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—Olvida tus sueños de poseer un sa’angreal, Ispan. No hay un depósito largo tiempo oculto, ningún sótano secreto en los cimientos de un palacio. —Falion hablaba en un tono frío y mesurado, quizá más mesurado conforme la agitación de Ispan aumentaba. Siempre había disfrutado hipnotizando a toda una clase de novicias con el sonido de su voz—. Casi todas las Mujeres Sabias son espontáneas y difícilmente pueden saber algo sobre lo que queremos descubrir. Nunca se ha encontrado a una espontánea con un angreal en su poder, cuanto menos un sa’angreal; y, si hubiese habido alguna o varias, indudablemente se habría dado con ellas. Por el contrario, según todos los antecedentes, una espontánea que descubre cualquier objeto relacionado con el Poder se libra de él lo antes posible por miedo a suscitar la cólera de la Torre Blanca.

»Las mujeres a las que se expulsa de la Torre, por otro lado, no parecen sentir ese temor. Como muy bien sabes, cuando se las registra antes de que se marchen una de cada tres lleva algo escondido encima, ya sea un objeto de Poder realmente o algo que ella cree que lo es. De las contadas Mujeres Sabias que actualmente poseen facultades, Callie era la elección perfecta. Cuando se la echó hace cuatro años, intentó robar un pequeño ter’angreal. Algo inútil que crea imágenes de flores y el sonido de una cascada, pero que no deja de ser un objeto ligado al saidar. E intentó descubrir los secretos de todas las demás novicias, lo que consiguió las más de las veces. De existir un único angreal en Ebou Dar, por no mencionar un gran depósito, ¿crees que no lo habría localizado ya al cabo de cuatro años de estar aquí?

—Llevo puesto el chal, Falion —replicó Ispan con extraordinaria aspereza—. Y sé todo eso tan bien como tú. Dijiste que había otro modo. ¿Cuál?

Al parecer, no iba a utilizar el cerebro, simplemente.

—¿Qué complacería a Moghedien tanto como ese depósito? —preguntó la antigua hermana Blanca, pero Ispan se limitó a mirarla de hito en hito mientras daba golpecitos con el pie, impaciente—. Nynaeve al’Meara, Ispan. Moghedien nos dejó para ir en su persecución, pero obviamente la chica logró escapar de algún modo. Si le entregamos a Nynaeve, y, ya puestas, a la otra muchacha, Trakand, nos perdonaría hasta no haber encontrado un centenar de sa’angreal. —Lo que demostraba claramente que los Elegidos podían tener un comportamiento irracional. Lo mejor, desde luego, era ser extremadamente cauteloso con quienes no sólo actuaban irracionalmente, sino que además eran mucho más poderosos. Ispan no entraba en esa categoría.

—Debimos matarla como yo quería hacer cuando apareció por primera vez —barbotó. Empezó a pasear de nuevo arriba y abajo, agitando las manos y aplastando sonoramente la porquería del suelo bajo sus escarpines—. Sí, sí, lo sé. Eso podría despertar las sospechas de nuestras hermanas de palacio, y no queremos atraer su atención sobre nosotras. Pero ¿te has olvidado de Tanchico? ¿Y de Tear? Allí donde esas dos chicas aparecen, a continuación surge el desastre. A mi modo de ver, si no podemos matarlas, deberíamos mantenernos lo más lejos posible de Nynaeve al’Meara y de Elayne Trakand. ¡Lo más lejos posible!

—Cálmate, Ispan. Cálmate.

Si acaso, el tono tranquilizador de Falion sólo pareció agitar más a la otra mujer, pero Falion tenía plena confianza. La lógica debía prevalecer sobre las emociones.

Sentado en un barril a la escasa frescura de un estrecho y sombrío callejón, observó la casa que se alzaba al otro lado de la concurrida calle. De repente se dio cuenta de que estaba tocándose las sienes de nuevo. No tenía jaqueca, pero a veces sentía algo… peculiar en la cabeza. Casi siempre cuando pensaba en algo que no podía recordar.

El edificio, una casa de tres pisos enjalbegados, pertenecía a una orfebre que supuestamente había recibido la visita de dos amigas que había conocido durante un viaje al norte, varios años atrás. Las amigas sólo habían sido vistas de refilón a su llegada, y desde entonces, nada. Enterarse de eso había resultado tarea fácil; descubrir que eran Aes Sedai, sólo costó un poco más.

