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Elayne abrió los ojos de golpe y, tras una inhalación que pareció absorber todo el aire, se sacudió como una trucha atrapada en una red a la par que golpeaba con los talones en el pavimento. Aquello sólo duró un momento, por supuesto, pero en esos breves instantes la contusión se deshinchó y desapareció. Nynaeve la ayudó a ponerse de pie; entonces la mano de una mujer apareció sosteniendo una copa de peltre llena de agua.

—Incluso una Aes Sedai puede tener sed después de esto —dijo la modista.

Elayne alargó la mano hacia la copa, pero Nynaeve le asió la muñeca.

—No, gracias. —La mujer se encogió de hombros y se dio la vuelta. Nynaeve añadió en otro tono—: Gracias. —Parecía que le costaba menos trabajo decirlo cuanto más lo repetía; no estaba segura de que le gustase tal cosa.

El océano de puntillas se movió cuando la modista volvió a encogerse de hombros.

—Hago vestidos para cualquiera. Puedo hacer un trabajo mejor para vos que ése que lleváis y que os favorezca más. —Volvió a desaparecer en el interior del taller.

Nynaeve la siguió con la mirada, ceñuda.

—¿Qué ha pasado? —demandó Elayne—. ¿Por qué no me dejaste que bebiera agua? Tengo sed y también hambre.

Tras una última mirada ceñuda a la modista, Nynaeve se inclinó para recoger la flecha. La heredera del trono no necesitó más explicaciones. El saidar la envolvió repentinamente.

—¿Teslyn y Joline? —preguntó.

Nynaeve sacudió la cabeza; el ligero mareo ya empezaba a remitir. No creía que esas dos se rebajaran a hacer algo así.

—¿Y Reanne? —se preguntó en voz queda. La modista había vuelto al umbral del taller, todavía esperanzada—. Quizá quiera asegurarse de que nos vamos. O, peor aún, Garenia. —Aquello era casi tan escalofriante como sospechar de Teslyn y Joline. Y el doble de indignante.

De algún modo Elayne se las ingeniaba para parecer bonita cuando fruncía el entrecejo.

—Fuera quien fuese, le daremos su merecido. Ya lo verás. —El ceño se borró—. Nynaeve, si el Círculo ignora dónde está el Cuenco, podremos encontrarlo, pero… —Se mordió el labio, indecisa—. Sólo sé un modo seguro de conseguirlo.

Nynaeve asintió lentamente, aunque habría preferido comerse un puñado de tierra. El día parecía haber empezado radiante, pero después se había ido poniendo negro, desde Reanne a… Oh, Luz, ¿cuánto tiempo tendría que pasar hasta que tuviese canas?

—No llores, Nynaeve. Mat no puede ser tan malo. Él nos lo encontrará en unos pocos días, lo sé.

Nynaeve rompió a llorar con más fuerza.

25

Trampa mental

Moghedien no quería volver a soñar el sueño, pero el deseo de despertarse, el deseo de gritar, no servía de nada. El sueño la retenía más firmemente que unos grilletes. El inicio transcurrió deprisa, como un veloz esbozo. No había clemencia; de ese modo tendría que revivir antes el resto.

