El silencio de éste tuvo su efecto. Berelain bajó la carta y su cólera remitió. Un poco. Con los ojos prendidos en él, hizo una inhalación profunda que sacó los colores a Rand.
—Milord Dragón…
—Sabéis por qué —la interrumpió. Limitarse a mirarle los ojos no resultaba fácil. Curiosamente, se sorprendió deseando que Min estuviese allí. Era muy raro. Las visiones de la joven no servirían de ninguna ayuda en ese momento—. Cuando regresabais del barco de los Marinos esta mañana, había un individuo en el muelle con un cuchillo.
—Bah —dijo Berelain, sacudiendo la cabeza con aire desdeñoso—. No se acercó ni tres pasos. Iba acompañada por una docena de soldados de la Guardia Alada al mando del mayor Gallenne.
Nurelle comandaba a los guardias mayenienses que habían acudido a los pozos de Dumai, pero era Gallenne quien capitaneaba el cuerpo de la Guardia Alada. Berelain contaba con ochocientos soldados de esa compañía en la ciudad, aparte de los que habían regresado con Nurelle.
—¿Esperáis que ponga pies en polvorosa por un simple ratero?
—No os hagáis la tonta —gruñó Rand—. ¿Un ratero, con una docena de soldados rodeándoos? —El rubor tiñó las mejillas de la mujer; lo sabía, vaya que sí. No le dio oportunidad de argumentar ni dar explicaciones—. Dobraine me ha informado que ya corren por palacio rumores de que habéis traicionado a Colavaere. Quienes la apoyan quizá tengan miedo de hacerme frente, pero sí pagarán para que alguien os clave un cuchillo. —Y también a Faile, según Dobraine; ya se estaban tomando medidas al respecto—. Sin embargo, no tendrán oportunidad de hacerlo, porque regresáis a Mayene. Dobraine ocupará vuestro puesto aquí hasta que Elayne tome posesión del Trono del Sol.
La mujer resopló y masculló como si le hubiese vaciado encima un cubo de agua; sus ojos tenían un brillo peligroso. Rand se había alegrado cuando había dejado de tenerle miedo, pero ahora ya no se sentía tan seguro. Cuando Berelain abría la boca para dar rienda suelta a su rabia, Annoura le tocó el brazo y ella giró la cabeza bruscamente en su dirección. Intercambiaron una larga mirada, y la Principal dejó de resoplar y mascullar. Se alisó la falda y cuadró los hombros con firmeza. Rand apartó los ojos precipitadamente.
Merana se hallaba al borde de la salvaguarda. Rand se preguntó si la Aes Sedai la habría cruzado y luego había retrocedido; ¿cómo si no podía encontrarse de pie justo al borde de una barrera que no podía detectar? Cuando Rand giró la cabeza hacia ella, la mujer reculó hasta casi tocar la pared, sin retirar un instante los ojos de él. A juzgar por su expresión, sería capaz de servirle el té a diario durante diez años con tal de oír lo que estaban hablando.
—Milord Dragón —dijo Berelain, sonriendo—, todavía queda el asunto de los Atha’an Miere. —Su voz era toda dulzura y calidez; la curva de sus labios habría incitado la idea de unos besos hasta en una piedra—. La Señora de las Olas Harine no está muy complacida de que se la haga esperar sentada en su barco tanto tiempo. La he visitado en varias ocasiones. Ahí puedo limar dificultades, cosa que creo muy difícil sepa hacer lord Dobraine. Creo que los Marinos son vitales para vos, los mencionen o no las Profecías del Dragón. Vos sois crucial en sus profecías, aunque parecen remisos a explicar cómo.
Rand la miró fijamente. ¿Por qué se esforzaba tanto en continuar realizando un trabajo espinoso que le había reportado escasa gratitud de los cairhieninos aun antes de que algunos de ellos empezaran a querer acabar con ella? Era una dirigente, acostumbrada a vérselas con gobernantes y embajadores, no con matones ni asesinos saliendo de las sombras. Ni con sonrisa dulce ni sin ella, el motivo no era un deseo de permanecer cerca de Rand al’Thor. Ella le… En fin, se le había ofrecido en una ocasión, pero el hecho innegable era que Mayene era un reino pequeño, y Berelain utilizaba su belleza como un hombre utilizaría la espada para impedir que su más poderoso vecino, Tear, engullera a su país. Y eso era exactamente lo que estaba ocurriendo, ni más ni menos—. Berelain, ignoro qué más puedo hacer para garantizar que Mayene siga siendo vuestro, pero estableceré por escrito cualquier… —Los colores giraron en un torbellino tan rápido dentro de su cabeza que enmudeció de golpe. Lews Therin soltó una risita burlona.
