Bera y Kiruna respondieron, la primera a regañadientes y la segunda con hosquedad, que estaban todo lo seguras que cabía esperarse; lo cierto era que nadie había visto llegar o marcharse a los Asha’man y que el… agujero que los había llevado allí podría haber sido obra de al’Thor. Lo que tampoco resultaba satisfactorio, naturalmente.
—¡Pensad! Ya no sois unas chiquillas tontas. O no deberíais serlo. ¡Bah! Tenéis que haber reparado en algo.
Merana se sentía enferma. Ella y las otras se habían pasado la mitad de la noche discutiendo el significado de su juramento antes de llegar a la conclusión de que significaba exactamente lo que habían dicho, sin escapatorias. Al final, hasta Kiruna había reconocido que debían defender y apoyar a al’Thor, además de obedecerle, y que mantenerse al margen, aunque fuera al mínimo, era inconcebible. Lo que eso pudiera significar en lo tocante a Elaida y las hermanas leales a ella en realidad no le importaba a nadie. Al menos, ninguna admitía que le importase. El mero hecho de lo que habían decidido ya era bastante perturbador de por sí para ahondar en otras cosas. Sin embargo, se preguntó si Bera o Kiruna se habían dado cuenta ya de lo mismo que ella. Quizá lo único que veían era que se estaban oponiendo a una mujer que era leyenda, por no mencionar que otras hermanas, además de Corele y Daigian, habían decidido seguirla. Por si fuera poco, los ojos de Cadsuane se detuvieron sobre ella un instante, sin revelar nada, exigiendo todo. Peor aún, Merana tenía la certeza de que Cadsuane lo sabía perfectamente.
Min corría presurosa por los pasillos haciendo caso omiso de los saludos de media docena de Doncellas que conocía y pasando junto a ellas sin responder una sola palabra, sin pensar siquiera por un momento que su comportamiento era descortés. Correr con botas de tacón alto no resultaba fácil. ¡Las estupideces que hacían las mujeres por los hombres! No es que Rand le hubiese pedido que llevara ese tipo de botas, pero ella se las puso la primera vez pensando en él, y lo había visto sonreír. Le gustaban. Luz, ¿qué demonios hacía, pensando en botas? Jamás debió ir a los aposentos de Colavaere. Temblorosa, parpadeando para contener las lágrimas, echó a correr.
Como siempre, varias Doncellas, en cuclillas, guardaban las altas puertas adornadas con soles nacientes de oro. Llevaban los shoufa por encima de los hombros y tenían las lanzas cruzadas sobre las rodillas; aun así, no había nada de apatía en su actitud. Eran leopardos al acecho de una presa a la que matar. Por lo general, las Doncellas hacían que Min se sintiera intranquila, a pesar de que las mujeres se mostraban muy amistosas con ella. Con su estado de ánimo, ese día no le habría importado si hubiesen llevado puestos los velos.
—Está de muy mal humor —le advirtió Riallin, pero no hizo intención de cerrarle el paso.
Min era una de las pocas personas a las que se les permitía llegar hasta Rand sin ser anunciadas. La joven estiró su chaqueta e intentó calmarse. No sabía muy bien por qué había ido allí, excepto porque Rand la hacía sentirse a salvo. ¡Así la Luz lo abrasara! Jamás había necesitado a nadie para sentirse segura.
Nada más entrar en la habitación se frenó, estupefacta. En un gesto automático cerró la puerta a su espalda. Estaba todo patas arriba. Unos cuantos fragmentos brillantes se aferraban a los marcos de los espejos, pero en su mayor parte yacían esparcidos en pedazos por el suelo. El estrado se encontraba volcado y el trono que se había alzado sobre él se hallaba reducido a astillas doradas, allí donde se había estrellado contra una pared. Una de las lámparas de pie, de pesado hierro bajo la capa dorada, había sido retorcida hasta quedar hecha un nudo. Rand se encontraba sentado en uno de los sillones pequeños, en mangas de camisa, con los brazos colgando y la cabeza echada hacia atrás, los ojos fijos en el techo. Miraba al vacío. Alrededor danzaban imágenes, y halos de colores titilaban y desaparecían; en eso era igual que las Aes Sedai. A Min no le hacían falta los Iluminadores cuando tenía a la vista a Rand o a una Aes Sedai. Él no se movió cuando la joven avanzó hacia el centro de la estancia. Los fragmentos de espejos chascaron bajo los tacones de sus botas. Un humor de mil demonios, desde luego.
