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Habían pasado dos días desde la batalla y menos de veinte mil lanzas se habían reagrupado en torno a Sevanna. Therava y la mayoría de las Sabias que habían ocupado el flanco oeste aún no habían aparecido, incluidas todas las demás que se hallaban atadas a ella. Algunas de las que faltaban, sin duda, se encaminaban de regreso a la Daga del Verdugo de la Humanidad, pero ¿cuántas habían vuelto a ver salir el sol? Nadie recordaba una matanza semejante, tantas muertes en tan corto espacio de tiempo. Ni siquiera los algai’d’siswai estaban realmente preparados para volver a danzar las lanzas tan pronto. Había motivos para sentirse asustados, pero ninguno para ponerlo de manifiesto, para mostrar alma y corazón ante los demás como cualquier habitante de las tierras húmedas, abiertamente y al desnudo para que todo el mundo pudiera verlos.

Por lo menos Rhiale parecía darse cuenta de eso.

—Si tenemos que hacer esto, hagámoslo de una vez —murmuró, envarada por la vergüenza. Era una de las que había dado un brinco de sobresalto.

Sevanna cogió el pequeño objeto cúbico de color gris que guardaba en el bolsillo y lo puso sobre las hojas marchitas, en medio del círculo. Someryn apoyó las manos sobre las rodillas y se inclinó tanto para examinarlo que dio la impresión de que acabaría saliéndose por el escote de la blusa. Su nariz casi tocó el cubo. Las seis caras estaban cubiertas de dibujos y de cerca se distinguían otros más pequeños dentro de los primeros, y aun otros más pequeños dentro de aquéllos y un atisbo de lo que parecían otros incluso más diminutos. Sevanna no tenía la menor idea de cómo podían haberse hecho tan minúsculos, tan perfectos, tan precisos. Hubo un tiempo en que creyó que el cubo era de piedra, pero ahora albergaba ciertas dudas. La víspera se le había caído accidentalmente sobre unas piedras y ni una sola línea de las tallas se había estropeado. Si es que eran obra del cincel. El objeto debía de ser un ter’angreal; eso sí lo sabían.

—Un flujo de Fuego, lo más pequeño posible, debe tocar ligeramente ahí, en lo que parece una luna creciente retorcida —dijo Sevanna—. Y otro ahí, en lo alto, sobre esa marca que semeja un rayo.

Someryn enderezó el torso rápidamente.

—¿Qué ocurrirá entonces? —inquirió Alarys al tiempo que se peinaba el cabello con los dedos. Parecía un gesto inconsciente, pero la mujer siempre encontraba el modo de recordar a todo el mundo que su pelo era negro en lugar de rubio o pelirrojo como el de la mayoría.

Sevanna sonrió. Disfrutaba sabiendo algo que las otras ignoraban.

—Lo utilizaré para convocar al hombre de las tierras húmedas que me lo dio.

—Eso ya nos lo dijiste ayer —intervino Rhiale con acritud.

—¿Cómo lo convocarás? —instó, cortante, Tion. Puede que temiera a Rand al’Thor, pero a muy poco más. Y a Sevanna no, ciertamente.

Belinde rozó levemente el cubo con el huesudo índice, y sus cejas casi blancas, aclaradas por el sol, se fruncieron.

Sevanna, conservando el semblante impasible, se obligó a contener las manos para no toquetearse el collar ni ajustarse el chal.

—Os he dicho todo cuanto necesitáis saber. —En su opinión, mucho más de lo que era necesario, pero no le había quedado más remedio. De otro modo, todas habrían vuelto con las lanzas y las otras Sabias, comiendo pan duro y carne seca. O más bien estarían de camino hacia el este, buscando alguna señal de otros supervivientes. Alguna señal de persecución. Aun poniéndose en camino tarde, todavía podrían cubrir ochenta kilómetros antes de hacer un alto—. Hablando no se despelleja al oso y mucho menos se lo mata. Si habéis decidido regresar a hurtadillas a las montañas y pasaros el resto de la vida huyendo y escondiéndoos, entonces idos. Si no, haced lo que os toca a vosotras, que yo cumpliré con mi parte.

Los azules ojos de Rhiale la contemplaban con abierto desafío, al igual que los grises de Tion. Hasta Modarra parecía indecisa, y ella y Someryn eran a las que tenía cogidas con más firmeza.

