jardín. Despreciaba a todas esas mujeres que habían roto la unidad de la Torre y que aireaban esa ruptura ante todo el mundo. A ellas y a cualquiera que las ayudara. Pero Elaida también había cometido un error garrafal. Las hermanas que eran rebeldes ahora podrían haberse reconciliado con un pequeño esfuerzo—. ¿Qué dijo sobre mí? —El ruido de la pluma continuó, como uñas arañando una pizarra. Joline volvió a entrar en la sala de estar—. Teslyn, ¿qué dijo Elaida?

Teslyn puso una hoja en blanco sobre la carta, o bien para embeber la tinta húmeda o bien para ocultar el contenido a Joline, pero no contestó de inmediato. Miró con el entrecejo fruncido a Joline —o puede que sólo la mirara; a veces resultaba difícil distinguir con ella— y finalmente suspiró.

—De acuerdo. Si quieres saberlo, allá tú. Dijo que seguías siendo una chiquilla.

—¿Una chiquilla? —El tono conmocionado de Joline no ejerció ningún efecto en la otra mujer.

—Algunas —continuó tranquilamente la Roja— cambian muy poco desde el día en que se ponen el blanco de novicia. Otras no cambian en absoluto. Elaida cree que tú no has madurado aún y que nunca lo harás.

Joline echó la cabeza hacia atrás con irritación, negándose en redondo a decir una sola palabra. ¡Mira que tener que aguantar eso de alguien cuya madre era una niña cuando ella había accedido al chal! A Elaida se la había consentido demasiado mientras era novicia, se la había alabado en exceso por su fuerza y su increíble rapidez para aprender. Joline sospechaba que ésa era la razón de que estuviera tan furiosa con Elayne, Egwene y la espontánea Nynaeve: porque eran más fuertes que ella, porque habían estado de novicias mucho menos tiempo, aunque hubiesen forzado la mano para avanzar con excesiva prisa. Vaya, pero si Nynaeve ni siquiera había sido novicia, y eso era algo que jamás había pasado hasta entonces.

—Puesto que lo has mencionado —continuó Teslyn—, quizá deberíamos intentar sacar ventaja de la situación.

—¿A qué te refieres? —Joline abrazó la Fuente Verdadera, encauzó Aire para levantar una jarra de plata de la mesa auxiliar, adornada con incrustaciones de turquesas, y vertió ponche en una copa también de plata. Como siempre, el gozo de sentir el saidar la emocionó, relajante al tiempo que exaltador.

—Es obvio, creo. Las órdenes de Elaida siguen estando vigentes. Elayne y Nynaeve han de ser devueltas a la Torre tan pronto como se las encuentre. Accedí a esperar, pero quizá ya no deberíamos retrasarlo más. Lástima que la otra muchacha, al’Vere, no esté con ellas. Pero con las dos recobraremos el favor de Elaida, y si además podemos añadir al chico, Cauthon… Creo que con esos tres nos recibiría con igual entusiasmo que si lleváramos al mismísimo al’Thor. Y esa Aviendha se convertirá en una excelente novicia, ni que sea espontánea ni que no.

La copa flotó hasta la mano de Joline en un flujo de Aire, y la mujer cortó el contacto con el Poder de mala gana. No había menguado lo más mínimo el ardor que había experimentado la primera vez que había tocado la Fuente. El ponche de melón resultaba un pobre sustituto del saidar. La parte peor de su penitencia antes de partir de la Torre había sido perder el derecho a tocar el saidar. Casi la peor parte. Se había impuesto el castigo ella misma, pero Elaida había dejado muy claro que, si no era lo bastante duro, entonces lo señalaría ella. Joline no tuvo la menor duda de que entonces el resultado habría sido mucho peor.

—¿Recobrar su favor? Nos humilló sin más motivo que demostrar a las otras que podía hacerlo. Nos envió a este agujero plagado de moscas, lo más lejos que pudo de cualquier cosa importante, salvo que nos hubiera mandado al otro lado del Océano Aricio, de embajadoras ante una reina con menos poder que una docena de nobles, cualquiera de los cuales podría echarla del trono mañana mismo si se molestase en hacerlo. ¿Y quieres buscar el modo de halagarla para recobrar su favor?

—Es la Sede Amyrlin —replicó Teslyn, que tocó la carta tapada con el papel blanco, moviendo las hojas un poco a un lado y después al otro, como si al encuadrarlas hiciese lo mismo con sus ideas—. No enviar información durante un tiempo le habrá demostrado que no somos perrillos falderos, pero mantener ese silencio demasiado tiempo podría ser traición.

—¡Ridículo! —Joline aspiró por la nariz, desdeñosa—. Cuando se las devuelva allí sólo las castigarán por haber escapado y ahora por hacerse pasar por hermanas de derecho.

Apretó los labios. En eso las dos eran culpables, así como quienes se lo permitían, pero el asunto se agravaba cuando una de ellas afirmaba pertenecer a su propio Ajah. Para cuando el Ajah Verde hubiera acabado de disciplinar a Elayne por semejante desfachatez, sería una jovencita muy escarmentada la que se sentaría en el trono de Andor. Aunque quizá sería más conveniente que Elayne asegurara primero el Trono del León. Su entrenamiento debía completarse, en cualquier caso. Joline no estaba dispuesta a ver a Elayne perdida para la Torre fuera lo que fuera que hubiese hecho.

—Y no olvides el cargo de unirse a las rebeldes.

—Luz, Teslyn, seguramente las embaucaron igual que hicieron con las chicas que sacaron de la Torre. ¿De verdad crees que importa un pimiento si empiezan a limpiar establos mañana o al año que viene? —Porque sin duda sería eso a lo más que se enfrentarían las novicias y Aceptadas que acompañaban a las rebeldes—. Incluso los Ajahs pueden esperar a tenerlas bajo su control, en realidad. Después de todo, son Aceptadas y ciertamente parecen conformes con estar donde podemos echarles el guante cuando queramos. Yo digo que sigamos sentadas donde nos puso Elaida, y que continuemos mano sobre mano y sin decir palabra. Hasta que pregunte de buenas maneras para saber qué estamos haciendo.