—Pues claro que debía tenerte a mi lado —gruñó Sammael, tropezando con una enredadera muerta. Nunca se había sentido cómodo fuera de las ciudades—. Simplemente tu presencia allí dio respuesta a un centenar de preguntas de esas mujeres. No puedo creer que esa estúpida muchacha sugiriese motu proprio lo que yo quería. —Soltó una risotada—. A lo mejor soy ta’veren.
Una rama que obstruía parcialmente el camino de Graendal se dobló hasta partirse con un fuerte chasquido. Durante un instante se quedó flotando en el aire como si la mujer tuviese intención de golpear a su compañero con ella.
—Esa estúpida muchacha te arrancaría el corazón y se lo comería si tuviese la menor oportunidad. —La rama salió volando hacia un lado—. También yo tengo unas cuantas preguntas que hacer. En ningún momento creí que mantendrías la tregua con al’Thor más tiempo de lo necesario, pero ¿esto?
Las cejas del observador se enarcaron. ¿Una tregua? Una afirmación tan arriesgada como falsa, según todos los indicios.
—Yo no preparé su rapto. —Sammael la miró con lo que seguramente consideraba una sonrisa mordaz; la cicatriz de la cara hizo que pareciera más una mueca torcida—. Mesaana tuvo que ver con ello, creo. Es posible que Demandred y Semirhage también, a pesar de cómo terminó todo, pero Mesaana sí, indiscutiblemente. Quizá te interese replantearte lo que crees que el Gran Señor quiere decir con que al’Thor salga ileso.
Graendal iba tan absorta meditando sobre ello, que tropezó. Sammael la agarró del brazo y evitó que se cayera, pero tan pronto como la mujer recobró el equilibrio se soltó de un tirón. Interesante, sobre todo teniendo en cuenta lo que había sucedido en el claro y la forma de ser de Graendal. Su verdadero interés radicaba siempre en lo más hermoso escogido entre lo más poderoso, pero habría coqueteado, sólo para pasar una hora, con un hombre al que se proponía matar o que planeaba matarla a ella. Los únicos varones con los que jamás coqueteaba eran aquellos de los Elegidos que estaban por encima de ella durante un tiempo. Jamás aceptaba ser la inferior de una pareja.
—Entonces ¿por qué seguir con ellas? —La voz de la mujer rezumaba una ira abrasadora, aunque por lo general mantenía un exquisito control de sus emociones—. Al’Thor en manos de Mesaana, es una cosa, y otra muy distinta que esté en manos de esa salvaje. Tampoco es que vaya a tener muchas posibilidades con él si realmente te propones enviarlas a saquear. Por cierto, ¿cajas de traslación? ¿Qué juego te traes entre manos? ¿Es que tienen prisioneras? Si crees que voy a enseñarles a utilizar la Compulsión, puedes quitártelo de la cabeza. La fuerza de una de esas mujeres no era desdeñable. No pienso correr riesgos coexistiendo fuerza y habilidad en esa o en cualquier otra mujer a la que ella enseñe. ¿O es que tienes un vinculador oculto, con tus otros juguetes? Y, a propósito, ¿dónde te habías metido? ¡No me gusta tener que esperar!
Sammael se paró y miró hacia atrás. El observador se quedó muy quieto; totalmente cubierto con pañovivo a excepción de los ojos, no corría peligro de ser visto. A lo largo de los años se había hecho experto en muchas áreas que Sammael desdeñaba. Y también en otras de las que era partidario.
El acceso se abrió tan repentinamente, cortando la mitad de un árbol, que Graendal dio un brinco. El tronco hendido se ladeó como un borracho. Ahora también sabía que Sammael se hallaba conectado con la Fuente.
—¿Acaso crees que les estaba diciendo la verdad? —instó él con sorna—. Los pequeños acrecentamientos en el caos son tan importantes como los grandes. Irán donde las envíe, harán lo que desee y se acostumbrarán a sentirse satisfechas con lo que les dé. Al igual que tú, Maisia.
Graendal deshizo la Ilusión y volvió a tener el cabello dorado, como él, tan rubio como antes era negro.
—Si vuelves a llamarme así, te mataré.