Apenas reconocía a la mujer que entraba en la tienda donde estaba prisionera. Halima, ayudante de una de esas necias que se llamaban a sí mismas Aes Sedai. Necias, pero la retenían a través de la banda plateada que le rodeaba el cuello y la obligaban a obedecer. Movimiento rápido, aunque ella rogara para que todo fuera más despacio. La mujer encauzaba para encender una luz y Moghedien sólo veía la luz. Tenía que ser saidin, entre todos los seres vivientes, sólo los Elegidos sabían cómo rozar el Poder Verdadero —el Poder que procedía del Oscuro— y pocos eran lo bastante necios para hacerlo salvo en casos de extrema necesidad; ¡pero eso era imposible! Rapidez borrosa. La mujer decía llamarse Aran’gar y se dirigía a Moghedien por su nombre, invocaba la Fosa de la Perdición y le quitaba el collar del a’dam, encogiéndose de dolor; un dolor que ninguna mujer habría debido sentir. De nuevo —¿cuántas veces había hecho lo mismo?— Moghedien tejía un pequeño acceso dentro de la tienda. Rasaba para darse ocasión de pensar en medio de la infinita oscuridad, pero tan pronto como ponía el pie en la plataforma, semejante a un pequeño balcón de mármol, completo con un cómodo sillón, llegaba a las negras vertientes de Shayol Ghul, eternamente envueltas en luz crepuscular, donde túneles y respiraderos emitían vapor y humo en vaharadas violentas, y un Myrddraal se acercaba a ella, con su negro atuendo y su rostro blanco como un gusano de tumba, carente de ojos, pero más alto y más corpulento que cualquier otro Semihombre. La miraba con arrogancia, le decía su nombre espontáneamente y le ordenaba que lo siguiera; los Myrddraal no actuaban así con los Elegidos. Entonces clamó en lo más profundo de su mente para que el sueño discurriera más deprisa, que pasara como un borrón imposible de ver, de discernir, pero… Ahora, mientras seguía a Shaidar Haran hacia la entrada de la Fosa de la Perdición, todo discurría a su ritmo normal y parecía más real que el Tel’aran’rhiod o que el mundo de vigilia.

De los ojos de Moghedien manaban lágrimas que se deslizaban por las mejillas, ya húmedas. Se retorció en el duro camastro, agitando brazos y piernas en un intento desesperado e inútil de despertarse. Ya no era consciente de que soñaba —todo parecía real— pero perduraban hondos recuerdos, y en aquellas recónditas profundidades su instinto aullaba y arañaba para escapar de allí.

Estaba muy familiarizada con el túnel inclinado, el techo de rocas puntiagudas como colmillos, las paredes irradiando una tenue luminosidad. Había hecho ese viaje descendente muchas veces desde el lejano día en que acudió por primera vez para jurar obediencia al Gran Señor y empeñar su alma, pero jamás como ahora, jamás conociéndose su fracaso en toda su magnitud. Hasta entonces se las había ingeniado siempre para ocultar sus fiascos incluso al Gran Señor. Muchas veces. Allí podían hacerse cosas que eran irrealizables en cualquier otro lugar. Allí podían ocurrir cosas que no ocurrían en ninguna otra parte.

Dio un respingo de sobresalto cuando uno de los colmillos pétreos le rozó el pelo y después recobró la compostura lo mejor que pudo. Aquellas dagas punzantes seguían dejando un paso fácil para el altísimo Myrddraal, pero aunque ella sólo le llegaba a la altura del pecho, ahora se veía obligada a mover la cabeza para esquivar las afiladas piedras. Allí la realidad era arcilla en manos del Gran Señor, que a menudo hacía patente su descontento de ese modo. Un colmillo pétreo le rozó el hombro y Moghedien tuvo que agacharse para esquivar otro. En el túnel ya no había suficiente altura para que la mujer caminara erguida. Se inclinó más, caminando agazapada en pos del Myrddraal, intentando no rezagarse. El paso de Shaidar Haran no variaba de ritmo, pero por mucho que ella se apresurase, la distancia entre los dos no menguaba. El techo descendía más y más, cerrando los colmillos del Gran Señor para desgarrar a los traidores y a los necios, y Moghedien tuvo que avanzar a gatas y después arrastrarse sobre codos y rodillas. En el túnel llameó una luz titilante que irradiaba de la entrada de la mismísima Fosa, justo al frente, y Moghedien se arrastró sobre el vientre, tiró de sí misma con las manos hacia adelante, se empujó con los pies. Las puntas de las piedras se le hincaban en la carne, enganchaban su vestido. Jadeante, recorrió culebreando el último tramo, acompañada del sonido de lana al desgarrarse.

Al mirar hacia atrás, la sacudió un estremecimiento. Allí donde debería estar la boca del túnel se alzaba un liso muro de piedra. Quizás el Gran Señor lo había calculado al segundo; aunque también podía ser que si ella hubiese sido más lenta al moverse…