—Dile a tu Sabia que siga haciendo exactamente lo mismo que hace ahora, nada más, y yo iré.
El forzado tono de paciencia en su voz raspaba como la piedra de un molino. Una vez que consiguiera del hombre de las tierras húmedas lo que quería, le pondría las ropas blancas de gai’shain. ¡No, lo vestiría de negro!
—¿Qué quieres decir con que vendrás, Caddar? —Silencio por toda respuesta—. Caddar, ¿me oyes? —Silencio—. ¿Caddar?
Las otras intercambiaron miradas inquietas.
—¿Está loco? —dijo Tion.
Alarys masculló que debía de estarlo y Belinde, iracunda, exigió saber cuánto tiempo tendrían que seguir con esa tontería.
—Hasta que yo diga basta —respondió quedamente Sevanna, sin dejar de mirar el cubo. Un atisbo de esperanza germinó en su pecho. Si él era capaz de hacer algo así, entonces sin duda podía cumplir lo que había prometido. Y quizá… Mejor no albergar demasiadas esperanzas. Alzó la vista hacia las ramas que casi se tocaban sobre el claro. Al sol le quedaba todavía un trecho para llegar al cenit—. Si no ha llegado a mediodía, nos iremos.
Pretender que las Sabias no protestaran habría sido pedir demasiado.
—¿Así que nos quedamos aquí, como piedras? —Alarys sacudió la cabeza con un gesto muy practicado, de modo que el oscuro cabello se derramó sobre uno de sus hombros—. ¿Por un hombre de las tierras húmedas?
—Por mucho que te haya prometido, Sevanna —intervino Rhiale, ceñuda—, esto no puede merecer la pena.
—Está loco —reiteró Tion.
—¿Y si aún puede oírnos? —Modarra señaló hacia el cubo y Tion resopló con desdén.
—¿Por qué iba a importarnos que un hombre oiga lo que decimos? —adujo Someryn—. Sin embargo, no me hace la menor gracia quedarme esperándolo.
—¿Y si es como los hombres de las tierras húmedas que visten chaquetas negras? —Belinde apretó los labios hasta igualar casi los de Meira.
—No seas ridícula —se burló Alarys—. Los habitantes de las tierras húmedas matan a esa clase de hombres cuando los ven. Por mucho que digan los algai’d’siswai, lo ocurrido tuvo que ser obra de las Aes Sedai. Y de Rand al’Thor. —Aquel nombre provocó un incómodo silencio, pero no duró mucho.
—Caddar debe de tener un cubo como éste —opinó Belinde—. Debe de disponer de una mujer con el don para hacerlo funcionar.
—¿Una Aes Sedai? —Rhiale hizo un sonido gutural de asco—. Si hay diez Aes Sedai con él, pues que vengan. Les daremos lo que se merecen.
Meira soltó una risa seca.
—Creo que empiezas a creer que mataron a Desaine —se mofó.
—¡Cuidado con lo que dices! —gruñó Rhiale.
—Sí —murmuró ansiosamente Someryn—. Algunas palabras pronunciadas descuidadamente pueden llegar a oídos indebidos.
La risa de Tion fue corta y desagradable.
—Todas vosotras tenéis menos coraje que un habitante de las tierras húmedas.
El comentario hizo que Someryn replicara violentamente, por supuesto, y también Modarra, y Meira dijo algo que de no haber sido Sabias habría conducido a un desafío, y Alarys no se mordió la lengua, y Belinde…
La agarrada de las mujeres irritó a Sevanna, aunque tal cosa le garantizaba que no conspirarían en su contra. Sin embargo, no fue ése el motivo de que levantara la mano para imponer silencio. Rhiale la miró ceñuda, abrió la boca y en ese momento todas oyeron lo que Sevanna había oído antes. Algo hacía crujir las hojas secas entre los árboles. Ningún Aiel metería tanto ruido, aun en el caso de que se aproximara a unas Sabias sin anunciarse, y ningún animal se acercaba tanto a la gente. Esta vez, Sevanna se incorporó como las demás.
