Выбрать главу

La señora Corly hizo una seña a Derys, que se acercó y recogió las tazas al tiempo que lanzaba miradas atemorizadas a Nynaeve y a Elayne. Cuando se escabulló, de hecho salió de la salita, las tres mujeres se pusieron lentamente de pie y se quedaron plantadas allí, como severos jueces a punto de dictar sentencia.

—Lamento que no aceptéis nuestra ayuda —dijo fríamente la señora Corly—. Lamento todo este asunto. —Sacó unas monedas del bolsillo y puso tres marcos de plata en la mano de Nynaeve y tres en la de Elayne—. Esto os servirá para un corto trecho del camino. También podéis conseguir algo por esos vestidos, creo, aunque no tanto como debisteis de pagar por ellos. En cualquier caso no son adecuados para un viaje. Mañana al amanecer os habréis marchado de Ebou Dar.

—No vamos a ninguna parte —le contestó Nynaeve—. Por favor, si sabéis… —De nada sirvió que abriese la boca, porque el controlado pero constante flujo de palabras de la mujer no se cortó.

—A esa hora, empezaremos a propagar vuestra descripción y nos aseguraremos de que llegue a las hermanas instaladas en el palacio de Tarasin. Si se os ve después de la salida del sol, nos ocuparemos de que las hermanas se enteren de dónde estáis. Y los Capas Blancas también. Entonces sólo tendréis tres opciones: huir, entregaros a las hermanas o morir. Idos y no volváis. Viviréis más tiempo si renunciáis a esa artimaña peligrosa y repugnante. Hemos terminado. Berowin, Garenia, acompañadlas a la puerta, por favor.

Pasó entre ellas rozándolas y salió de la estancia sin mirar atrás. Hoscamente, Nynaeve se dejó llevar hasta la puerta principal. Resistirse no conduciría a nada salvo, quizás, a ser despedidas de un empujón; sin embargo, no le gustaba darse por vencida. ¡Luz, no le gustaba ni pizca! Elayne caminaba sin vacilar, con una fría determinación de marcharse y acabar de una vez con el asunto plasmada en su actitud y en su porte. En el pequeño vestíbulo Nynaeve decidió intentarlo una vez más.

—Por favor, Garenia, Berowin, si tenéis alguna pista, decídnoslo. Cualquiera, por pequeña que sea. Es imposible que no os deis cuenta de lo importante que es esto.

—«No hay peor ceguera que la de quien no quiere ver» —citó Elayne, y no precisamente en voz baja.

Berowin vaciló, pero no Garenia, que adelantó la cara hasta casi tocar con su nariz la de Nynaeve.

—¿Nos tomas por tontas, muchacha? Te diré una cosa. Si se hubiese hecho a mi modo, os habríamos llevado como fardos a la granja, dijeseis lo que dijeseis. Unos cuantos meses al cuidado de Alise y aprenderíais a dejar quieta la lengua y a sentiros agradecidas por la ayuda que ahora despreciáis.

Nynaeve se planteó la idea de atizarle un puñetazo en la nariz; para eso no necesitaba el saidar.

—Garenia —reprendió Berowin en tono seco—, no retenemos a nadie en contra de su voluntad, y tú lo sabes muy bien. ¡Discúlpate de inmediato!

Y, maravilla de maravillas, la mujer que podría haber estado casi en lo más alto si hubiera sido Aes Sedai miró de reojo a la mujer que habría estado casi en el escalón más bajo y enrojeció.

—Os pido disculpas —murmuró, dirigiéndose a Nynaeve—. A veces me puede el genio y digo lo que no debo. Me disculpo humildemente. —Echó otra ojeada a Berowin, que asintió, y soltó un suspiro de alivio.

Nynaeve seguía boquiabierta cuando los escudos desaparecieron y Elayne y ella fueron echadas a la calle. La puerta se cerró con un sonoro golpe a sus espaldas.

24

Las Allegadas

«Increíble», pensó Reanne mientras observaba desde una ventana cómo las dos extrañas muchachas desaparecían calle abajo, entre comerciantes, mendigos y alguna que otra silla de manos. Había vuelto a la salita tan pronto como sacaron de ella a la pareja. No sabía qué pensar de ellas, y sus insistentes afirmaciones en contra de toda lógica sólo eran una parte de su desconcierto.

—No transpiraban —susurró Berowin junto a su hombro.

—¿De veras?

