A una hora tan temprana, el patio del establo estaba desierto, con excepción de un chico de diez o doce años que sostenía un cubo y un tamiz con los que regaba el suelo de tierra apelmazada a fin de evitar el polvo. Las puertas blancas del establo se encontraban abiertas de par en par; delante había una carretilla con una horca para el estiércol, puesta de través. Del interior salían unos sonidos como si alguien estuviera pisando a un enorme sapo; Nynaeve llegó a la conclusión de que era un hombre cantando. ¿Acaso tendrían que cabalgar para llegar a su destino? Hasta un corto trayecto resultaría incómodo; pensando que sólo tenían que cruzar la plaza y que volverían antes de que el sol estuviese alto, no habían cogido sombreros ni parasoles ni capas con embozos.
La señora Anan las condujo a través del patio, hacia un estrecho callejón que corría entre el establo y una pared alta, por encima de la cual asomaban unos árboles que estaban marchitos debido a la sequía. El jardín de alguien, no cabía ninguna duda. Un portillo al final del callejón las condujo a otro polvoriento y tan estrecho que la luz del amanecer apenas llegaba a él.
—Ahora, pequeñas, no os rezaguéis —dijo la posadera, echando a andar por el oscuro callejón—. Os lo advierto, si os perdéis, juro que iré yo misma a palacio.
Mientras la seguía, Nynaeve se agarró la coleta con las dos manos para no estrangular a la mujer. ¡Oh, qué no daría por unas pocas canas! Primero, las otras Aes Sedai, luego, los Marinos —¡Luz, no quería pensar en ellos!— y ahora una posadera. Nadie te tomaba en serio hasta que tenías el pelo un poco gris al menos; a su entender, ni siquiera la intemporalidad del rostro de una Aes Sedai pesaba tanto como unas canas.
Elayne se recogía la falda del vestido para evitar el polvo, pero el que levantaban al caminar se posaba en el repulgo de sus faldas.
—A ver si lo he entendido —dijo sin mirarla, hablando suavemente pero con frialdad. De hecho, con mucha frialdad. Dominaba tan bien lo de vapulear a la gente sin que su tono se alterara que Nynaeve la admiraba por ello… generalmente. En ese momento, lo único que logró fue despertar su deseo de abofetearla—. Podríamos hallarnos de vuelta en palacio, tomando té de arándanos y disfrutando del soplo de la brisa mientras esperábamos a que maese Cauthon trasladara sus bártulos y que quizás Aviendha y Birgitte nos trajeran alguna pista útil. Por último, podríamos estar discutiendo qué hacer exactamente con ese hombre, si seguirlo por las calles del Rahad y ver qué pasa o conducirlo a los edificios que se parecen al que vimos en el Tel’aran’rhiod o dejar que los eligiese él. Tiene que haber cientos de modos de aprovechar la mañana, como decidir si es seguro que volvamos con Egwene, no sólo ahora, sino jamás, después del acuerdo que los Marinos nos sacaron. Tenemos que hablar sobre ello antes o después; hacer como si no hubiese pasado no servirá de nada. En cambio, vamos sólo la Luz sabe dónde, guiñando los ojos para protegerlos del sol durante todo el camino si las cosas no cambian, a fin de hablar con unas mujeres que dan cobijo y comida a las huidas de la Torre. En lo que a mí respecta, no tengo demasiado interés en atrapar huidas esta mañana o cualquier otra. Pero no me cabe ninguna duda de que puedes explicármelo para que lo entienda. Y no imaginas cuánto deseo entenderlo, Nynaeve, porque detestaría pensar que voy a ir dándote de patadas todo el camino de regreso hasta la plaza de Mol Hara sin ninguna razón.
Las cejas de Nynaeve se fruncieron. ¿Darle de patadas? Elayne se estaba volviendo verdaderamente violenta por pasar tanto tiempo con Aviendha. Alguien tendría que poner un poco de sentido común en esas dos a base de bofetadas.
—El sol aún no ha subido tanto como para que tengamos que guiñar los ojos —murmuró Nynaeve. Pero no tardaría mucho, por desgracia—. Piensa, Elayne. Cincuenta mujeres que encauzan, que ayudan a espontáneas y a las que rechaza la Torre. —A veces se sentía culpable por utilizar el término «espontáneas»; en boca de la mayoría de las Aes Sedai era un insulto, pero ella se proponía que lo pronunciaran como una divisa de orgullo algún día—. Y se ha referido a ellas como «el Círculo». A mí no me suena en absoluto como un grupito de amigas, sino como algo bastante más organizado.