Su voz era aún más inexpresiva que su semblante. Hablaba en serio. El observador se puso tenso. Si la mujer lo intentaba, uno de los dos moriría. ¿Debería intervenir? Las motitas negras danzaron más y más deprisa ante sus ojos. Sammael sostuvo la mirada de la mujer con otra igualmente dura.
—Recuerda quién será Nae’blis, Graendal —dijo y atravesó el acceso.
Durante un instante la mujer contempló la abertura. A un lado apareció un plateado destello vertical, pero antes de que su propio acceso empezara a alinearse, Graendal soltó el flujo, y la brillante hendidura se redujo lentamente hasta volverse un punto y luego desapareció. El cosquilleo cesó en la piel del observador al tiempo que ella soltaba también el saidar. Después, con gesto inmutable, fue en pos de Sammael y el acceso se cerró tras ella.
El observador esbozó una sonrisa torcida bajo el pañovivo de su máscara de merodeador. Nae’blis. Aquello explicaba qué había hecho entrar en vereda a Graendal, qué la había frenado para no matar a Sammael. Hasta ella se dejaría cegar por algo así. Sin embargo, aquello implicaba un riesgo para Sammael aún mayor que la supuesta tregua con Lews Therin. A menos, claro, que fuese verdad. Al Gran Señor le encantaba enfrentar a sus servidores para ver quién era más fuerte. Sólo el más fuerte podía llegar cerca de su gloria. Pero la verdad de un día no tenía por qué serlo al día siguiente. El observador había visto cambiar la verdad un centenar de veces entre el amanecer y el ocaso de un único día. En más de una ocasión la había cambiado él mismo. Se planteó la idea de regresar al claro y matar a las siete mujeres. Sería fácil; dudaba que supieran cómo formar un verdadero círculo. Los puntitos negros llenaron sus ojos cual una ventisca horizontal. No, dejaría que aquello siguiera su curso. Por el momento.
A sus oídos fue como si el mundo gritara cuando utilizó el Poder Verdadero para abrir un pequeño agujero y salir del Entramado. Sammael no sabía cuán ciertas eran sus palabras. Los pequeños incrementos en el caos podían ser tan importantes como los grandes.
21
La Noche de Swovan
La noche cayó lentamente sobre Ebou Dar, pugnando con la intensa blancura de los edificios, que resistían el asalto de la oscuridad. Pequeños grupos de juerguistas de la Noche de Swovan, con ramitas de plantas perennes en el cabello, danzaban por las calles bajo una brillante luna casi llena; muy pocos llevaban siquiera una linterna. Retozaban con la música de flautas, tambores y cuernos que salía de posadas y palacios, dirigiéndose de una fiesta a otra sin dejar de bailar. Sin embargo la mayoría de las calles estaban vacías. Se oyó el ladrido distante de un perro, y otro, más cercano, respondió furiosamente hasta que de repente soltó un gañido y se calló.
Guardando el equilibrio sobre las punteras de los pies, Mat escuchó con atención mientras escudriñaba el juego de luces y sombras de la luna. Sólo se movía un gato, que avanzaba sigiloso calle adelante. El apagado golpeteo de unos pies descalzos corriendo se desvaneció en la distancia. El propietario de un par de aquellos pies debía de ir tambaleándose, y el del otro, sangrando. Cuando volvió a apoyar los talones en el suelo, uno de ellos topó con un garrote tan largo como su brazo que había caído sobre los adoquines; gruesas tachuelas de latón brillaban bajo la luna. A buen seguro aquello le habría partido el cráneo. Mat sacudió la cabeza y limpió su cuchillo en la chaqueta astrosa del hombre tendido a sus pies, con los ojos vidriosos fijos en el cielo nocturno en un rostro sucio y arrugado. Un mendigo, a juzgar por su aspecto y su olor. Mat no había oído que los mendigos atacaran a la gente, pero quizá los tiempos que corrían eran más duros de lo que él pensaba. Un gran saco de yute yacía junto a una de las manos extendidas del mendigo. Sus asaltantes habían sido realmente optimistas sobre lo que encontrarían en sus bolsillos. El saco era lo bastante amplio para cubrirlo desde la cabeza hasta las rodillas.