La ira que lo llenaba estalló. La bandeja y la enorme tetera salieron disparadas a través de la habitación, se estrellaron contra uno de los espejos con un estrépito ensordecedor y rebotaron en medio de una lluvia de cristales; la tetera, medio aplastada, roció té, y la bandeja giró en el suelo, doblada por la mitad. Todos dieron un brinco de sobresalto excepto Cadsuane. Rand se incorporó del trono como impulsado por un resorte, aferrando el Cetro del Dragón con tanta fuerza que los nudillos le dolían.
—¿Se supone que eso ha de asustarme? —gruñó—. ¿Esperas que suplique o que me sienta agradecido? ¿Que llore? Aes Sedai, puedo cerrar una mano y aplastarte. —El puño que extendió temblaba por la furia—. Merana sabe que podría hacerlo, pero sólo la Luz sabe por qué no lo hago.
La mujer contempló el servicio de té machacado como si tuviese todo el tiempo del mundo.
—Ahora sabes —dijo finalmente, más tranquila que nunca— que conozco tu futuro y tu presente. La misericordia de la Luz no existe para un hombre que encauza. Hay quien se da cuenta de eso y cree que la Luz reniega de esos hombres. Yo no. ¿Has empezado ya a oír voces?
—¿Qué quieres decir? —preguntó lentamente. Sentía a Lews Therin escuchando.
El cosquilleo le erizó de nuevo la piel y a punto estuvo de encauzar, pero lo único que ocurrió fue que la tetera se alzó del suelo y flotó hasta Cadsuane, girando lentamente en el aire mientras la mujer la examinaba.
—Algunos hombres que encauzan empiezan a oír voces. —Habló casi con gesto ausente, mirando con el entrecejo fruncido la aplastada esfera de plata y oro—. Es parte de la locura. Voces que conversan con ellos, diciéndoles lo que tienen que hacer. —La tetera flotó suavemente hasta posarse en el suelo, a sus pies—. ¿Has escuchado alguna?
Inopinadamente, Dashiva soltó una estruendosa carcajada; rió con tantas ganas que sus hombros se sacudían. Narishma se humedeció los labios; puede que no hubiese tenido miedo de la mujer antes, pero ahora la observaba con tanta precaución como si fuese un escorpión.
—Pareces olvidar que soy yo quien hace las preguntas —replicó Rand con firmeza—. Soy el Dragón Renacido.
«Eres real, ¿verdad? —dijo para sus adentros. No hubo respuesta—. ¿Lews Therin? —A veces el hombre no respondía, pero las Aes Sedai siempre lo hacían salir del rincón donde se escondía—. ¿Lews Therin?» No estaba loco; la voz era real, no imaginación suya. No producto de la demencia. El repentino deseo de echarse a reír no lo tranquilizó precisamente. Cadsuane suspiró.
—Eres un joven que no tiene idea de hacia dónde va o por qué. Tal vez podamos hablar cuando estés más calmado. ¿Tienes alguna objeción a que me lleve a Merana y Annoura durante un rato? No las he visto desde hace bastante tiempo.
Rand no podía creer lo que oía. Entraba de rondón, lo insultaba, lo amenazaba, comentaba como si tal cosa que sabía lo de la voz dentro de su cabeza, y a continuación quería marcharse para charlar con Merana y Annoura. ¿Es que era una demente? Lews Therin seguía sin contestarle. Ese hombre era real. ¡Lo era!
—Vete —dijo—. Vete y… —No estaba loco—. ¡Idos, todos vosotros! ¡Salid de aquí!
Dashiva lo miró, parpadeando, con la cabeza ladeada, y después se encogió de hombros y se encaminó a la puerta. Cadsuane sonrió de tal modo que Rand casi esperó que repitiera que era un buen chico, y luego reunió a Merana y a Annoura y las condujo hacia donde hacían guardia las Doncellas, quienes se bajaron los velos y fruncieron el ceño, preocupadas. Narishma también lo miró y vaciló hasta que Rand lo despidió con un ademán brusco. Finalmente todos se marcharon y se quedó solo. Solo.
Convulso, arrojó el Cetro del Dragón. La moharra se hundió en el respaldo de una silla y el trozo de astil se cimbreó, haciendo que los borlones se mecieran.
