—Setalle Anan, la propietaria de esta posada, pequeña —fue la seca respuesta. Sin más, la mujer abrió una de las puertas del pasillo, agarró a cada una de ellas por un brazo y las metió en el cuarto tan deprisa que Elayne pensó que sus pies no tocaban el suelo.
—Parece que habéis cometido un error, señora Anan —dijo fríamente cuando la mujer la soltó para cerrar la puerta.
—Cuidado con lo que… —empezó Nynaeve, que no estaba de humor para andarse con cumplidos, al tiempo que alzaba la mano de manera que su anillo de la Gran Serpiente quedara bien a la vista.
—Muy bonito —dijo la mujer, y las empujó con tanta fuerza que las sentó en la cama.
A Elayne se le abrieron los ojos como platos por la incredulidad. La tal Anan se erguía ante ellas con gesto severo, como una madre a punto de castigar a sus hijas, nada menos.
—Hacer alarde de esa joya sólo demuestra lo tontas que sois. Ese joven os mecerá en las rodillas, y no me extrañaría que a una en cada una si se lo permitís; os robará unos cuantos besos y tomará todo cuanto estéis dispuestas a darle, pero no os hará daño. Sin embargo, vosotras sí podéis hacérselo a él, si seguís con esto.
¿Hacerle daño? La mujer pensaba que ellas… Creía que las había estado meciendo… Pensaba que… Elayne no sabía si reír o llorar, pero se puso de pie mientras se arreglaba los vuelos de la falda.
—Como decía, señora Anan, habéis cometido un error. —Su voz se suavizó conforme hablaba y el tono confuso dio paso a otro sosegado—. Soy Elayne Trakand, heredera del trono de Andor y Aes Sedai del Ajah Verde. No sé cómo pudisteis pensar que… —Sus ojos casi bizquearon cuando la señora Anan plantó el índice en la punta de su nariz.
—Elayne, si es que te llamas así de verdad, lo único que me frena para no llevarte a rastras hasta la cocina y lavarte la boca, y la de la tonta muchacha que te acompaña, es la posibilidad de que realmente puedas encauzar. ¿O sois tan necias como para llevar puesto ese anillo sin ser capaces siquiera de hacer eso? Os advierto que eso no detendrá a las hermanas que se alojan en el Palacio de Tarasin. ¿Sabíais siquiera que están en la ciudad? Si lo sabéis, francamente, no sólo sois necias, sino tontas perdidas.
La rabia de Elayne crecía con cada palabra que la mujer pronunciaba. ¿Necias? ¿Tontas perdidas? No iba a aguantarlo, sobre todo después de haberse visto obligada a arrastrarse ante Mat Cauthon. ¿Sentarse en las rodillas de Mat Cauthon? Sin embargo, en apariencia mantuvo la compostura, pero no ocurrió lo mismo con Nynaeve.
La antigua Zahorí echaba chispas, y el brillo del saidar la envolvió mientras se incorporaba de la cama. Flujos de Aire rodearon a la señora Anan desde los hombros hasta los tobillos, pegándole la falda y las enaguas contra las piernas, casi tan prietas como para hacerla caer.
—Da la casualidad de que soy una de esas hermanas alojadas en palacio. Nynaeve al’Meara, del Ajah Amarillo, para ser exacta. Y ahora, ¿os gustaría que os bajara yo a la cocina? Sé un poco sobre lavar la boca a la gente.
Elayne se apartó del brazo extendido de la posadera. La mujer debía de estar sintiendo la presión de los flujos, y hasta la persona más torpe habría sabido lo que aquellas ataduras invisibles significaban, pero aun así ni siquiera pestañeó. Los ojos se estrecharon, nada más.
—De modo que al menos una de vosotras puede encauzar —dijo con tranquilidad—. Debería dejar que me arrastraras escaleras abajo, pequeña. Si me haces algo, cualquier cosa, te hallarás en poder de unas verdaderas Aes Sedai al mediodía; eso te lo garantizo.
—¿Es que no me habéis oído? —demandó Nynaeve—. ¡Soy…!
—No sólo os pasaréis el próximo año llorando a moco tendido —continuó la señora Anan sin hacer una pausa—, sino que parte de esos lloros los haréis frente a cualquier persona a la que hayáis dicho que sois Aes Sedai. No lo dudéis, os harán admitir que habéis mentido. Os harán picadillo los hígados. Debería dejar que siguieseis alardeando por ahí o correr hasta palacio tan pronto como me soltéis. Lo único que me frena es que harían pagar todo esto a lord Mat casi tanto como a vosotras si sospechan que os ha ayudado y, como ya he dicho, aprecio a ese joven.