Una mujer que conoce el peligro y no tiene miedo es un tesoro que sólo un loco desdeñaría.
—Garantías. —El tono desabrido de Berelain borró todo rastro de dulzura, y la ira bulló de nuevo en su voz, una cólera fría en esta ocasión. Annoura le tiró de la manga, pero la mujer no hizo caso de la Aes Sedai—. Mientras yo estoy sentada en Mayene con vuestras garantías otros os servirán. Pedirán su recompensa, y el servicio que yo presté se tornará deslucido y remoto, en tanto que el de ellos será destacado y flamante. Si el Gran Señor Weiramon os entrega Illian y os pide Mayene a cambio, ¿qué haréis? ¿O si os entrega Murandy y Altara y os deja todo el campo libre hasta el Océano Aricio?
—¿Me serviríais aunque ello signifique marcharos? —preguntó Rand en voz queda—. Estaríais fuera de mi vista, pero no de mi mente.
Lews Therin volvió a reírse, y de un modo que Rand casi enrojeció. Disfrutaba mirando, pero a veces las cosas que pensaba Lews Therin…
La mirada intensa de Berelain traslucía obstinación, y Rand percibió claramente en la de Annoura las preguntas acumuladas, la cuidadosa elección de cuál de ellas plantear. La puerta volvió a abrirse para dar paso a Riallin.
—Ha venido una Aes Sedai para ver al Car’a’carn. —voz de la Doncella sonó fría e insegura al mismo tiempo—. Se llama Cadsuane Melaidhrin.
Una mujer extraordinariamente hermosa entró sin más dilación; llevaba el cabello, de un color gris acerado, peinado en un moño alto y decorado con adornos colgantes de oro. Entonces pareció que todo pasaba a la vez.
—Creí que habías muerto —exclamó Annoura, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas.
Merana salió corriendo del rincón, a través de la salvaguarda, con las manos extendidas.
—¡No, Cadsuane! —gritó—. ¡No le hagas daño! ¡No debes!
La piel de Rand se erizó cuando alguien en la habitación abrazó el saidar, quizá más de una mujer, y mientras se apartaba rápidamente de Berelain asió la Fuente y se hinchió de saidin, percibiendo cómo colmaba también a los dos Asha’man. El rostro de Dashiva se crispó al tiempo que su feroz mirada iba de una a otra Aes Sedai. Aun con todo el Poder que lo llenaba, Narishma aferró la empuñadura de la espada con las dos manos y adoptó la posición de lucha llamada El leopardo en el árbol, a punto de desenvainar el arma. Lews Therin empezó a bramar sobre matar y aniquilar, matarlos a todos, matarlos ahora. Riallin se cubrió con el velo a la par que gritaba algo, y de repente una docena de Doncellas penetraron en la estancia, velándose, prestas las lanzas. No era de extrañar que Berelain los mirara boquiabierta como si creyera que todos se habían vuelto locos.
Para ser la que había ocasionado todo aquello, la tal Cadsuane no daba la menor señal de alteración, como si no la afectara. Miró a las Doncellas y sacudió la cabeza de manera que los colgantes en forma de lunas, estrellas y pájaros se mecieron suavemente. Luego volvió la vista hacia Annoura.
—Intentar criar rosas decentes al norte de Ghealdan puede parecerse mucho a la muerte, Annoura —dijo, en tono seco—, pero no es exactamente la tumba. Oh, sosiégate, Merana, antes de que asustes a alguien. Sería de esperar que hubieses dominado tu carácter nervioso desde que te pusiste el blanco de novicia.
Merana abrió y cerró la boca con expresión avergonzada, nada menos, y la sensación de cosquilleo en la piel desapareció repentinamente en Rand, pero él no soltó el saidin, y tampoco los Asha’man.