La heroína de leyenda dejó escapar un suspiro de resignación y soltó de nuevo el arco en un rincón, junto a la lanza de Mat.
—Fui sacada prematuramente de mi lugar, Tocador del Cuerno, arrancada violentamente por Moghedien para que muriese, y salvada por el vínculo de Elayne. —Hablaba despacio, observándolo como para estar segura de que la entendía—. Siempre temí que recordaras quién era realmente.
Todavía sintiéndose como si lo hubiesen golpeado entre los ojos, Mat se dejó caer en un sillón junto a la mesa, ceñudo. Quién era realmente, vaya que sí. Puesta en jarras, lo contemplaba desafiante, exactamente igual que la Birgitte que había visto salir cabalgando del cielo. Hasta vestía igual, a pesar de que la chaqueta corta era roja y los anchos pantalones de color amarillo.
—Elayne y Nynaeve lo saben y me lo han ocultado ¿verdad? Estoy harto de secretos, Birgitte, y ellas esconden tantos como ratas alberga un granero. Se han hecho Aes Sedai, y lo son en todos los sentidos. Hasta Nynaeve me parece una persona extraña.
—También tú tienes tus secretos. —La mujer se cruzó de brazos y se sentó a los pies de la cama. Por el modo en que lo miraba habríase dicho que era un juego de rompecabezas de taberna—. Para empezar, no les has dicho que tocaste el Cuerno de Valere. Y creo que es lo menos importante que no les has contado.
Mat parpadeó. Había dado por sentado que ellas se lo habían dicho. Después de todo, era Birgitte.
—¿Qué secretos guardo? Esas mujeres saben todo sobre mí, desde mis sueños hasta cómo son las uñas de mis pies. —Era Birgitte. Por supuesto. Se inclinó hacia adelante—. Hazlas entrar en razón. Eres Birgitte Arco de Plata. Puedes obligarlas a que hagan lo que tú les digas. Esta ciudad tiene una trampa con pozo en cada esquina y me temo que las estacas se vuelven más afiladas cada día que pasa. Haz que se alejen antes de que sea demasiado tarde.
La mujer se echó a reír. ¡Se llevó una mano a la boca y rió con ganas!
—Estás completamente equivocado, Tocador del Cuerno. Yo no les doy órdenes. Soy el Guardián de Elayne. Yo obedezco. —Su sonrisa se tornó atribulada—. Birgitte Arco de Plata. La Luz me valga, no estoy segura de seguir siendo esa mujer. Desde mi extraño renacimiento, mucho de lo que era y de lo que sabía se ha desvanecido como niebla bajo el sol estival. Ahora no soy una heroína, sólo una mujer más que sigue adelante como puede. Y en cuanto a tus secretos, ¿en qué idioma estamos hablando, Tocador del Cuerno?
Mat abrió la boca para contestar y volvió a cerrarla de golpe al oír realmente lo que la mujer acababa de preguntar: ¿Nosane iro gavana domorakoshi, Diynen’d’ma’purvene? «¿Hablamos nosotros qué lengua, Sonador del Cuerno?» Se le erizó el pelo en la nuca.
—El antiguo linaje —dijo con cuidado, no en la Antigua Lengua—. Una Aes Sedai me dijo en cierta ocasión que la sangre del antiguo linaje corre aún con fuerza por… ¿De qué te ríes ahora, maldita sea?
—De ti, Mat —consiguió contestar Birgitte, que intentaba no doblarse por la cintura. Por lo menos ella tampoco hablaba ya en la Antigua Lengua. Con el nudillo del índice retiró una lágrima del rabillo del ojo—. Hay personas que hablan unas cuantas palabras, una o dos frases, debido al antiguo linaje. Por lo general lo hacen sin entender lo que dicen, o no del todo. Pero tú… En una frase te expresas como un Alto Príncipe eharoni, y en la siguiente como un Supremo Señor de Manetheren, pronunciación y estilo de lenguaje perfectos. No, no te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo. —La mujer vaciló un instante—. ¿Lo está el mío contigo?
Mat agitó una mano, todavía demasiado estupefacto para sentirse ofendido.
—¿Tengo pinta de ser un bocazas? —rezongó. ¡Birgitte! ¡En persona!—. Maldita sea, me vendría bien un trago. —Antes de que las palabras acabaran de salir de su boca supo que había metido la pata. A las mujeres no les…
—Me parece una idea excelente —dijo Birgitte—. Tampoco a mí me vendría mal una jarra de vino. Diablos, cuando vi que me habías reconocido, casi me tragué la lengua.
Mat se sentó muy erguido, como si le hubiesen dado un tirón de la cabeza, y la observó de hito en hito. Ella le sostuvo la mirada, sonriente y con un brillo divertido en los ojos.
