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El chal llevaba veinticinco años cubriendo los hombros de Merana cuando Cadsuane anunció que se retiraba. Por aquel entonces, su cabello era ya totalmente gris, de modo que todo el mundo la daba por muerta cuando estalló la Guerra de Aiel un cuarto de siglo después. Pero cuando aún no hacía tres meses que se había desatado el conflicto, Cadsuane reapareció, acompañada por dos Guardianes, hombres ya muy entrados en años pero todavía duros como el acero. Se rumoreaba que Cadsuane había tenido más Guardianes a lo largo de su vida que zapatos las otras hermanas. Después de que los Aiel se retiraran de Tar Valon, ella hizo otro tanto, pero había quienes decían, y no del todo en broma, que Cadsuane no moriría mientras quedase una chispa de aventura en el mundo.

«Y ése es el tipo de estupidez que se propaga entre las novicias —se recordó firmemente Merana—. Con el tiempo hasta nosotras morimos». Y, sin embargo, Cadsuane seguía siendo Cadsuane. En consecuencia, resultaba tan impensable que ella no fuera una de las hermanas que habían aparecido en la ciudad después de haber apresado a al’Thor como que el sol no se pusiera de noche. Merana movió los brazos para ajustarse el chal y entonces recordó que lo tenía colgado en una percha de su habitación. Ridículo. No necesitaba nada material que le recordara quién era. Si al menos hubiese sido otra y no Cadsuane…

Dos Sabias que se encontraban en la intersección del pasillo con otro lateral las siguieron con la mirada mientras pasaban, los claros ojos muy fríos y la expresión pétrea de los semblantes bajo los oscuros pañuelos ceñidos a la frente. Eran Edarra y Leyn. Ambas podían encauzar y con mucha fuerza; habrían llegado muy arriba si de muchachas hubiesen acudido a la Torre. Cadsuane pasó ante las Sabias sin que en apariencia reparara en el gesto desaprobador de las espontáneas. Por el contrario, Annoura sí lo hizo y frunció el entrecejo y refunfuñó al tiempo que las finas trenzas de su cabello se mecían al sacudir la cabeza. Merana mantuvo la vista clavada en las baldosas del suelo.

Indudablemente iba a recaer sobre ella la difícil tarea de explicar a Cadsuane el… compromiso al que habían llegado con las Sabias la noche anterior, antes de que las otras y ella fueran conducidas a palacio. Annoura no estaba enterada —no había tomado parte en ello— y Merana albergaba pocas esperanzas de que Rafela o Verin se dejaran ver, o cualquier otra a quien pudiera enjaretar de alguna forma ese cometido. En cualquier caso era, en cierto modo, un acuerdo de compromiso mutuo, y quizás el mejor que podía esperarse dadas las circunstancias, pero aun así albergaba serias dudas de que Cadsuane lo considerara desde ese punto de vista. Ojalá no fuera ella quien tuviera que convencerla de lo contrario; preferiría servir el té a aquellos malditos hombres durante todo un mes. Ojalá no hubiese soltado tanto la lengua con el joven al’Thor. Saber el motivo por el que la había obligado a servir el té no hacía más pasadero el hecho de que la hubiese aislado, privándola así de cualquier ventaja que pudiese tener a cambio. Era preferible pensar que había quedado atrapada en un remolino del Entramado por la atracción de un ta’veren que creer que los ojos de un joven, semejantes a pulidas gemas azul grisáceas, la habían hecho balbucear de puro terror; pero en cualquier caso, le había servido en bandeja todas las ventajas. Ojalá…

Desear que las cosas hubiesen sucedido de otro modo era propio de niños. Ella había negociado innumerables tratados, muchos de los cuales habían tenido el resultado que se buscaba; había puesto fin a tres guerras y había frenado otras dos docenas antes de que se iniciaran; se había enfrentado a reyes, reinas y generales y los había hecho entrar en razón. Con todo… Se sorprendió prometiéndose a sí misma que no pronunciaría una sola palabra de queja por mucho que ese hombre la hiciera interpretar el papel de sirvienta con tal de que Seonid o Masuri o Faeldrin o cualquier otra aparecieran de repente en la próxima esquina del pasillo. ¡Luz, ojalá pudiera cerrar los ojos y al abrirlos descubrir que todo lo ocurrido desde su partida de Salidar había sido un mal sueño!