Habría dado los pasos oportunos para que la noticia llegara al palacio de Tarasin antes de una hora si no lo hubiese prometido. Y por el peligro. El miedo bullía en su estómago, el mismo pánico que la había dominado después de cruzar a través de uno de los arcos plateados cuando se enfrentó a la prueba para ascender a Aceptada. Igual que había hecho cada vez que ese miedo le atenazaba el estómago a lo largo de todos esos años, ejerció un renovado autocontrol; en realidad, no se daba cuenta de que el miedo a volver a huir gritando hacía mucho tiempo que había vencido cualquier posibilidad de conseguir dominarlo. Rezó para que esas chicas renunciaran a su locura. Rezó para que, si no lo hacían, al menos fuesen atrapadas lejos de Ebou Dar y guardaran silencio o, si hablaban, que no las creyeran. Habría que tomar precauciones, levantar salvaguardias que no se habían utilizado hacía años. Sin embargo, no servirían de mucho dado que las Aes Sedai eran casi omnipotentes, y eso lo sabía en el fondo de su corazón.

—Rectora, ¿cabe la posibilidad de que la mayor de las dos sea realmente…? Encauzamos y…

Berowin dejó la frase en el aire, abatida, pero Reanne no necesitó pensarlo, ni siquiera descartando a la más joven. ¿Por qué una Aes Sedai iba a fingir ser menos, tanto menos, de lo que era realmente? Además, cualquier Aes Sedai verdadera las habría puesto de rodillas a todas suplicando clemencia, no se habría quedado allí de pie, con tal sumisión.

—No encauzamos delante de ninguna Aes Sedai —respondió con firmeza—. No rompimos ninguna regla. —Dichas reglas se aplicaban tan estrictamente en su caso como en el de cualquier otra; la primera marcaba que todas eran una, incluso aquellas que estaban por encima del resto durante un tiempo. ¿Cómo podía ser de otro modo, si quienes se encontraban por encima al final tenían que descender necesariamente? Sólo gracias al cambio y al movimiento podían permanecer ocultas.

—Pero algunos rumores apuntan a una muchacha como Amyrlin, Rectora. Y esa chica sabía…

—Rebeldes. —Reanne puso en aquel término toda la indignada incredulidad que sentía. ¡Que alguien hubiese osado rebelarse contra la Torre Blanca! Eran cuentos demasiado increíbles para darles crédito, y menos viniendo de alguien así.

—¿Y lo de Logain y el Ajah Rojo? —demandó Garenia, con lo que se ganó una mirada penetrante de Reanne. Había conseguido otra taza de té antes de regresar a la salita y se las ingenió para sostener la mirada por encima del borde de la taza con aire desafiante.

—Sea cual fuere la verdad, Garenia, no nos corresponde a nosotras poner en tela de juicio nada de lo que hagan las Aes Sedai. —Los labios de Reanne se apretaron. Ese comentario apenas se acercaba a lo que sentía realmente con respecto a las rebeldes, pero ¿cómo podía hacer algo así una Aes Sedai?

La saldaenina hizo una leve inclinación de aquiescencia, sin embargo, y quizá también para disimular el gesto hosco de su boca. Reanne suspiró. Ella había renunciado a sus sueños de pertenecer al Ajah Verde hacía mucho tiempo, pero había algunas —como Berowin— que creían, en secreto pensaban ellas, que podrían regresar a la Torre Blanca algún día, que todavía tendrían la oportunidad de convertirse en Aes Sedai. Y también había otras —como Garenia— que apenas ocultaban sus deseos, aunque dichos deseos fueran diez veces más prohibidos. ¡Ésas eran las que incluso habrían accedido a aceptar espontáneas y hasta habrían salido a buscar chicas con capacidad para aprender!

Garenia no había terminado aún; siempre llegaba al límite de la disciplina y frecuentemente lo sobrepasaba.

—¿Y qué pasa con la tal Setalle Anan? Esas chicas sabían lo del Círculo. La señora Anan debe de habérselo contado, aunque, cómo es posible que lo sepa ella… —Se estremeció de un modo que habría sido ostentoso para la mayoría de las otras, pero jamás había sido capaz de disimular sus emociones, ni siquiera cuando debería hacerlo—. Hay que descubrir a quienquiera que nos haya traicionado y hay que castigar su traición. ¡Esa mujer es una posadera y hay que enseñarle a mantener cerrada la boca!