—No estoy loco —clamó a la habitación vacía. Lews Therin le había dicho cosas; jamás habría escapado del baúl de Galina sin la voz del hombre muerto; había discurrido cómo hacer que aparecieran rayos, y arrojar fuego, y a desarrollar un artefacto que había matado cientos de trollocs. Claro que quizás eso era parte de la vida de Lews Therin, como esos recuerdos de trepar a los ciruelos de una plantación, y entrar en la Antecámara de los Siervos, y una docena más que acudían a él inopinadamente, cuando menos lo esperaba. Y quizá todos esos recuerdos eran imaginarios, los sueños dementes de una mente desquiciada, como la voz.
Cayó en la cuenta de que estaba paseando como un león enjaulado y que era incapaz de parar. Sentía que tenía que moverse o sus músculos lo despedazarían con violentos espasmos.
—No estoy loco —jadeó. Todavía no.—. No estoy…
El ruido de la puerta al abrirse lo hizo volverse rápidamente, esperando que fuese Min. Era Riallin de nuevo. La Doncella sostenía a una mujer corpulenta que llevaba un vestido azul oscuro, con el pelo muy canoso y la cara redonda. Una cara demacrada, con los ojos enrojecidos.
Rand quiso decirles que se marcharan, que lo dejaran solo. Solo. ¿Estaba solo? ¿Era Lews Therin un sueño? Oh, que lo dejaran solo, en paz… Idrien Tarsin era la encargada de la escuela que él había fundado en Cairhien, una mujer tan práctica que Rand tenía sus dudas de que creyera en el Poder puesto que no podía verlo ni tocarlo. ¿Qué podía haberla reducido a ese estado?
Se obligó a volverse hacia ella. Loco o cuerdo, estuviese solo o no, no había nadie más para hacer lo que había que hacer. Ni siquiera este mínimo deber. Más pesado que una montaña.
—¿Qué ocurre? —preguntó, dando a su voz el tono más afable que pudo.
Idrien rompió a llorar de repente, se acercó dando traspiés y se derrumbó contra su pecho. Cuando se calmó lo suficiente para hablar con coherencia y contar lo que pasaba, Rand sintió también ganas de echarse a llorar.
19
Diamantes y estrellas
Merana seguía a Cadsuane todo lo cerca que se atrevía. Le quemaban cientos de preguntas en la punta de la lengua, pero Cadsuane no era la clase de mujer a la que uno pudiera tirar de la manga para llamar su atención. Ella decidía en quién reparaba y cuándo darse por enterada de su presencia. También Annoura guardaba silencio; las dos seguían los pasos de la otra mujer a lo largo de los pasillos de palacio, descendiendo tramos de escaleras, al principio de mármol pulido y después de simple piedra oscura. Merana intercambió una mirada con la hermana Gris y sintió una fugaz zozobra. No conocía realmente a la mujer, pero Annoura exhibía la actitud firme de una joven que acude al emplazamiento de la Maestra de las Novicias, resuelta a mostrarse valiente. Pero no eran novicias; ni tampoco unas jovencitas. Abrió la boca… y volvió a cerrarla, intimidada ante la vista del flojo moño gris que se mecía delante de ella, adornado con colgantes de lunas, estrellas, pájaros y peces. Cadsuane era… Cadsuane.
Merana sólo había hablado con ella en una ocasión, siendo novicia, o, más bien, había escuchado lo que tuvo a bien decirle. Las hermanas de todos los Ajahs habían acudido para ver a la mujer, llenas de un respeto reverencial que no podían disimular. Antaño, Cadsuane Melaidhrin había sido el punto de referencia por el que se establecía el potencial de cada mujer cuyo nombre se incorporaba al libro de novicias. Hasta la llegada de Elayne Trakand, ninguna de las admitidas en la Torre Blanca había igualado —y mucho menos superado— ese nivel. En más de un sentido, no había habido otra Aes Sedai como ella desde hacía mil años. No se sabía de ninguna Aes Sedai que no hubiese aceptado el nombramiento como Asentada; sin embargo, se comentaba que ella lo había rechazado y, al menos, en dos ocasiones. También se decía que había rehusado el ascenso a cabeza del Ajah Verde. Se contaba que en una oportunidad había desaparecido de la Torre durante diez años porque la Antecámara se proponía nombrarla Amyrlin. Amén de que Cadsuane tampoco había pasado en Tar Valon un día más de lo estrictamente necesario. A la Torre habían ido llegando noticias sobre ella, historias que dejaban boquiabiertas a la mayoría de las hermanas, aventuras que hacían estremecer a todas aquellas que soñaban con alcanzar el chal. Acabaría siendo una leyenda entre las Aes Sedai, si es que no lo era ya.