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—No les permito encauzar sin mi permiso —dijo.

Los jefes de clan mantuvieron el silencio. Merana se levantó y se acercó para arrodillarse al lado de cada uno de ellos por turno. Mandelain cubrió la taza con su ancha mano para indicar que no quería más. Los otros dos levantaron las suyas; los ojos azulgrisáceos y los verdes la estudiaron mientras servía el té. ¿Qué estarían pensando? ¿Qué más podía hacer él para convencerlos?

Tras dejar la pesada tetera sobre una bandeja cuyas asas eran también leopardos, Merana siguió de rodillas.

—¿Puedo servir al lord Dragón en algo más?

Su voz era la serenidad en persona, pero, después de que Rand le indicó con una seña que regresara al rincón, después de que se hubo levantado y se hubo dado media vuelta, las esbeltas manos apuñaron la falda durante un momento. No obstante, su reacción podía deberse también a que al girarse se quedó de cara a Dashiva y a Narishma, los dos Asha’man; para ser exactos, Narishma era todavía soldado, el nivel más bajo de los Asha’man, y aún no lucía ni la espada ni el dragón en los picos del cuello de la chaqueta. Los dos hombres permanecían de pie, impasibles, entre un par de los altos espejos de marco dorado que jalonaban las paredes. Al menos, el más joven parecía impasible a primera vista. Con los pulgares metidos en el cinturón, hizo caso omiso de Merana, como tampoco parecía estar prestando demasiado atención a Rand y a los Aiel. Aparentemente. Sin embargo, al observarlo con más detenimiento se advertía que sus grandes ojos oscuros no paraban quietos un instante, como si el joven esperara que surgiera lo inesperado en cualquier momento. ¿Y quién podía afirmar que no sería así? Dashiva daba la impresión de estar en las nubes; movía los labios sin emitir sonido alguno, parpadeaba y fruncía el entrecejo sin motivo.

Lews Therin gruñó cuando Rand miró a los Asha’man, pero era Merana quien ocupaba la atención del hombre que estaba dentro de su cabeza.

Sólo un necio cree que realmente se puede domar a un león o a una mujer.

Irritado, Rand redujo aquella voz a un apagado zumbido. Lews Therin podía romper sus barreras, pero no sin esfuerzo. Aferró el saidin y volvió a tejer la salvaguarda que dejaba aislada a Merana de sus voces. Soltó de nuevo la Fuente, cosa que acrecentó su irritación y el siseo dentro de su cabeza, como gotas de agua cayendo sobre brasas al rojo vivo. Un eco que reflejaba la cólera demente, distante, de Lews Therin.

Merana estaba tras la barrera que no podía ver ni sentir, con la cabeza bien alta y las manos enlazadas a la cintura, como lo habrían estado si hubiera llevado el chal en los brazos. Aes Sedai de la cabeza a los pies. Los observaba a él y a los jefes de clan con una mirada fría en sus ojos castaños con motitas amarillas. «No todas mis hermanas se dan cuenta de lo mucho que os necesitamos —le había dicho esa mañana en aquella misma habitación—, pero todas las que hemos prestado juramento haremos lo que nos pidáis mientras que no viole los Tres Juramentos». Rand acababa de despertarse cuando la mujer llegó, escoltada por Sorilea. A ninguna de las dos pareció importarles que todavía estuviera en bata y que sólo hubiese probado un bocado del pan de su desayuno. «Soy bastante experta en llevar a cabo negociaciones y actuar como mediadora —había añadido—. Mis hermanas poseen otras aptitudes. Dejad que os sirvamos, como prometimos. Os necesitamos, pero también vos nos necesitáis en cierta medida».

