—Aes Sedai. —Tallanvor no parecía convencido—. ¿Por qué ahora? ¿Para rescataros, Morgase? Creía que sólo podían usar el Poder Único contra Engendros de la Sombra, no contra hombres. Además, si esa criatura alada no era un Engendro de la Sombra, entonces es que jamás he visto uno.
—¡No sabes de qué estás hablando! —se enfrentó a él, acalorada—. ¡Tú…!
La saeta de una ballesta chocó contra el cerco de la ventana y lanzó una rociada de esquirlas de piedra; el aire se agitó frente a su cara cuando el proyectil pasó culebreando entre los dos y se hincó en una de las columnas de la cama con un impacto seco. Unos centímetros más a la derecha y todos su problemas se habrían terminado.
No se movió, pero Tallanvor la apartó de la ventana al tiempo que barbotaba un juramento. Incluso a la luz de la luna distinguió su ceño cuando la miró intensamente. Por un instante pensó que iba a tocarle la cara; si lo hacía, no sabía si se echaría a llorar o a gritar o le ordenaría que se marchara de su lado para siempre o…
—Me parece más probable —dijo él en cambio—, que se trate de esos sanchin o comoquiera que se llamen a sí mismos. —Insistía en aceptar como ciertos los rumores que se habían colado incluso en la Fortaleza—. Creo que puedo sacaros de aquí ahora. Reinará una gran confusión. Venid conmigo.
No le llevó la contraria; pocas personas sabían algo sobre el Poder Único, cuanto menos la diferencia entre el saidar y el saidin. La idea de Tallanvor tenía posibilidades. Quizá podrían escapar en el pandemónium de la batalla.
—¡Sacarla a ese caos! —chilló Lini. Luces llameantes amortiguaban la luz de la luna en la ventana; estallidos y truenos ahogaban el estruendo de hombres y armas—. Creía que tenías más sentido común, Martyn Tallanvor. «Sólo los necios besan avispones o comen fuego». Ya le has oído decir que son Aes Sedai. ¿Crees que no lo sabe? ¿Lo crees?
—Milord, si son Aes Sedai… —abundó maese Gill.
Tallanvor apartó las manos de Morgase y rezongó entre dientes algo de que ojalá tuviera su espada. Pedron Niall le había permitido conservarla; Elmon Valda no era tan confiado.
Por un instante, la desilusión se apoderó de la reina. Si él hubiese insistido, si la hubiese obligado a seguirlo… ¿Qué demonios le pasaba? Si Tallanvor hubiese intentado llevarla a la fuerza a cualquier sitio, por cualquier razón, lo habría desollado. Tenía que recuperar el autocontrol. Valda había hecho mella en su seguridad en sí misma —a decir verdad, la había hecho jirones—, pero debía aferrarse a esos guiñapos y remendarlos. De algún modo. Y si es que merecía la pena intentarlo.
—Al menos puedo enterarme de lo que ocurre —gruñó Tallanvor mientras se encaminaba a la puerta—. Si no son Aes Sedai…
—¡No! Te quedarás aquí. Por favor. —Morgase se alegró de la penumbra que reinaba en el cuarto, ya que ocultaba el fuerte sonrojo de su rostro. Se habría mordido la lengua antes que pronunciar las dos últimas palabras, pero éstas salieron de su boca sin darle tiempo a contenerlas. Prosiguió en tono más firme—: Te quedarás aquí, protegiendo a tu reina, como es tu obligación.
En la tenue luz alcanzó a ver el rostro del hombre, en apariencia impasible, y su inclinación de cabeza pareció respetuosa y adecuada, pero aun así Morgase habría apostado hasta el último céntimo a que Tallanvor se había puesto furioso.
—Estaré en la antesala —respondió.
En fin, su tono de voz no dejaba lugar a dudas. Por una vez, sin embargo, a Morgase no le importó lo enfadado que estuviera ni su escaso esfuerzo por disimularlo. Era más que probable que acabara matando a ese condenado hombre con sus propias manos, pero no iba a morir esa noche, aniquilado por soldados que no podían saber de parte de quién luchaba.
