Выбрать главу

—¿Y qué pasaría con las Sabias? —preguntó.

Por un instante sus rostros se tornaron indescifrables; ni siquiera las Aes Sedai sabían hacer eso tan bien como los Aiel. Enfrentarse al Poder Único no los asustaba, o al menos no lo demostraban; nadie podía dejar atrás a la muerte, decían los Aiel, y ni un centenar de Aes Sedai iracundas conseguiría que un Aiel solo se bajara el velo una vez que lo había alzado. Sin embargo, enterarse de que las Sabias habían tomado parte en la lucha en los pozos de Dumai los había conmocionado tanto como si el sol hubiese salido de noche y la luna de día en un cielo rojo como sangre.

—Sarinde me dijo que casi todas las Sabias correrán junto a los algai’d’siswai —contestó Indirian al cabo, de mala gana. Sarinde era la Sabia que lo había seguido desde Manantiales Rojos, el dominio del clan de los Codarra. O quizá «seguirlo» no era el término adecuado; eso era algo que las Sabias rara vez hacían. En cualquier caso, la mayoría de las Sabias Codarra, así como las Shiande y las Daryne, irían hacia el norte acompañando a las lanzas—. De las Sabias Shaido se… ocuparán las otras Sabias. —Su boca se torció en un gesto asqueado.

—Todas las cosas cambian. —La voz de Janwin sonó aún más suave de lo habitual. Creía, pero no quería creer. Que las Sabias tomaran parte en la batalla violaba una costumbre tan antigua como los Aiel.

Mandelain dejó su taza con exagerado cuidado.

—Corehuin desea ver a Jair de nuevo antes de que el sueño que es la vida acabe, y yo también. —Al igual que Bael y que Rhuarc, Mandelain tenía dos esposas; los otros jefes de clan tenían una, excepto Timolan, pero un jefe viudo no seguía siéndolo mucho tiempo. Las Sabias se encargaban de ello si él no lo hacía—. ¿Volveremos a ver salir el sol en la Tierra de los Tres Pliegues?

—Eso espero —respondió quedamente Rand. «Al igual que el arado rompe la tierra, así romperá él las vidas de los hombres, y todo lo que fue se consumirá en el fuego de sus ojos. Las trompetas de la guerra sonarán al compás de sus pasos, los cuervos se alimentarán con su voz, y él llevará una corona de espadas». Las Profecías del Dragón contenían poca esperanza para nada salvo la victoria sobre el Oscuro, y sólo una posibilidad de eso. La Profecía de Rhuidean, la de los Aiel, decía que los destruiría. El marasmo causaba estragos en los clanes por causa de él, y las antiguas costumbres se hacían añicos. Incluso sin el asunto de las Aes Sedai, no era de extrañar que los jefes se plantearan si hacían bien en seguir a Rand al’Thor, ni con dragones ni sin ellos en los antebrazos—. Eso espero.

—Que siempre encuentres agua y sombra, Rand al’Thor —dijo Indirian.

Después de que se hubieron marchado, Rand siguió sentado, contemplando su taza con el entrecejo fruncido, sin hallar respuestas en el oscuro té. Finalmente, la dejó junto a la bandeja y se bajó las mangas de la camisa. Los ojos de Merana estaban prendidos intensamente en él, como si intentase desentrañar sus pensamientos. También se advertía cierto atisbo de impaciencia en su actitud. Rand le había dicho que no se moviese del rincón a menos que oyera voces. A buen seguro que la mujer no veía razón para no salir de allí ahora que los jefes se habían marchado. Salir de allí y sonsacarle lo que se había hablado.

—¿Creéis que piensan que soy un títere que baila al son que tocan las Aes Sedai? —inquirió Rand.

El joven Narishma dio un respingo. A decir verdad, sólo era un poco más joven que el propio Rand, pero su aspecto era el de un muchacho con cinco o seis años menos que él. Dirigió una mirada a Merana como si ella supiera la respuesta, y alzó los hombros con desasosiego.

—Yo… no lo sé, milord Dragón.

Dashiva parpadeó y dejó de mascullar entre dientes. Ladeó la cabeza como un pájaro y miró a Rand de reojo.

—¿Acaso importa siempre y cuando obedezcan? —preguntó a su vez.

—Importa, sí —respondió Rand.