Sevanna esperó, tranquila en apariencia, no queriendo decirles o pedirles lo mismo otra vez. Por dentro, la rabia se revolvía en su estómago. No fracasaría sólo porque esas mujeres tuvieran un corazón medroso.

—Si no hay más remedio —musitó finalmente Rhiale. Aparte de la ausente Therava, era la que oponía resistencia más a menudo, pero Sevanna esperaba mucho de ella. La vara que más costaba doblar, a menudo resultaba ser la más flexible una vez que cedía. Esa máxima servía tanto para hombres como para mujeres. Rhiale y las demás volvieron la vista hacia el cubo, algunas con el entrecejo fruncido.

Sevanna, ni que decir tiene, no veía nada. De hecho, cayó en la cuenta de que si no hacían nada podían alegar que el cubo no había funcionado y ella nunca sabría si era cierto o no. De repente, sin embargo, Someryn soltó una exclamación ahogada.

—Absorbe más —susurró Meira y, señalando, añadió—: Mirad. Fuego ahí y ahí, y Tierra, Aire y Energía llenando los canalitos.

—No completamente —adujo Belinde—. Pueden llenarse de muchos modos, creo. Y hay puntos donde los flujos se… retuercen alrededor de algo que no es visible. —Frunció el entrecejo—. Debe de estar atrayendo también la parte masculina.

Algunas retrocedieron un poco, se ajustaron los chales y sacudieron las faldas como para quitar arena del tejido. Sevanna habría dado cualquier cosa por ver. Bueno, casi cualquier cosa. ¿Cómo podían ser tan cobardes? ¿Cómo podían dejar que se notara?

—Me pregunto qué pasaría si lo tocáramos con fuego en algún otro punto —dijo finalmente Modarra.

—Si la caja comunicadora se carga demasiado o de mala forma, podría fundirse —dijo una voz masculina, salida de la nada—. Incluso podría ex…

La voz se interrumpió cuando las otras mujeres se incorporaron precipitadamente y escudriñaron los árboles. Alarys y Modarra llegaron incluso a sacar los cuchillos de los cintos, a pesar de que no necesitaban armas de acero cuando disponían del Poder Único. Nada se movía entre las franjas de luz y sombras bajo los árboles, ni siquiera un pájaro.

Sevanna no movió un solo dedo. Había dado crédito, tal vez, a una tercera parte de lo que el hombre de las tierras húmedas le había dicho, no incluyendo esto, para ser sincera, pero reconoció la voz de Caddar. Los habitantes de las tierras húmedas siempre tenían más nombres, pero aquél era el único que le había dado. Sospechaba que era un hombre de muchos secretos.

—Volved a ocupar vuestros puestos —ordenó—. Y dirigid de nuevo los flujos a los puntos de antes. ¿Cómo puedo convocarlo si os da miedo una voz?

Rhiale giró velozmente sobre sus talones, boquiabierta y con una expresión incrédula en los ojos. Sin duda se preguntaba cómo sabía que habían dejado de encauzar. Despacio, con inquietud, volvieron a sentarse en círculo, el semblante de Rhiale más inexpresivo que el de las demás.

—Ahí estás de nuevo —dijo la voz de Caddar en el aire—. ¿Tienes a al’Thor?

Algo en su tono la puso en alerta. No podía saber lo ocurrido; pero lo sabía. Sevanna dejó a un lado todo lo que había preparado de antemano.

—No, Caddar. Pero aun así tenemos que hablar. Me reuniré contigo dentro de diez días en el mismo sitio que la primera vez. —Podía llegar a ese valle de la Daga del Verdugo de la Humanidad antes, pero necesitaba tiempo para prepararse. ¿Cómo se había enterado el hombre?

—Hiciste bien en decirme la verdad, muchacha —murmuró secamente Caddar—. Descubrirás que no me gusta que me mientan. Mantén la línea de comunicación abierta para poder localizarte y llegaré hasta ti.

Sevanna contemplaba el cubo estupefacta. ¿Muchacha?

—¿Qué has dicho? —demandó. ¡Muchacha! No daba crédito a sus oídos. Rhiale evitaba mirarla de manera notoria y la boca de Meira se curvaba en una sonrisa, una mueca extraña porque era poco corriente en ella. El suspiro de Caddar resonó en el claro.