—¿A su debido tiempo? —empezó él, alzando la voz con incredulidad, pero Nynaeve lo atajó.
—¿Cuatro o cinco cada una? —instó secamente—. Eso es ridí… —Cerró los ojos un instante y su tono se volvió más suave. No mucho—. Quería decir que no es lógico. Elayne y yo, Birgitte y Aviendha. No tienes tantos soldados. En cualquier caso, al único que necesitamos realmente es a ti. —La última frase la dijo como si le sacaran las palabras a la fuerza. Se parecía mucho, demasiado, a una admisión.
—Birgitte y Aviendha no necesitan guardaespaldas —musitó él con aire abstraído—. Supongo que ese Cuenco de los Vientos es más importante que Carridin, pero… Parece injusto dejar que Amigos Siniestros anden libremente por ahí.
El rostro de Nynaeve se tiñó de púrpura lentamente. Elayne comprobó el suyo en un espejo y sintió alivio al ver que mantenía la compostura. Al menos hacia fuera. ¡Qué irritante era ese hombre! ¿Guardaespaldas? Elayne no sabía si era peor que hubiese lanzado aquel insulto a propósito o que lo hubiese hecho sin darse cuenta. Volvió a mirarse en el espejo y bajó un poquito la barbilla. ¡Guardaespaldas! Así era la viva imagen del aplomo. Mat las observaba con aquellos ojos enrojecidos, pero al parecer no advirtió nada.
—¿Eso fue todo lo que os contó Birgitte? —preguntó.
—Y es más que suficiente, creo —espetó Nynaeve—. Incluso tratándose de ti.
Inexplicablemente, Mat parecía sorprendido, y bastante complacido. Nynaeve dio un respingo y después se cruzó de brazos.
—Puesto que no estás en condiciones de ir a ninguna parte —empezó—. ¡No me mires así, Mat Cauthon, porque no es un menosprecio, sino la pura verdad! Bien, ya que no estás en muy buenas condiciones físicas, podrías emplear la mañana en trasladarte a palacio. Y que no se te pase por la cabeza que te ayudaremos a llevar tus cosas. No prometí ser una mula de carga.
—¡La Mujer Errante está suficientemente bien…! —empezó enfurecido, pero se calló y una expresión sorprendida, horrorizada habría dicho Elayne, se plasmó en su cara. Eso le enseñaría a no gritar cuando tenía la cabeza como una sandía. Al menos, ésa era la sensación que ella había tenido cuando se embriagó. Claro que él no aprendería de la experiencia. Los hombres no dejaban de meter las manos en el fuego pensando que en esa ocasión no se quemarían, como solía decir Lini.
—Aunque seas ta’veren no esperarás que encontremos el Cuenco la primera vez que salgamos a buscarlo —continuó Nynaeve—. Salir en su busca cada día resultará más sencillo si no tienes que cruzar la plaza. —Lo que quería decir realmente era que así no se verían obligadas a esperarlo todas las mañanas. Según ella, la embriaguez no era la única excusa que el joven podía encontrar para seguir acostado hasta las tantas, ni mucho menos.
—Además —abundó Elayne—, de ese modo podrás tenernos vigiladas.
Nynaeve hizo un ruido gutural que se parecía mucho a un gemido. ¿Es que no se daba cuenta de que sólo lo decía para engatusarlo? ¿Que no había prometido permitirle que las vigilase? Mat parecía que no las había oído, a ninguna de las dos. Aunque las miraba, era como si estuviese contemplando algo a través de ellas.
—¿Por qué demonios han tenido que parar ahora? —gimió en voz tan queda que apenas se oyó. ¿Qué quería decir con eso?
—Las habitaciones son regias, maese… Mat. Tylin en persona las eligió. Ha puesto un gran interés. Mat, no querrás que ofendamos a la reina, ¿verdad?
Al echar un vistazo a su rostro, Elayne encauzó apresuradamente para abrir una ventana y tirar el agua de la palangana. Si alguna vez había visto a alguien que estuviese a punto de vaciar todo lo que tenía en el estómago, ése era Mat, que la miraba de hito en hito con los ojos inyectados en sangre.
