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Nynaeve se paró en seco en mitad de la calle. Después de toda la discusión, después de que las hubiesen echado, ¿aún lo suponía?

—Bien, pues yo supongo que envejece del mismo modo que todo el mundo, de día en día. Elayne, si creías que tenía razón, ¿por qué proclamaste quién eras, como hizo Rhiannon en la Torre? —Eso último le gustó mucho; de acuerdo con la historia, lo que la reina Rhiannon consiguió por hacer tal cosa no había sido ni mucho menos lo que buscaba.

Elayne no se molestó en responder a la pregunta, a pesar de su gran educación. Tiró de Nynaeve hacia un lado cuando pasó un carruaje con cortinillas verdes —la calle no era muy ancha en ese punto—, que se dirigía al taller de una modista, en su interior se veían varios maniquíes con vestidos a medio confeccionar.

—No iban a decirnos nada, Nynaeve, ni aunque te hubieses puesto de rodillas y se lo hubieses suplicado.

La antigua Zahorí abrió la boca con gesto indignado y luego la cerró de golpe. Ella no había hablado de suplicar en ningún momento. En cualquier caso ¿por qué habría tenido que ser ella la única que lo hiciese? Mejor cualquier mujer que Mat Cauthon. Sin embargo, Elayne estaba decidida a exponer su razonamiento y no pensaba dejar que la apartara de ello.

—Nynaeve, debe de haber experimentado la retardación como cualquier otra que maneja el Poder. ¿Cuál es realmente su edad para que parezca que tiene cincuenta o sesenta años?

—¿De qué hablas? —Sin pensarlo conscientemente, la antigua Zahorí tomó nota mental de la localización de la tienda; el trabajo de costura parecía muy bueno, merecía examinarlo con más detenimiento—. Es probable que sólo encauce lo absolutamente necesario por miedo a que la tomen por una hermana. Después de todo, no querría que su cara fuera demasiado tersa.

—Nunca prestaste atención en las clases, ¿verdad? —murmuró Elayne. Advirtió que la rolliza modista le sonreía desde la puerta y tiró de Nynaeve hacia la esquina del edificio. Considerando la cantidad de puntillas que la modista lucía en su propio vestido, con el corpiño casi enterrado bajo ellas y con chorreras colgando sobre las enaguas expuestas, pediría precios exagerados si Nynaeve encargaba algo—. Olvídate de los vestidos un momento y atiéndeme. ¿Quién es la Aceptada de más edad que recuerdas?

Nynaeve le asestó una mirada gélida. ¡Cualquiera diría que no pensaba más que en vestidos! Además, la había oído perfectamente.

—Elin Warrel, creo —contestó—. Es más o menos de mi edad. —Desde luego, el vestido de la modista sería mucho más fino con algo menos de escote y muchas menos puntillas. En seda verde. A Lan le gustaba el color verde, aunque, naturalmente, ella no elegiría sus vestidos para él. Y también le gustaba el azul.

Elayne soltó una carcajada, y Nynaeve se preguntó si no habría expresado sus pensamientos en voz alta. Enrojeció intensamente e intentó explicarlo. Sería para celebrar Bel Tine. Pero su amiga no le dio ocasión de hablar.

—La hermana de Elin fue a visitarla poco antes de que llegases a la Torre, Nynaeve. Su hermana pequeña. Su cabello era canoso. Debía de tener más de cuarenta años, Nynaeve.

¿Que Elin Warrel tenía más de cuarenta años? ¡Pero…!

—¿A qué te refieres, Elayne?

No había nadie cerca que pudiera oírlas y nadie parecía prestarles atención excepto la todavía esperanzada modista, pero Elayne bajó el tono hasta convertirlo en un susurro.

—Nosotras experimentamos la retardación, Nynaeve. En algún punto entre los veinte y los veinticinco años empezamos a envejecer más lentamente. De lo fuerte que es cada una depende cuánto, pero no cuándo. Cualquier mujer que encauza lo experimenta. Takima opina que a esa edad es cuando se empieza a adquirir la apariencia intemporal, aunque no creo que nadie llegue a eso hasta que ha llevado el chal al menos uno o dos años, a veces incluso cinco o más. Piensa. Sabes que cualquier hermana que tenga el cabello gris es vieja, aunque se supone que no debe mencionarse. De modo que si Reanne ha experimentado la retardación, y debe de haberlo hecho, ¿qué edad tiene?