Siempre presente, Alanna permanecía acurrucada en un rinconcito de su mente. Estaba llorando otra vez. Rand no entendía por qué lloraba tan a menudo. Le había prohibido acercarse a él a menos que la llamara, o que saliera de su cuarto sin llevar una escolta de Doncellas —las hermanas que le habían jurado fidelidad habían quedado instaladas la noche anterior en palacio, donde podía tenerlas vigiladas— pero ya había percibido su llanto desde el primer momento en que lo había vinculado; llanto y un intenso dolor, como si la estuvieran desgarrando unas zarpas. A veces era más intenso y a veces, menos, pero siempre estaba allí. Alanna le había dicho también que necesitaba a las hermanas ligadas a él por la promesa; al final le había gritado, con el rostro congestionado y las lágrimas deslizándose por sus mejillas, antes de alejarse de él corriendo, literalmente. Y también le había hablado de servir, aunque Rand dudaba que la tarea actual de Merana fuera lo que ninguna de las dos tenía en mente. ¿Algún tipo de uniforme lo dejaría claro, quizá?

Los jefes de clan eran conscientes del escrutinio de Merana, pero ni siquiera el menor parpadeo reveló lo que pasaba por sus mentes.

—Las Sabias os han dicho qué lugar ocupan las Aes Sedai —empezó Rand sin andarse con rodeos. Sorilea le había contado que estaban al tanto, cosa que de cualquier modo habría quedado clara por el simple hecho de que no se sorprendieron cuando vieron a Merana actuar como una criada y hacer reverencias—. La habéis visto traer la bandeja y serviros el té. La habéis visto ir y venir siguiendo mis órdenes. Si queréis, la haré que baile una giga.

Convencer a los Aiel de que no se hallaba atado al dogal de las Aes Sedai era el servicio más importante que cualquiera de las hermanas podía hacer por él en ese momento. Si era necesario, las haría bailar gigas a todas ellas.

Mandelain se ajustó el parche sobre el ojo derecho, como solía hacer cuando quería disponer de un momento para meditar algo. Una cicatriz gruesa y fruncida le surcaba la frente desde detrás del parche de cuero hasta la mitad del cráneo casi calvo. Cuando finalmente habló, lo hizo sólo un poco menos directamente que Rand:

—Hay quien dice que una Aes Sedai haría cualquier cosa con tal de conseguir lo que quiere.

Indirian frunció las espesas y blancas cejas y clavó la vista en su taza de té. Rozando la talla media de los Aiel, era medio palmo más bajo que Rand, pero todo en él parecía alargado. Daba la impresión de que el calor del Yermo hubiese consumido hasta el último gramo de carne y todavía un poco más. Sus pómulos sobresalían notoriamente, y sus ojos semejaban esmeraldas encastradas en cuevas.

—No me gusta hablar de las Aes Sedai. —Su voz de timbre profundo y vibrante siempre causaba sobresalto al salir de aquel rostro descarnado—. Lo hecho, hecho está. Que sean las Sabias quienes se encarguen de ellas.

—Sí, mejor hablar de los perros Shaido —convino Janwin suavemente, lo que también ocasionaba sobresalto, viniendo de una cara tan feroz como la suya—. En pocos meses, medio año como mucho, hasta el último Shaido puede estar muerto… o hecho gai’shain.

Sólo porque tuviese una voz suave no significaba que él lo fuera. Los otros dos mostraron su conformidad con sendos cabeceos; Mandelain esbozó una sonrisa anhelante. Aún no parecían convencidos. Los Shaido habían sido la supuesta razón para la reunión de ese día, y no era una cuestión baladí aunque no fuera la principal. No, no quería restarle importancia —los Shaido ya habían causado problemas de sobra—, sólo que no figuraba en la misma página de su libro que las Aes Sedai. Empero, representaban un problema. Con tres clanes uniéndose a los Miagoma de Timolan, que ya se encontraban cerca de la Daga del Verdugo de la Humanidad, podrían muy bien hacer lo que Janwin decía, pero estaban las personas Shaido a las que no podía hacerse gai’shain y tampoco matarlas. De ellas, algunas eran más peliagudas que otras.