Выбрать главу

Las lámparas de pie de la salita facilitaban la lectura, si bien la letra de Mat, infantil e inmadura, planteaba ciertas dificultades. Sin embargo, era el contenido lo que provocaba un nudo en el estómago de Nynaeve.

«Aquí no hay nada más que moscas y calor, y de esas dos cosas encontraremos de sobra en Caemlyn».

—¿Estáis seguros de que no le dijisteis nada? —demandó.

Al otro lado de la habitación, Juilin se quedó con la mano suspendida sobre el tablero de damas y dirigió a Nynaeve una mirada de ofendida inocencia.

—¿Cuántas veces voy a tener que repetirlo?

Fingir esa expresión de ofendida inocencia era una de las cosas que a los hombres se les daba mejor, sobre todo cuando eran más culpables que un zorro sorprendido en el gallinero. Curiosamente, los dibujos tallados alrededor del borde del tablero de juego eran zorros.

Thom, sentado enfrente del rastreador a la mesa de incrustaciones de lapislázuli, estaba tan lejos de parecer un juglar con su excelente chaqueta de color broncíneo como de ser el amante que en otro tiempo gozara del favor de la reina Morgase. Acartonado y con el pelo blanco, largos bigotes y espesas cejas, era la viva imagen de la paciencia frustrada desde sus penetrantes ojos azules hasta las suelas de sus botas.

—No veo cómo habríamos podido hacerlo, Nynaeve —replicó con sequedad—, dado que no nos habíais contado nada a nosotros hasta anoche. Deberíais habernos enviado a Juilin y a mí.

Nynaeve resopló ante la desfachatez del hombre. Hablaba como si el rastreador y él no se hubiesen pasado todo el tiempo correteando de aquí para allá, como gallinas con el cuello bien estirado, desde que habían llegado a la ciudad para espiarlas a Elayne y a ella y entrometiéndose en sus asuntos, todo en connivencia con Mat. Además, esos tres eran incapaces de pasar dos minutos juntos sin ponerse a chismorrear. Como todos los hombres, claro. Aunque lo cierto era, admitió a regañadientes, que no se les había ocurrido enviarlos a ellos con el recado.

—Os habríais marchado con él por ahí de jarana, a beber —rezongó—. No me digas que no.

Eso era lo que Mat debía de estar haciendo; y tendría a Birgitte esperando su regreso en la posada. Ese hombre encontraría el modo de que todo el plan fracasara.

—¿Y qué, si lo hubiesen hecho? Es una noche para… jaranear. —Recostada junto a uno de los altos ventanales en arco, desde donde contemplaba la calle a través del blanco enrejado del balcón, Elayne rió. Daba golpecitos en el suelo con el pie, aunque a saber cómo era capaz de distinguir una melodía de otra entre todas las que flotaban en la oscuridad.

Nynaeve miró ceñuda la espalda de la joven. El comportamiento de Elayne se había ido haciendo más peculiar a lo largo de las horas. Si no hubiese sabido a qué atenerse, Nynaeve habría sospechado que la heredera del trono había estado saliendo a hurtadillas para dar sorbitos de vino. Más bien, tragos. Aun en el caso de que no hubiese perdido de vista a Elayne en toda la noche, tal cosa habría sido imposible. Ambas habían tenido una desagradable experiencia por abusar del vino, y ninguna de las dos se había permitido tomar siquiera dos copas seguidas.

—Quien me interesa es Jaichim Carridin —dijo Aviendha mientras cerraba el libro y lo colocaba a su lado. Se negaba a plantearse siquiera lo chocante que era sentarse en el suelo ataviada con un vestido de seda azul—. Entre nosotros, los Aiel, a los Seguidores de la Sombra se los mata tan pronto como son descubiertos, y ningún clan, septiar, asociación o primera hermana alzaría una mano para protestar. Si Jaichim Carridin es un Seguidor de la Sombra, ¿por qué no lo mata Tylin Mitsobar? ¿O por qué no lo hacemos nosotros?

