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Reanne se había acercado a la señora Anan; la cogió por el codo y se apresuró a intervenir:

—Setalle, de veras lo siento, pero he de pedirte que nos disculpes. ¿Me perdonas si no te acompaño a la puerta?

La señora Anan le ofreció disculpas a su vez, como si ella tuviese la culpa de que la otra mujer no la escoltara, y se marchó después de lanzar una última mirada dubitativa a Nynaeve y a Elayne.

—¡Setalle! —exclamó Garenia tan pronto como la posadera se hubo ido—. ¿Ésa era Setalle Anan? ¿Cómo ha…? ¡Luz de los cielos! Incluso después de setenta años, la Torre le…

—Garenia —dijo la señora Corly con un timbre en extremo cortante Su mirada lo era más aún, y el rostro de la saldaenina enrojeció—. Ya que las dos os encontráis aquí, podemos preparar las preguntas entre las tres. Vosotras, pequeñas, quedaos donde estáis y guardad silencio.

Las últimas palabras fueron dirigidas a Nynaeve y a Elayne. Las otras mujeres se retiraron a una esquina en un apretado corro y empezaron a conversar en quedos murmullos. Elayne se acercó a Nynaeve.

—No me gustó que me trataran como a una novicia cuando lo era. ¿Cuánto tiempo más te propones seguir con esta farsa?

—Chist. Estoy intentando escuchar, Elayne —susurró.

Usar el Poder quedaba totalmente descartado, desde luego. Las tres mujeres lo habrían notado al instante. Por suerte, no habían creado barreras, quizá porque no sabían cómo, y a veces sus voces se alzaban justo lo suficiente.

—… dijo que quizás eran espontáneas —musitó Reanne, y la impresión y el asco se plasmaron en los semblantes de las otras dos.

—Entonces las acompañamos a la puerta —dijo Berowin—. A la de atrás. ¡Espontáneas!

—Sigo queriendo saber quién es esa Setalle Anan —intervino Garenia.

—Si eres incapaz de centrarte en el asunto que ahora nos ocupa —le dijo Reanne—, quizá deberías pasar este turno en la granja. Alise sabe maravillosamente bien cómo concentrar una mente. Y ahora…

De nuevo el sonido de sus palabras se redujo a un zumbido. Apareció otra doncella, una mujer esbelta, bonita excepto por su expresión hosca, con un vestido de tosca lana gris y un largo delantal blanco. Dejó una bandeja lacada en verde sobre una de las mesitas, se enjugó de manera subrepticia las mejillas con una punta del delantal y empezó a trastear con las tazas de cerámica azul y una tetera a juego. Nynaeve enarcó las cejas. Esa mujer también podía encauzar, aunque muy débilmente. ¿Qué hacía trabajando como sirvienta?

Garenia miró hacia atrás y dio un respingo.

—¿Qué ha hecho Derys para merecer un castigo? Pensaba que rompería una regla cuando las ranas criaran pelo.

Berowin aspiró sonoramente por la nariz, pero su respuesta apenas fue audible:

—Quería casarse. Adelantará un turno e irá con Keraille al día siguiente de la Fiesta de la Media Luna. Eso apaciguará a maese Denal.

—¿Acaso las dos deseáis azadonar los campos en lugar de Alise? —instó secamente Reanne, y el tono de las voces bajó de nuevo.

Nynaeve sintió una oleada de excitación. Le importaban poco las reglas, al menos las de otras personas —la gente rara vez veía la situación con tanta claridad como ella y, por consiguiente, establecían reglas estúpidas; ¿por qué esa mujer, Derys, no podía casarse si quería, por ejemplo?—, pero la existencia de reglas y castigos señalaba una sociedad. Ella tenía razón. Y había otra cosa. Le dio con el codo a Elayne hasta que ésta se inclinó un poco para escucharla.

—Berowin lleva un cinturón rojo —susurró. Aquello indicaba una Mujer Sabia, una de las legendarias sanadoras de Ebou Dar cuyos poderes curativos eran conocidos en todas partes como los mejores después de los de las Aes Sedai, hasta el punto de sanar casi todo. Supuestamente, las curaciones se llevaban a cabo con hierbas y conocimientos terapéuticos, pero…—. ¿Cuántas Mujeres Sabias hemos visto, Elayne? ¿Cuántas podían encauzar? ¿Cuántas eran ebudarianas o incluso altaranesas?