—Hay bastante ruido en el salón para que podamos hablar sin que nos oigan. Además, no me importaría sentarme allí un rato y echar un vistazo. Elayne me sermonea como un consejero tovano si le echo el ojo a un hombre más de un segundo.
Mat accedió con un cabeceo antes de darse cuenta de lo que hacía. Por los recuerdos de esos otros hombres sabía que los tovanos eran gentes puritanas y rigurosas, austeras hasta la exageración, o lo eran hacía un milenio o más. No supo si reír o llorar. Por un lado, se le ofrecía la oportunidad de hablar con Birgitte —¡Birgitte! No creía que llegara a sobreponerse de la impresión—, pero, por otro, barruntaba que no podría oír la música allí abajo por el ruido de esos dados rodando dentro de su cabeza. La mujer tenía que ser una clave de ello, en cierto modo. Un hombre con dos dedos de frente saltaría por la ventana en ese mismo instante.
—Una botella o dos me parece bien —contestó.
Para variar, la fuerte brisa salada procedente de la bahía traía un atisbo de frescor, pero para Nynaeve la atmósfera nocturna resultaba opresiva. A través de las ventanas de palacio llegaba el sonido de música y risas en la calle, y también, aunque más débil, del interior del edificio. La propia Tylin la había invitado al baile, así como a Elayne y a Aviendha, pero todas ellas declinaron la invitación con diferentes grados de cortesía. Aviendha había dicho que sólo existía una danza que le gustaría bailar con los hombres de las tierras húmedas, comentario que consiguió que Tylin parpadeara con desconcierto. En cuanto a ella, le habría gustado acudir —sólo un necio dejaba pasar la ocasión de bailar—, si bien sabía que de haber ido habría hecho exactamente lo mismo que estaba haciendo entonces: quedarse sentada en cualquier sitio, preocupada, procurando no morderse las uñas hasta dejarse sólo un muñón.
Así, allí estaban, encerradas en sus aposentos con Thom y Juilin, nerviosas como gatas enjauladas mientras todos los demás en Ebou Dar se divertían. Es decir, lo estaba ella, en cualquier caso. ¿Por qué se retrasaba Birgitte? ¿Tanto se tardaba en decirle a un hombre que se presentara a primera hora de la mañana? Luz, tanto esfuerzo para nada. Y hacía mucho que había pasado la hora de acostarse. Mucho. Si al menos pudiera dormir, dejaría a un lado el recuerdo de las espantosas travesías en bote de esa mañana. Lo peor de todo era que su percepción del tiempo le anunciaba que se aproximaba una tormenta, que el viento debería estar aullando ahí fuera y cayendo tal tromba de agua que nadie podría ver a tres metros de distancia. Le había costado tiempo entender lo que pasaba en esas ocasiones que Escuchaba el Viento y parecía oír mentiras. Al menos, creía que lo entendía. Era otra clase de tormenta la que se avecinaba, no de viento y lluvia. No tenía ninguna prueba, pero se comería las zapatillas si Mat Cauthon no tenía que ver con ello de un modo u otro. Deseaba quedarse dormida durante todo un mes, o mejor un año, y olvidarse de las preocupaciones hasta que Lan la despertara con un beso, como el Rey Sol a Talia. Era ridículo, naturalmente, porque eso sólo era un cuento y, dicho sea de paso, poco decente; además, no pensaba convertirse en la niña mimada de ningún hombre, ni siquiera de Lan. Sin embargo, lo encontraría de alguna manera y lo vincularía a ella. Le… ¡Luz! ¡Si no creyera que los otros se quedarían mirándola, habría paseado de un lado al otro de la habitación hasta desgastar las suelas!
Las horas fueron pasando. Leyó y releyó la corta carta que Mat le había dejado a Tylin para ellas. Aviendha permanecía sentada en silencio junto a la silla de alto respaldo, cruzada de piernas sobre el suelo de baldosas de color verde claro, como siempre, con un ejemplar encuadernado y estampaciones doradas de Los viajes de Jain el Galopador sobre las rodillas. En ella no había señal alguna de ansiedad, al menos perceptible, aunque esa mujer no se inmutaría aunque alguien le metiera una víbora por dentro del vestido. Después de regresar a palacio se había puesto de nuevo el intrincado collar de plata que llevaba casi a todas horas, de día y de noche, excepto durante la travesía en bote; había dicho que no quería arriesgarse a perderlo. Nynaeve se preguntó por qué no llevaría ya el brazalete de marfil. Había oído por casualidad parte de una conversación entre esas dos, algo sobre que la Aiel no se lo pondría hasta que Elayne tuviese otro igual, cosa absurda por demás. En fin, ni lo uno ni lo otro tenía la menor importancia, desde luego. La carta que reposaba en su regazo atrajo su atención.