—Aquí las cosas son un poco más complicadas —contestó Nynaeve, aunque se había preguntado lo mismo. No por qué no se había matado a Carridin, por supuesto, sino por qué se le seguía permitiendo ir y venir a su antojo. Lo había visto en palacio ese mismo día, después de que le entregaran la carta de Mat, después de que le hubiese dicho a Tylin lo que ponía en ella. Carridin había conversado con Tylin durante más de una hora y se había marchado con tanto honor como cuando llegó. La intención de Nynaeve había sido comentar el asunto con Elayne, pero la pregunta de qué sabía Mat, y cómo, no dejó de injerir en todas las conversaciones. Ese hombre causaría problemas. Lo haría, de algún modo. Todo este asunto iba a estropearse, dijeran lo que dijeran los demás. Se aproximaba mal tiempo.

Thom se aclaró la voz.

—Tylin es una reina débil, mientras que Carridin es embajador de una gran potencia —dijo. Movió una ficha y mantuvo la vista prendida en el tablero de juego. Parecía como si estuviese pensando en voz alta—. Por definición, un Inquisidor Capa Blanca no puede ser un Amigo Siniestro; al menos, así se afirma en la Fortaleza de la Luz. Si Tylin lo arresta o incluso lo acusa, se encontrará con una legión de Capas Blancas en Ebou Dar antes de que le dé tiempo a parpadear. Podrían dejarle el trono, pero se convertiría en una marioneta cuyas cuerdas se manejarían desde la Cúpula de la Verdad. ¿Aún no piensas darte por vencido, Juilin?

El husmeador le asestó una mirada furibunda y después se inclinó sobre el tablero estudiando la partida con intensa atención.

—No la creía cobarde —dijo Aviendha con desagrado, a lo que Thom sonrió divertido.

—Jamás te has enfrentado a algo contra lo que no puedes luchar, pequeña —comentó suavemente—. Algo tan fuerte que tu única opción es huir o ser devorada viva. Intenta no juzgar a Tylin hasta que te hayas encontrado en esa situación.

Por alguna razón, Aviendha enrojeció. Por lo general, ocultaba sus emociones tan bien que su rostro parecía de piedra.

—Ya sé —intervino de pronto Elayne—. Encontraremos pruebas que incluso Pedron Niall tendrá que admitir. —Se dirigió al centro de la habitación. Es decir, bailó hacia el centro de la habitación—. Nos disfrazaremos y lo seguiremos.

De repente no era Elayne la que se hallaba de pie, con un vestido verde ebudariano, sino una domani ataviada con otro azul, muy ajustado. Nynaeve dio un respingo antes de poder contenerse, y su boca se frunció en un gesto exasperado contra sí misma. Sólo porque no pudiese ver los flujos en el momento en que se tejían no era razón para sobresaltarse por la Ilusión. Lanzó una mirada a Thom y a Juilin. Hasta el juglar se había quedado boquiabierto. Inconscientemente asió su trenza. ¡Elayne iba a descubrirlo todo! ¿Qué demonios le pasaba?

La Ilusión funcionaba mejor cuanto más se ajustaba a la imagen original, al menos en cuanto a forma y tamaño, de modo que atisbos del vestido ebudariano aparecieron y desaparecieron fugazmente entre el atuendo domani mientras Elayne giraba para mirarse en uno de los espejos grandes de la habitación. Se echó a reír y batió palmas.

—Oh, jamás me reconocería. Ni a ti tampoco, medio hermana.

De pronto, la mujer sentada en el suelo, junto a la silla de Nynaeve, era una tarabonesa de ojos castaños y rubias trenzas que se mecían con el peso de las cuentas rojas que las adornaban, del mismo color que el vestido ajustado de seda plisada. La mujer miraba inquisitivamente a Elayne. La mano de Nynaeve apretó aún más la trenza.