—No entiendo a qué viene tanto alboroto —dijo Elayne. De hecho, supuso que él tenía sus razones. Probablemente algunas de las criadas de la posada le permitían toquetearlas, pero dudaba que hubiese muchas en palacio, o incluso alguna, que se lo consintieran. Tampoco podría beber y jugar durante toda la noche. A buen seguro, Tylin no permitiría un mal ejemplo para Beslan—. Todos debemos hacer sacrificios. —Hizo un esfuerzo para dejarlo así, para no añadir que el de él era pequeño y justo, mientras que los de ellas eran inmerecidos, dijese lo que dijese Aviendha. Nynaeve había clamado en contra de hacer cualquier sacrificio.
Mat volvió a hundir la cabeza en las manos; hacía ruidos raros y sus hombros se sacudían. ¡Se estaba riendo! Elayne alzó la palangana con un flujo de Aire, planteándose la idea de atizarle un golpe con ella. Sin embargo, cuando él volvió a levantar la cabeza, parecía ofendido por alguna razón.
—¿Sacrificios? —gruñó—. ¡Si os pidiese lo mismo, daríais bofetadas a cualquiera que tuvieseis a mano y haríais que el techo se derrumbara sobre mi cabeza!
¿Estaría borracho todavía? Elayne decidió hacer caso omiso de su horrenda mirada.
—A propósito de tu cabeza —dijo la heredera del trono—. Si quisieras aceptar la Curación, estoy segura de que Nynaeve estaría dispuesta a ayudarte —ofreció, pensando que si alguna vez la antigua Zahorí había estado furiosa de sobra para poder encauzar, era en ese momento. Nynaeve dio un pequeño respingo y la miró por el rabillo del ojo.
—Por supuesto —se apresuró a decir—. Si quieres, lo haré. —El color de sus mejillas le confirmó a Elayne sus sospechas sobre lo ocurrido esa mañana.
—Olvidaos de mi cabeza —respondió él brusco, con su habitual «cortesía». Y entonces, como para confundirla en puntos que ya daba por ciertos, agregó en voz vacilante—: Sin embargo, gracias por preguntar.
¡Y además parecía que lo decía en serio! Elayne se las ingenió para no quedarse boquiabierta. Su conocimiento sobre los hombres se limitaba a Rand y a lo que Lini y su madre le habían contado. ¿Acaso Rand iba a comportarse de un modo tan desconcertante como Mat?
Antes de marcharse, recordó arrancarle la promesa de que empezaría de inmediato con los preparativos para trasladarse a palacio. Cumplía su palabra una vez dada —en eso Nynaeve había sido tajante— aunque lo hiciera a regañadientes, pero si se le dejaba la menor rendija encontraría ciento y un modos de escabullirse por ella. La antigua Zahorí había puesto énfasis al decir eso último. Mat dio su palabra con expresión resentida, sombría; es posible también que se debiera al estado de sus ojos. Cuando Elayne soltó la palangana a los pies del joven, éste pareció agradecido. La heredera del trono se dijo que no sentiría compasión, y lo repitió como para convencerse.
De vuelta en el pasillo, cerrada ya la puerta del cuarto de Mat, Nynaeve sacudió el puño, que alzó hacia el techo.
—¡Ese hombre acaba con la paciencia de una piedra! ¡Me alegro de que le duela tanto la cabeza que tenga que apoyarla en las manos! ¿Me has oído? ¡Me alegro! Causará problemas. Lo hará.
—Vosotras dos le causaréis más problemas de los que él se buscaría jamás.
La persona que había hablado caminó por el pasillo hacia ellas. Era una mujer con algunas canas en el pelo, un rostro firme y una voz autoritaria. También tenía el entrecejo fruncido, casi un ceño. A pesar del Cuchillo de Esponsales que le colgaba entre los senos, su tez era demasiado clara para una ebudariana.
—No podía creerlo cuando Caira me lo dijo. Dudo que alguna vez haya visto tanta necedad metida en sólo dos vestidos.
Elayne miró a la mujer de arriba abajo. Ni siquiera siendo novicia se había acostumbrado a que se dirigiesen a ella en ese tono.
—¿Y quién sois vos, buena mujer?