A Nynaeve le importaba un bledo la edad de Reanne. Quería chillar. No era de extrañar que todo el mundo rehusara creer los años que decía tener. Eso explicaba por qué las componentes del Círculo de Mujeres del pueblo la habían mirado con prevención, como si no estuviesen convencidas de que fuera lo bastante mayor para confiar plenamente en ella. Conseguir el rostro intemporal de una hermana estaba bien, pero ¿cuánto tiempo habría de pasar hasta que tuviese canas?

Parpadeó y se giró enfadada. Y entonces algo la golpeó muy fuerte, aunque de refilón, en la parte posterior de la cabeza. Se tambaleó y se volvió hacia Elayne, estupefacta. ¿Por qué la había golpeado? Pero no había sido ella; la joven estaba desplomada en el suelo, con los ojos cerrados y un feo chichón purpúreo que comenzaba a hincharse en la frente. Aturdida, Nynaeve cayó de rodillas y tomó a la joven entre sus brazos.

—Vuestra amiga debe de haberse mareado —dijo una mujer de nariz larga, que se arrodilló junto a ellas sin que aparentemente le importara mancharse el vestido amarillo de exagerado escote incluso para el estilo ebudariano—. Dejadme que os ayude.

Un tipo vestido con un chaleco de seda bordada, alto y apuesto de no ser por una sonrisa untuosa, se inclinó para coger a Nynaeve por los hombros.

—Venid, tengo un carruaje. Os llevaremos a algún sitio más cómodo que el empedrado de la calle.

—Apartaos —gritó Nynaeve; amablemente, claro—. No necesitamos vuestra ayuda.

El hombre siguió intentando levantarla del suelo, sin embargo, para conducirla hacia un carruaje rojo, en el que una mujer de azul, aparentemente asustada, hacía señas con la mano enérgicamente. La mujer nariguda intentó levantar a Elayne, agradeciendo al hombre su ayuda y parloteando sobre que lo del carruaje era una buena idea. Una multitud de curiosos se había reunido en derredor formando un semicírculo, las mujeres murmuraban compasivamente sobre los desmayos por el calor y los hombres se ofrecían a ayudar para llevar a las damas. Un tipo escuálido se agachó y, con todo descaro, hizo intención de coger la escarcela de Nynaeve en sus mismas narices.

A la antigua Zahorí la cabeza todavía le daba vueltas lo suficiente para que le resultara difícil abrazar el saidar, pero si todos aquellos curiosos charlatanes no hubiesen bastado para enfurecerla, lo habría hecho lo que vio tirado en la calle: una flecha que en lugar de punta iba rematada por una piedra roma. La que la había rozado a ella o la que había golpeado a Elayne. Encauzó y el cortabolsas delgaducho se dobló por la mitad, sujetándose el estómago y chillando como un cerdo entre las zarzas. Otro flujo y la mujer nariguda cayó hacia atrás lanzando un grito el doble de estridente. El hombre del chaleco de seda al parecer decidió que ya no necesitaban su ayuda, porque se dio media vuelta y corrió hacia el carruaje, pero aun así Nynaeve también le dio su merecido. Bramó más fuerte que un toro enfurecido mientras la mujer del carruaje lo ayudaba a subir tirando del chaleco.

—Gracias, pero no necesitamos ayuda —gritó Nynaeve, cortésmente.

Quedaban muy pocos para oírla. Una vez que resultó obvio que se estaba utilizando el Poder Único —los saltos y gritos repentinos de la gente sin causa aparente lo dejaron claro a la mayoría— se alejaron a toda prisa. La mujer nariguda se incorporó y saltó a la parte trasera del carruaje, aferrada a él precariamente, mientras el conductor descargaba el látigo sobre los caballos, de manera que la gente tuvo que saltar a los lados para no ser atropellada. Incluso el cortabolsas se alejaba cojeando tan deprisa como podía.

A Nynaeve le habría dado igual si la tierra se hubiese abierto y se los hubiera tragado a todos. Con el corazón en un puño, encauzó finos flujos de Viento, Agua, Tierra, Fuego y Energía que mezcló y combinó sobre el cuerpo de Elayne. Era un tejido sencillo, a causa de su aturdimiento, pero el resultado hizo que respirara con alivio. La contusión no era seria; los huesos del cráneo de Elayne no se habían roto. En otra situación, habría reconducido esos mismos flujos para conformar tejidos mucho más complejos, la Curación que había descubierto por sí misma. Sin embargo, en ese momento sólo era capaz de realizar los tejidos más simples. Valiéndose sólo de Energía, Viento y Agua realizó la Curación que las Amarillas habían llevado a cabo desde tiempo inmemorial.