El aroma a pan cociéndose llegaba de la cocina; todas las ventanas del salón se encontraban abiertas para airearlo. Una criada de cara rellenita se hallaba encaramada a una banqueta alta, de puntillas, para retirar las mustias ramitas de plantas perennes que había encima de las ventanas, en tanto que otras colocaban de nuevo en su sitio las mesas, bancos y sillas que debían de haberse retirado para el baile. A una hora tan temprana no había nadie más por allí, excepto una muchacha delgada, con delantal blanco, que barría el suelo con desgana. Era bonita, si bien afeaba sus rasgos un marcado mohín que fruncía sus labios. A decir verdad no se veía mucho desorden, considerando que durante las fiestas se suponía que en las posadas reinaba el bullicio e incluso el libertinaje. Una parte de Elayne deseó haberlo visto, sin embargo.
—¿Puedes conducirnos al cuarto de maese Cauthon? —preguntó a la chica delgada con una sonrisa, al tiempo que le tendía dos céntimos de plata.
Nynaeve resopló. Era más agarrada que la piel de una manzana verde. ¡Una vez le dio a un mendigo un céntimo de cobre! La chica las miró con gesto hosco —y, sorprendentemente, también a las monedas— y murmuró con acritud algo que sonó más o menos: «Una mujer rubia anoche y damas esta mañana». Les indicó el camino de mala gana.
Por un instante Elayne creyó que iba a despreciar los céntimos, pero cuando iba a volverse, la chica le cogió las monedas de la mano sin dar las gracias y se las metió por el escote antes de empezar de nuevo a barrer con tanto ímpetu como si quisiera matar al suelo a golpes de escoba. Quizá tenía un bolsillo cosido dentro del escote.
—¿Te das cuenta? —rezongó Nynaeve en voz baja—. Seguro que ha intentado que esa chica acepte sus atenciones a la fuerza. Ése es el hombre al que quieres que pida disculpas.
Elayne guardó silencio y se limitó a subir la escalera sin barandilla que había al fondo de la sala. Si Nynaeve no dejaba de protestar… El primer pasillo a la derecha, según las indicaciones de la chica, y la última puerta a la izquierda. Ya delante de ella, Elayne vaciló y se mordió el labio inferior.
—Por fin ves que es una mala idea ¿verdad? —inquirió, animada, Nynaeve—. No somos Aiel, Elayne. Me cae muy bien esa muchacha, a pesar de que se pasa la vida afilando su cuchillo, pero piensa en la tontería que se le ocurrió. Es imposible. Tienes que comprender que lo es.
—No accedimos a nada imposible, Nynaeve. —Mantener la voz firme le costaba trabajo. Parte de lo que Aviendha había sugerido, completamente en serio al parecer… ¡De hecho había insinuado que dejaran que el hombre las azotase con una vara!—. Accedimos a algo posible. —Apenas. Llamó con los nudillos en la puerta, que tenía un pez tallado, un bicho redondo, hocicudo y con rayas. Todas las puertas tenían figuras talladas, en su mayoría, peces. No hubo respuesta.
Nynaeve soltó el aire sonoramente; debía de haber estado conteniendo la respiración.
—Quizás ha salido —dijo—. Tendremos que volver en otro momento.
—¿A esta hora? —Volvió a llamar—. Tú dices que se pasa tumbado todo el tiempo que puede. —Seguía sin oírse ruido dentro.
—Elayne, si el estado de Birgitte es un indicio, Mat se puso de bebida hasta las orejas anoche. No le hará gracia que lo despertemos. ¿Por qué no nos marchamos y…?
Elayne giró el picaporte y entró. Nynaeve la siguió dando un suspiro que debió de oírse en palacio.
Mat Cauthon yacía despatarrado en la cama, encima de la colcha, y tenía los ojos cubiertos con un paño húmedo que mojaba la almohada. En el cuarto reinaba el desorden, aunque no había polvo. Sobre el lavabo —¡nada menos!— había una bota, al lado de una palangana blanca llena de agua sin utilizar; el espejo de pie aparecía ladeado, como si el joven hubiese tropezado con él y simplemente lo hubiese dejado torcido hacia atrás, y su chaqueta arrugada estaba tirada sobre una silla. El resto de sus ropas las llevaba puestas, incluido el pañuelo negro que aparentemente nunca se quitaba, así como la otra bota. La cabeza de zorro plateada asomaba entre su camisa desanudada.