—Siete, contando a Berowin —fue la queda respuesta—, y sólo una de ellas era oriunda de aquí, a mi entender.

¡Ja! Las otras, obviamente, no lo eran. Elayne inhaló profundamente.

—Sin embargo, ninguna, poseía ni de lejos la fuerza de estas mujeres —prosiguió la heredera del trono en un susurro.

Al menos no había insinuado que estaban equivocadas de algún modo; todas aquellas Mujeres Sabias poseían el don.

—Nynaeve, ¿estás sugiriendo realmente que las Mujeres Sabias, todas las Mujeres Sabias, tienen…? Eso sería absolutamente inconcebible.

—¡Elayne, esta ciudad tiene un gremio incluso para los hombres que barren las plazas por la noche! Creo que acabamos de encontrar la «Rancia Hermandad Arrabalera de Mujeres Sabias».

—No. —La testaruda joven sacudió la cabeza—. La Torre habría enviado aquí a cien hermanas hace años, Nynaeve. A doscientas. Cualquier cosa de ese tipo habría sido aplastada sin contemplaciones.

—Tal vez la Torre no lo sepa —adujo Nynaeve—. Quizás el gremio mantiene la suficiente discreción para que la Torre nunca haya considerado que merecía la pena tomarse la molestia de desarticularlo. No existe una ley que prohíba encauzar si no se es Aes Sedai, sino contra hacerse pasar por Aes Sedai o hacer uso incorrecto del Poder u ocasionar el descrédito. —Eso significaba hacer cualquier cosa que diese mala imagen a las verdaderas Aes Sedai, si es que se daba el caso de que alguien pensara que eras una de ellas, lo que era hilar muy fino, a su modo de ver. El verdadero problema, sin embargo, era que Nynaeve no lo creía. La Torre parecía saberlo todo, y probablemente disolvería hasta un grupo reunido para hacer colchas si las mujeres que lo componían eran capaces de encauzar. Empero, debía de haber alguna explicación para…

Nynaeve advirtió, sólo por encima, que se estaba abrazando la Fuente Verdadera, pero de repente fue plenamente consciente de ello. Abrió la boca cuando un flujo de Aire asió su coleta a la altura de la nuca y tiró de ella hacia el otro lado del cuarto. Elayne corría a su lado, con la faz congestionada por la furia. Lo peor de todo era que ambas estaban escudadas.

La corta carrera acabó cuando se les permitió plantar bien los pies en el suelo, delante de la señora Corly y las otras dos; las tres estaban sentadas en las sillas rojas alineadas en la pared, y el brillo del saidar las envolvía.

—Se os dijo que estuvieseis calladas —manifestó firmemente Reanne—. Si decidimos ayudaros, tendréis que aprender que se espera de vosotras una obediencia tan estricta como la de la propia Torre Blanca. —Esas últimas palabras sonaron imbuidas de un tono reverente—. Os diré que habríais sido recibidas más amablemente si no hubieseis acudido a nosotras de un modo tan irregular.

El flujo que asía la coleta de Nynaeve desapareció. Elayne sacudió la cabeza airadamente cuando la soltaron.

La estupefacción dio paso a una ardiente indignación cuando Nynaeve advirtió que era Berowin la que mantenía su escudo. La mayoría de las Aes Sedai que conocía estaban por encima de Berowin; casi todas ellas lo estaban. Recobró el autocontrol y se esforzó por llegar a la Fuente, esperando que los tejidos se hiciesen añicos. Al menos demostraría a esas mujeres que a ella no se la… Los tejidos se estiraron. La oronda cairhienina sonrió y el rostro de Nynaeve se tornó tormentoso. El escudo se estiró más y más, hinchándose como un globo. Pero no se rompió. No podía ser verdad. Cualquiera podía aislarla de la Fuente si la cogía por sorpresa, naturalmente, y alguien más débil que ella podría mantener el escudo una vez tejido, pero no alguien tan débil. Además, un escudo no se dilataba tanto sin quebrarse. ¡Era imposible!

—Podrías romperte un vaso sanguíneo si sigues haciendo eso —dijo Berowin, casi amigablemente—. Nosotras no intentamos llegar por encima de nuestra condición, pero las habilidades se pulen con el tiempo, y ésta siempre fue en mí casi como un Talento. Podría retener escudado a uno de los Renegados.