Aparecieron dos personas, un hombre y una mujer, pisando las ramas tan ruidosamente como para despertar a las piedras. A corta distancia del claro se detuvieron y el hombre inclinó ligeramente la cabeza para hablar con la mujer. Era Caddar, vestido con una chaqueta oscura, casi negra, adornada con puntillas en el cuello y los puños; por lo menos no llevaba espada. Daba la impresión de que los dos discutían algo. Sevanna tendría que haber percibido algunas de sus palabras, pero el silencio era absoluto. Caddar debía de sacarle un palmo a Modarra —alto para un hombre de las tierras húmedas, incluso para un Aiel—, ya que la cabeza de la mujer le llegaba al pecho. Tenía la tez y el cabello tan oscuros como los de él y era lo bastante hermosa como para provocar que Sevanna apretara los labios; su vestido era de brillante seda roja, con un escote tan bajo que mostraba más busto incluso que Someryn.
Como si al pensar en ella la hubiese llamado, Someryn se acercó a Sevanna.
—La mujer posee el don —susurró sin quitar ojo a la pareja—. Ha tejido una barrera. —Apretó los labios y añadió a regañadientes—: Es fuerte. Muy fuerte.
Viniendo de Someryn, aquello significaba mucho. Sevanna nunca había entendido por qué la fuerza en el Poder no había contado entre las Sabias —si bien agradecía que fuera así, por su propio bien—, pero Someryn se preciaba de no haber conocido nunca una mujer que fuera tan fuerte como ella ni de lejos. Por su tono, Sevanna sospechó que la recién llegada la superaba.
En aquel momento le importaba poco que la mujer fuera capaz de mover montañas o que apenas pudiera encender una vela. Tenía que ser Aes Sedai. Por su rostro no lo parecía, pero Sevanna había visto algunas que tampoco tenían la apariencia intemporal. Así debía de ser como Caddar había conseguido apoderarse del ter’angreal. Y encontrarlas y llegar allí. Tan deprisa. Un abanico de posibilidades se desplegó ante Sevanna y su esperanza aumentó. Pero, entre él y ella, ¿quién tenía el mando?
—Dejad de encauzar en esa cosa —ordenó. Aún podía estar oyéndolas a través del cubo.
—Someryn ya había dejado de encauzar, Sevanna —repuso Rhiale, dirigiéndole una mirada casi compasiva.
Le daba igual; nada podía estropear su buen humor. Sonrió.
—Bien, recordad lo que os dije —advirtió—. Dejad que sea yo quien hable.
Casi todas asintieron; Rhiale resopló. Sevanna siguió sonriendo. A una Sabia no se la podía hacer gai’shain, pero eran tantas las costumbres que se habían dejado de lado que otras podrían seguirlas. Caddar y la mujer se dirigieron de nuevo hacia el grupo.
—Todavía está asiendo el Poder —susurró Someryn.
—Siéntate a mi lado —ordenó rápidamente Sevanna—. Tócame la pierna si encauza. —Aquello la irritaba sobremanera, pero tenía que saberlo.
Se sentó con las piernas cruzadas y las otras la imitaron, dejando un hueco para Caddar y la mujer. Someryn se sentó lo bastante cerca para que sus rodillas se tocaran y Sevanna deseó disponer de una silla.
—Te veo, Caddar —saludó formalmente a pesar de la ofensa del hombre—. Sentaos, tú y la mujer.
Quería ver cómo reaccionaba la Aes Sedai, pero lo único que hizo ésta fue enarcar una ceja y sonreír indolentemente. Sus ojos eran tan negros como los de él, como los de un cuervo. Las otras Sabias mostraron cierta frialdad. Si las Aes Sedai en los pozos no hubiesen permitido que Rand al’Thor se liberase, los Shaido habrían matado o capturado a todo el mundo. Esa Aes Sedai debía de ser consciente de ello, puesto que Caddar sabía obviamente lo ocurrido; sin embargo, no parecía asustada ni por lo más remoto.
—Ésta es Maisia —la presentó Caddar mientras tomaba asiento en el suelo, un poco más atrás del hueco que le habían dejado. Por alguna razón no le gustaba tener a nadie tan cerca que con sólo extender el brazo pudiese tocarlo. Tal vez no se fiaba de los cuchillos—. Te dije que utilizases una sola Sabia, Sevanna, no a seis. Otro hombre podría sentirse receloso. —Por alguna razón parecía divertido.
La mujer, Maisia, se había detenido cuando extendía su falda para sentarse al oír su nombre y le había dirigido una mirada tan furiosa que podría haberlo escaldado. Quizás había pensado mantener en secreto su identidad. Sin embargo, no dijo nada. Un instante después tomaba asiento junto a él y su sonrisa reapareció de manera tan repentina que fue como si nunca se hubiese borrado. Una vez más, Sevanna se congratuló de que los habitantes de las tierras húmedas llevaran escritas en el rostro sus emociones.