—Os digo que… —lo intentó de nuevo Nynaeve, pero la posadera siguió sin darle ocasión de hablar. Atada como un bulto, esa mujer era como un peñasco rodando ladera abajo, aplastando todo cuanto encontraba a su paso.
—Intentar mantener la mentira no es conveniente, Nynaeve. Tu aspecto corresponde a una mujer de veinte o veintiún años, de modo que deberías tener diez más, como mucho, si ya hubieses empezado a experimentar la retardación. Incluso podrías haber llevado el chal cuatro o cinco años. Salvo por un detalle. —Su cabeza, la única parte del cuerpo que podía mover, se volvió hacia Elayne—. Tú, pequeña, no eres lo bastante mayor para haber empezado a retardar, y ninguna mujer ha llevado el chal siendo tan joven como tú. Jamás en la historia de la Torre. Si alguna vez has estado allí, apuesto que vestías de blanco y chillabas cada vez que la Maestra de las Novicias miraba en tu dirección. La verdad es que habéis convencido a algún orfebre para que os haga esos anillos. Sé que hay algunos lo bastante estúpidos para avenirse. O tal vez Nynaeve robó ése para ti, si es que lleva el suyo por derecho. En cualquier caso, puesto que no puedes ser una hermana, entonces tampoco puede serlo ella. Ninguna Aes Sedai viajaría con una mujer que finge serlo.
Elayne frunció el entrecejo, sin advertir que se mordisqueaba el labio inferior. Retardación. Retardar. ¿Cómo sabía esas palabras una posadera de Ebou Dar? Quizá Setalle Anan había estado en la Torre de joven, aunque no habría permanecido mucho tiempo ya que obviamente no podía encauzar. Elayne lo habría notado aun en el caso de que su habilidad fuera mínima como la de su propia madre, y Morgase Trakand poseía tan poca que la habrían mandado marchar en cuestión de semanas si no hubiese sido la heredera del trono.
—Suéltala, Nynaeve —dijo, sonriendo.
Realmente, Elayne se sentía mejor dispuesta hacia la mujer ahora. Debía de haber sido terrible hacer el viaje hasta Tar Valon sólo para ser rechazada. No había motivo para la que la mujer les creyese —aquello removió algo en su memoria, pero no supo qué—, ninguno en absoluto, pero si había hecho el viaje a Tar Valon, a lo mejor decidía cruzar la plaza de Mol Hara e ir a palacio. Merilille, o cualquiera de las otras hermanas, podía ponerla en su sitio de malas maneras.
—¿Que la suelte? —chilló Nynaeve—. Pero, Elayne…
—Suéltala. Señora Anan, veo que el único modo de convenceros es…
—Ni la Sede Amyrlin ni tres Asentadas me convencerían, pequeña. —¡Luz! ¿Alguna vez dejaría acabar una frase a una persona?—. Bien, no tengo tiempo para más jueguecitos. Puedo ayudaros a las dos o, mejor dicho, conozco a las que pueden hacerlo. Mujeres que acogen descarriadas. Y dad gracias a lord Mat de que me muestre dispuesta a conduciros hasta ellas, pero he de saber una cosa. ¿Habéis estado en la Torre alguna vez o sois espontáneas? Y si estuvisteis allí, ¿os echaron o escapasteis? Tratan la situación de forma distinta según sea el caso.
Elayne se encogió de hombros. Lo que las había llevado a la posada estaba hecho; no quería perder más tiempo y deseaba continuar con las otras cosas de las que debían ocuparse.
—Si no hay modo de convenceros, entonces no hay más que decir. ¿Nynaeve? Hace rato que tendríamos que habernos marchado.
Los flujos que rodeaban a la posadera desaparecieron, así como el brillo que envolvía a Nynaeve, pero ésta no se movió; miraba a la mujer con recelo, pero esperanzada.
—¿Decís que conocéis a un grupo de mujeres que pueden ayudarnos?
—¡Nynaeve! —exclamó Elayne—. No necesitamos ayuda. Somos Aes Sedai ¿recuerdas?
La señora Anan le dirigió una mirada sarcástica antes de sacudirse la falda para colocarla y alisar las enaguas que se veían bajo los pliegues recogidos. Pero su atención estaba puesta verdaderamente en Nynaeve; Elayne no se había sentido tan relegada en toda su vida.