Sorprendentemente, Cadsuane las condujo al pequeño cuarto que Bera y Kiruna compartían en el sótano del palacio, la zona donde vivían los sirvientes. Una ventana angosta, abierta en la parte alta de la pared pero que estaba al mismo nivel del empedrado del patio exterior, dejaba pasar un haz de luz, si bien la penumbra hacía parecer lóbrega la habitación. Capas, alforjas y unos pocos vestidos colgaban de perchas clavadas en las amarillentas paredes encaladas. El desnudo suelo de madera estaba marcado de muescas y estrías, aunque se advertía el esfuerzo realizado para alisarlas e igualarlas. En un rincón había una mesita redonda y destartalada, y en otro, un palanganero también desvencijado, con una jofaina y un aguamanil desportillados. Los ojos de Merana se dirigieron hacia la pequeña cama. No parecía mucho más estrecha que la que ella se veía obligada a compartir con Seonid y Masuri, dos puertas más allá. Dicha habitación era quizás un metro más amplia por cada lado, pero en ningún caso se podía considerar adecuada para ser utilizada por tres personas. Coiren y las demás que todavía seguían retenidas en las tiendas Aiel probablemente gozaban de más comodidades a pesar de su condición de prisioneras.

Bera y Kiruna tampoco se encontraban allí, pero sí Daigian. Era una mujer rellenita, de tez pálida y cabello negro y largo, que llevaba una fina cadena de plata ceñida a las sienes, con un ópalo colgando sobre la frente. Su oscuro vestido cairhienino estaba adornado con cuatro finas franjas de color a través del corpiño, así como cuchilladas en la falda, ésta blanca, el color de su Ajah. Era la hija pequeña de una de las casas menores y a Merana siempre le recordaba una paloma buchona. Cuando Cadsuane entró, Daigian se puso de pie en actitud expectante.

En la habitación sólo había una silla, que en realidad no era más que una pequeña banqueta con un respaldo ridículo. Cadsuane se acomodó en ella y suspiró.

—Té, por favor —pidió—. Dos sorbos del mejunje que sirvió ese chico y podría haber utilizado la lengua para suela de zapatos.

El brillo del saidar envolvió de inmediato a Daigian, aunque débilmente, y una tetera desportillada se elevó de la mesa en la que estaba; inmediatamente flujos de Fuego calentaron el agua mientras Daigian abría una lata de té.

Al no disponer de otra opción, Merana tomó asiento en la cama, se arregló la falda y buscó una postura cómoda en el colchón lleno de bultos mientras intentaba poner en orden sus ideas. Ésta podía muy bien ser una negociación tan importante o más que cualquiera que hubiese realizado en su vida. Al cabo de un momento, Annoura se sentó a su lado, al borde del colchón.

—Deduzco por tu presencia, Merana, que los cuentos que corren respecto a que el chico se ha doblegado a Elaida son totalmente falsos —dijo inesperadamente Cadsuane—. No te sorprendas, pequeña. ¿Acaso creías que ignoraba tus… asociaciones? —Dio una entonación a esa última palabra que pareció tan malsonante como cualquier improperio soldadesco—. ¿Y tú, Annoura?

—Estoy aquí únicamente para aconsejar a Berelain, aunque lo cierto es que no ha hecho caso a mis consejos al venir a esta ciudad. —La mujer tarabonesa mantuvo la cabeza erguida y un tono de voz firme. Sin embargo, no dejaba de frotarse los pulgares. No serviría para estar presente en la mesa de negociaciones si resultaba tan transparente—. En cuanto al resto —agregó prudentemente—, aún no he tomado una decisión.