El medallón hizo que Elayne sintiera picor en los dedos. Si estaba realmente tan borracho, tal vez podría quitárselo sin que se diese cuenta. Se había propuesto descubrir, de un modo u otro, cómo absorbía el Poder ese objeto. Esclarecer cómo funcionaba cualquier cosa la fascinaba, pero esa cabeza de zorro representaba todos los enigmas del mundo concentrados en uno.
Nynaeve la cogió de la manga e indicó la puerta con la cabeza al tiempo que articulaba en silencio «dormido» y algo más que no entendió. Probablemente otra súplica de que se marcharan.
—Déjame en paz, Nerim —murmuró Mat de repente—. Ya te lo he dicho. No quiero nada salvo un cráneo nuevo. Y cierra la puerta con suavidad o te clavaré las orejas en ella.
Nynaeve dio un brinco e intentó arrastrarla hacia la puerta, pero Elayne no cedió.
—No es Nerim, maese Cauthon.
Él alzó ligeramente la cabeza de la almohada, con las dos manos levantó un poco el paño mojado y las miró con los ojos, inyectados en sangre, entrecerrados.
Nynaeve, sonriente, no hizo el menor esfuerzo por disimular su satisfacción ante su lamentable estado. Lo que Elayne no podía entender era por qué también ella deseaba sonreír. Su única experiencia con el exceso de bebida sólo le había dejado lástima y compasión por cualquiera que pasara ese trance. En un rincón de su cabeza percibía todavía la jaqueca que sufría Birgitte, y entonces lo comprendió. Ciertamente, no podía gustarle que Birgitte se embriagara como una cuba, fuera por la razón que fuera, pero tampoco le satisfacía la idea de que alguien fuese capaz de hacer cualquier cosa mejor que su primer Guardián. Una idea ridícula. Vergonzosa. Pero también satisfactoria.
—¿Qué hacéis aquí? —demandó con voz enronquecida, y luego hizo un gesto de dolor y bajó el tono—. Es de noche.
—Es de mañana —repuso secamente Nynaeve—. ¿Recuerdas tu conversación con Birgitte?
—¿Podrías hablar más bajo? —susurró él cerrando los ojos. Al instante volvió a abrirlos de golpe—. ¿Birgitte? —Se sentó bruscamente y bajó las piernas al suelo. Durante unos instantes se quedó inmóvil en esa postura, mirando fijamente las baldosas del suelo, con los codos apoyados en las rodillas y el medallón meciéndose en la cadena. Al final, giró la cabeza para mirarlas torvamente. O quizás era el estado de sus ojos lo que hacía que pareciese torvo—. ¿Qué os contó?
—Nos informó de tus exigencias, maese Cauthon —contestó formalmente Elayne. Así era como una debía de sentirse delante del tajo del verdugo. Lo único que podía hacerse era mantener la cabeza bien alta y afrontar lo que quiera que viniera con orgullo—. Quiero darte las gracias de todo corazón por rescatarme de la Ciudadela de Tear. —Bien, había empezado y no le había dolido. No mucho.
Nynaeve estaba furiosa y apretaba los labios más y más. Esa mujer no iba a dejarla sola ante aquello. Elayne abrazó el saidar casi antes de darse cuenta de lo que hacía y encauzó un fino flujo de Aire que golpeó el lóbulo de la oreja de Nynaeve como si hubiese sido con un dedo. La antigua Zahorí se llevó una mano a la oreja y se puso ceñuda, pero Elayne se limitó a girar de nuevo el rostro hacia maese Cauthon y aguardó.
—Yo también te lo agradezco —musitó Nynaeve al cabo, con gesto hosco—. De todo corazón.
Elayne puso los ojos en blanco a despecho de sí misma. En fin de cuentas, él les había pedido que hablasen bajo. Y parecía haberlas oído. Cosa curiosa, se encogió de hombros con actitud avergonzada.
—Oh, eso. No fue nada. Seguramente habríais podido liberaros vosotras mismas a no tardar y sin mi ayuda. —Hundió la cabeza en las manos y volvió a apretar el paño mojado contra los ojos—. Cuando salgáis, ¿os importaría decirle a Caira que me traiga un poco de ponche? Es una chica delgada, bonita, de ojos dulces.