Un hombre joven y delgado, vestido con un chaleco andrajoso, que pasaba silbando calle abajo con ninguna buena intención en mente, se paró al verlo sentado en el barril. Con su chaqueta y su ubicación en las sombras —y todo él en conjunto, hubo de admitir a su pesar el hombre del callejón— seguramente resultaba tentador. Tanteó debajo de la chaqueta. Sus manos ya no tenían la fuerza ni la flexibilidad necesarias para manejar una espada, pero los dos cuchillos largos que llevaba encima desde hacía más de treinta años habían sorprendido a más de un espadachín. Tal vez asomó algo a sus ojos, porque el joven delgado lo pensó mejor y siguió su camino, silbando.

Junto a la casa, la puerta que conducía al establo de la orfebre se abrió y dos hombres corpulentos la cruzaron empujando una carretilla cargada con un enorme montón de paja sucia y estiércol. ¿Qué se traían entre manos? Arnin y Nad no eran la clase de hombres que se dedicaban a limpiar establos.

Se quedaría allí hasta que oscureciese, decidió, y después vería si podía localizar de nuevo a la bonita asesina al servicio de Carridin.

Volvió a bajar la mano que se había llevado a la cabeza. Antes o después, se acordaría. No le quedaba mucho tiempo, pero era lo único que tenía. Eso sí que lo recordaba.

18

Al igual que el arado rompe la tierra

Aferrando el saidin sólo lo justo para desatar la salvaguarda que había tejido en una esquina de la antesala, Rand levantó la pequeña taza engastada en plata.

—Más té —pidió.

Lews Therin rezongaba enfurecido en un apartado rincón de su mente. Las sillas talladas y profusamente doradas estaban colocadas en dos hileras a ambos lados de un Sol Naciente, de tres metros de diámetro, incrustado en el pulido suelo de piedra, y un sillón de respaldo alto, con tanto dorado que parecía estar hecho de oro, se alzaba sobre un pequeño estrado igual de recargado; pero Rand se había sentado, cruzado de piernas, sobre la alfombra llevada para la ocasión, que lucía un laberíntico diseño al estilo teariano en verde, dorado y azul.

A los tres jefes de clan que estaban sentados enfrente de él les habría molestado que los recibiera acomodado en un sillón aunque les ofreciera ocupar los otros. También eran un laberinto por el que había que caminar con mucho tiento.

Rand no llevaba puesta chaqueta y se había remangado la camisa de manera que sus antebrazos estuvieran al aire, dejando a la vista los dragones rojos y dorados que se enroscaban alrededor de cada uno, emitiendo brillos metálicos. Los cadin’sor de los Aiel tapaban el que cada uno de ellos tenía sólo en el brazo izquierdo. Quizás el recordatorio de quién era él —de que también había estado en Rhuidean cuando entrar en la ciudad significaba la muerte para la mayoría de los hombres que realizaban el viaje— no era necesario. Quizás.

Aquellos tres rostros no dejaron traslucir nada mientras observaban a Merana acercándose desde el rincón donde había permanecido aislada. Por su inexpresividad, la cara arrugada de Janwin podría haber estado tallada en madera, pero siempre había sido así, y si sus ojos azulgrisáceos parecían tormentosos, también tenían esa apariencia siempre. Incluso su cabello semejaba nubes tormentosas. Empero, era un hombre ecuánime. Del mismo modo, tanto Indirian como el tuerto Mandelain podrían haber estado pensando en cualquier otra cosa, salvo porque sus ojos siguieron a la mujer. De repente, Lews Therin enmudeció, como si él también la observara a través de los ojos de Rand.

Los intemporales rasgos de Merana dejaban traslucir aún menos que los de los tres jefes de clan. Colocando la falda gris pálido debajo, se arrodilló al lado de Rand y alzó la tetera. Era un objeto enorme, redondo, de plata bañada en oro, con las patas talladas en forma de leopardos, así como el asa, y otro más, éste agazapado, en la tapa; hacía falta cogerla con las dos manos, y se balanceó ligeramente cuando la mujer vertió cuidadosamente el té en la taza de Rand. Su porte daba a entender que hacía eso porque quería, por razones propias que ninguno de ellos era capaz de imaginar; su porte clamaba su condición de Aes Sedai con más fuerza que su rostro. Rand se preguntó si eso repercutiría a su favor o en su contra.