El callejón serpenteaba entre altos muros y fachadas traseras de edificios, en muchos de los cuales se veían los ladrillos bajo el yeso descascarillado, entre jardines de palacios y comercios donde alguna puerta trasera abierta dejaba ver plateros, sastres o talladores trabajando. Cada dos por tres, la señora Anan echaba un vistazo hacia atrás para asegurarse de que aún la seguían. Nynaeve le lanzaba sonrisas y asentimientos de cabeza que esperaba transmitieran entusiasmo.
—Nynaeve, si unas mujeres capaces de encauzar, aunque sólo fuesen dos, crearan una sociedad, la Torre se les echaría encima como una manada de lobos. De todos modos ¿cómo sabe la señora Anan si encauzan o no? Las mujeres que pueden y no son Aes Sedai no van por ahí haciendo alarde de ello, ¿sabes? Al menos, no durante mucho tiempo. En cualquier caso, no veo qué importancia puede tener. Tal vez Egwene quiera llevar a la Torre a todas las mujeres que saben manejar el Poder, pero no hemos venido aquí para eso.
El tono frío y paciente de Elayne había conseguido que las manos de Nynaeve asieran crispadas la coleta. ¿Cómo podía ser tan corta de entendederas? Enseñó los dientes de nuevo a la señora Anan en un remedo de sonrisa y se las arregló para no mirar ceñuda la espalda de la posadera cuando ésta giró de nuevo la cabeza hacia el frente.
—Cincuenta mujeres no son dos —susurró ferozmente. Tenían que poder encauzar; todo dependía de eso—. Es absolutamente ilógico que ese Círculo se halle en la misma ciudad donde hay un almacén repleto de angreal y cosas semejantes sin que al menos tenga conocimiento de su existencia. Y si saben algo… —no pudo remediar que la satisfacción endulzara su voz—, entonces habremos encontrado el Cuenco sin ayuda de maese Matrim Cauthon. Podremos olvidar esas absurdas promesas.
—No eran ningún soborno, Nynaeve —respondió, absorta, Elayne—. Yo las mantendré, y tú también si tienes honor, y estoy convencida de que lo tienes.
Nynaeve se ratificó en la idea de que la joven estaba pasando demasiado tiempo con Aviendha. No entendía el motivo por el que Elayne había empezado a pensar que todas ellas debían seguir ese ridículo ji… lo que fuera, de los Aiel. Elayne se mordió el labio inferior con gesto pensativo. Toda la frialdad de un momento antes había desaparecido y, aparentemente, volvía a ser la de siempre.
—Nunca habríamos ido a la posada de no ser por maese Cauthon —dijo finalmente—, de modo que no conoceríamos a la singular señora Anan ni ésta nos llevaría a ese Círculo. Por lo tanto, si el Círculo nos conduce hasta el Cuenco, tendremos que admitir que él fue la causa fundamental.
Mat Cauthon; parecía tener marcado a fuego ese nombre en su mente. Tropezó con sus propios pies y soltó la trenza para levantar la falda. El suelo del callejón estaba lejos de ser liso como una plaza pavimentada, y aún más lejos de los pisos de un palacio. En ocasiones, era mejor una Elayne ofuscada que una Elayne pensando con claridad.
—Singular —rezongó Nynaeve—. Se va a enterar cuando todo esto haya acabado. Nadie nos ha tratado de ese modo, Elayne, ni siquiera la gente que dudaba, ni siquiera los Marinos. La mayoría se apartaría con recelo si una cría de diez años dijera que es Aes Sedai.
—La mayoría de la gente ignora qué aspecto tiene el rostro de una Aes Sedai, Nynaeve. Creo que la posadera ha estado en la Torre. Sabe cosas que, de otro modo, no podría saber.
Nynaeve resopló despectiva y miró ceñuda la espalda de la mujer que caminaba delante. Es posible que Setalle Anan hubiera estado en la Torre diez veces o cien, pero reconocería como Aes Sedai a Nynaeve al’Meara. Y le pediría disculpas. ¡Y también sabría lo que era que la llevaran de una oreja! La señora Anan miró hacia atrás y la antigua Zahorí le dedicó una sonrisa tirante e inclinó la cabeza como si en lugar de cuello tuviese un gozne.