Aun así, no sintió ningún miedo. No de él; ni remotamente podía imaginar a Rand haciéndole daño. Sus sentimientos hacia él bastaban para erradicar de su mente casi por completo el recuerdo de los aposentos de Colavaere. Hacía mucho tiempo que se había resignado a estar perdidamente enamorada de él. Era lo único que le importaba: ni el hecho de que fuera un sencillo campesino más joven que ella; ni quién o qué era; ni que estuviese condenado a volverse loco y a morir si antes no lo mataban. «Ni siquiera me importa tener que compartirlo», pensó y aquello le bastó para darse cuenta de hasta qué punto llegaba su entontecimiento por ese hombre si podía mentirse a sí misma. Se había tenido que obligar a aceptar aquello; una parte de él pertenecía a Elayne, como también ocurría con la tal Aviendha, a la que todavía no conocía. «Lo que no puede remediarse ha de soportarse», recordó que decía su tía Jana. Sobre todo cuando a una se le había reblandecido el cerebro. Luz, siempre se había jactado de no perder la cabeza.
Se paró junto a uno de los sillones, donde el Cetro del Dragón se había hincado en la gruesa madera del respaldo con tanta fuerza que la punta sobresalía un palmo por detrás. Enamorada de un hombre que no lo sabía, que la alejaría de su lado si llegaba a darse cuenta de ello. Un hombre que, a buen seguro, la amaba. Y a Elayne y a la tal Aviendha también; en cuanto a eso último, pasó hoja rápidamente. Lo que no puede remediarse… La amaba y se negaba a admitirlo. ¿Acaso creía que porque el demente de Lews Therin Telamon había matado a la mujer que amaba él estaba condenado a hacer lo mismo?
—Me alegro de que hayas venido —dijo Rand de repente, todavía con la mirada clavada en el techo—. Llevo mucho tiempo sentado aquí, solo. Solo. —Soltó una amarga risotada—. Herid Fel ha muerto.
—No —musitó Min—. Ese hombrecillo encantador no. —Las lágrimas acudieron a sus ojos.
—Lo habían despedazado. —La voz de Rand sonaba terriblemente cansada. Y tan vacía—. Idrien se desmayó cuando lo encontró. Permaneció inconsciente la mitad de la noche y, cuando finalmente volvió en sí, su conmoción era tal que apenas hablaba con coherencia. Una de las mujeres de la escuela le dio algo para que durmiera. Se sentía avergonzada por ello. Cuando se presentó ante mí empezó a llorar de nuevo y… Tuvo que ser obra de un Engendro de la Sombra. ¿Quién más despedazaría a un hombre arrancándole miembro a miembro? —Sin cambiar de postura la cabeza, descargó un puñetazo con tanta fuerza sobre el brazo del sillón que la madera crujió—. Pero ¿por qué? ¿Por qué lo mataron? ¿Qué iba a contarme?
Min trató de pensar; lo intentó realmente. Maese Fel era un filósofo; él y Rand hablaban de todo, desde el significado de fragmentos de las Profecías del Dragón hasta la naturaleza del agujero abierto en la prisión del Oscuro. Fel le había prestado a Min libros, textos fascinantes, sobre todo cuando le costaba trabajo comprender de qué hablaban. Había sido un filósofo. Ya no volvería a dejarle libros. Un anciano tan afable, un pensador sumido en su mundo del intelecto y que se sobresaltaba cuando reparaba en cualquier cosa ajena a ese mundo. Min atesoraba el recuerdo de una nota que le había escrito a Rand, en la que decía que ella era bonita, que lo distraía. Y ahora había muerto. Luz, tanta muerte rebasaba su capacidad de aguante.
—No debería habértelo dicho. No de ese modo.
Min dio un respingo; no había oído a Rand cruzar la habitación. Sus dedos le acariciaban la mejilla, limpiándole las lágrimas. Hasta ese momento la joven no se había dado cuenta de que estaba llorando.
—Lo siento, Min —musitó—. Ya no soy una persona muy agradable. Un hombre ha muerto por mi culpa y lo único que hago es preocuparme por el motivo de que fuera asesinado.