Dashiva se encogió de hombros y Narishma frunció la frente en ademán pensativo; ninguno de los dos parecía entenderlo, aunque tal vez Narishma acabaría captando la idea. Los mapas ocupaban gran parte del estrado, detrás del trono, ya fuera enrollados o doblados o extendidos, allí donde los había dejado. Movió algunos con la puntera de la bota. Eran muchas las piezas con las que hacer juegos malabares. El norte de Cairhien y las montañas llamadas la Daga del Verdugo de la Humanidad, así como la comarca alrededor de la capital. Illian y los llanos de Maredo, hasta Far Madding. La isla de Tar Valon y todas las ciudades y pueblos circundantes. Ghealdan y parte de Amadicia. Movimiento y color en su cabeza. Lews Therin gimiendo y riendo a lo lejos, quedos murmullos dementes sobre matar a los Asha’man, a los Renegados. De matarse a sí mismo. Alanna había dejado de llorar, domeñando la angustia soterrada con un fino hilo de cólera.

Rand se pasó las manos por el cabello y ejerció presión en las sienes con los dedos. Había olvidado lo que era estar a solas dentro de su cabeza, sin más pensamientos que los suyos.

Una de las altas puertas se abrió para dar paso a una de las Doncellas que hacían guardia en el corredor. Riallin, con su cabello rubio rojizo y una sonrisa pronta, daba la sensación de estar rellenita; es decir, considerando que era una Doncella.

—Berelain sur Paendrag y Annoura Larisen desean ver al Car’a’carn —anunció. El tono de su voz pasó de ser cálido y amistoso en el primer nombre a frío e impasible en el segundo sin que por ello se alterara la sonrisa.

Rand suspiró y abrió la boca para decir que pasaran, pero Berelain no esperó. Entró hecha una furia seguida por Annoura, que parecía algo más calmada. La Aes Sedai experimentó un ligero sobresalto al ver a Dashiva y Narishma; al reparar en Merana, de pie en un rincón, la observó con curiosidad. No así Berelain.

—¿Qué significa esto, milord Dragón? —demandó agitando la carta que Rand le había despachado esa mañana. Cruzó la estancia para sacudir la hoja delante de sus narices—. ¿Por qué he de regresar a Mayene? He realizado una buena labor gobernando aquí, y vos lo sabéis. No pude impedir que Colavaere se hiciese coronar, pero al menos le impedí que cambiara las leyes promulgadas por vos. ¿Por qué se me ordena marchar? ¿Y por qué se me comunica por carta, en lugar de decírmelo a la cara? Con una carta, agradeciendo mis servicios y despidiéndome como si fuera una funcionaria que ha acabado de recaudar los impuestos.

Aun estando furiosa, la Principal de Mayene era una de las mujeres más bellas que Rand había visto en su vida. El negro cabello caía en brillantes ondas sobre sus hombros, enmarcando una cara que habría hecho a un ciego contemplarla embobado. Un hombre podía verse arrastrado a las profundidades de sus oscuros ojos y perderse en ellos. Ese día llevaba un vestido de seda plateada, fino y ajustado, más adecuado para recibir a un amante en privado. De hecho, si el escote hubiese sido un pelo más bajo no habría podido llevar el vestido en público. Tal y como era, Rand incluso dudaba que debiera lucirlo a la vista de todos. Se había dicho a sí mismo mientras escribía esa carta que era debido a que tenía mucho que hacer y no disponía de tiempo para discutir con ella. A decir verdad, disfrutaba demasiado viéndola; por alguna razón, había empezado a juzgar que eso era… No incorrecto exactamente, pero casi.

Tan pronto como la mujer apareció, Lews Therin dejó de despotricar y empezó a tararear entre dientes, como solía hacer cuando admiraba a una mujer hermosa. De repente, Rand cayó en la cuenta de que estaba frotándose el lóbulo de la oreja con el índice y el pulgar, y sufrió una conmoción. Su intuición le dijo que eso era algo que Lews Therin hacía inconscientemente, como lo de tararear. Se obligó a bajar la mano al costado, pero por un instante deseó llevarla de nuevo a la oreja.

«¡Maldito, éste es mi cuerpo! —El pensamiento fue un gruñido furioso—. ¡Mío!» El tarareo de Lews Therin cesó bruscamente, por la sorpresa y el desconcierto; en silencio, el hombre muerto huyó, de vuelta a las sombras del rincón más apartado de la mente de Rand.