Ahora era imposible conciliar el sueño, aun en el caso de que su estado de ánimo se lo hubiese permitido. Sin encender las lámparas, se lavó la cara y los dientes. Breane y Lini la ayudaron a ponerse un vestido de seda azul con cuchillas verdes y montones de puntilla blanca en los puños y en el cuello alto. Resultaría muy apropiado para recibir a unas Aes Sedai. El saidar colmaba el aire nocturno. Tenían que ser Aes Sedai. ¿Quiénes otras, si no?
Cuando se reunió con los hombres en la antesala, éstos se encontraban sentados en la oscuridad excepto por la luz de la luna que se colaba a través de las ventanas y los esporádicos destellos del fuego creado por el Poder. Incluso una vela habría atraído la atención, cosa que no querían que ocurriera. Lamgwin y maese Gill se incorporaron rápidamente de las sillas en actitud respetuosa; Tallanvor se puso de pie con más lentitud, y Morgase no necesitó luz para saber que la miraba con gesto hosco. Furiosa por tener que hacer caso omiso de su actitud —¡al fin y al cabo era su reina!— y consiguiendo sólo a duras penas que su voz no trasluciese ira, ordenó a Lamgwin que llevara más sillas de las que había colocadas cerca de las ventanas. Se sentaron y aguardaron en silencio. Al menos, en silencio por su parte, ya que fuera resonaba el estruendo de lucha, gritos y toques de cuernos, y durante todo el tiempo Morgase no dejó de percibir el saidar, con mayor o menor intensidad, de manera ininterrumpida.
Poco a poco, al cabo de una hora como mínimo, el fragor de la batalla menguó y por último cesó. Se oían voces que impartían órdenes ininteligibles, los gemidos de los heridos y alguna que otra vez la ronca y rara voz de los cuernos, pero ya no se oía el entrechocar de armas. También disminuyó la sensación del saidar, si bien Morgase estaba segura de que había mujeres dentro de la Fortaleza que lo seguían abrazando, aunque no creía que estuviesen encauzando entonces. Todo parecía casi tranquilo tras el clamor y la conmoción.
Tallanvor rebulló, pero la reina le indicó con un gesto que no se moviera antes de que el hombre tuviera ocasión de incorporarse; por un instante creyó que no iba a obedecer. La noche llegó a su fin y la claridad del día penetró a través de las ventanas, poniendo de manifiesto el gesto ceñudo del capitán. Morgase continuó con las manos enlazadas sobre el regazo. La paciencia era una de las muchas virtudes que ese joven tenía todavía que aprender; tras el valor, ocupaba la posición más alta de las virtudes nobles. El sol ascendió en el cielo. Lini y Breane empezaron a cuchichear entre ellas en tono cada vez más preocupado a la par que lanzaban ojeadas en su dirección. Tallanvor, ceñudo y echando fuego por los ojos, permanecía sentado rígido; llevaba una chaqueta azul oscuro que le sentaba muy bien. Maese Gill rebullía inquieto y se pasaba las manos alternativamente por el cabello entrecano o se enjugaba el sudor de las rubicundas mejillas con un pañuelo. Lamgwin estaba repantigado en la silla, y los abultados párpados entornados daban al antiguo camorrista callejero aspecto de adormilado, pero cuando miraba a Breane una fugaz sonrisa asomaba a su rostro surcado de cicatrices. Morgase se concentró en su respiración, casi como en los ejercicios que había practicado durante los meses pasados en la Torre. Paciencia. ¡Como alguien no apareciese pronto, iba a decir unas palabras ásperas, tanto si eran Aes Sedai como si no!
A despecho de sí misma, dio un brinco cuando sonó una fuerte llamada en la puerta que daba al pasillo. Antes de que tuviese tiempo de ordenar a Breane que fuera a ver quién era, la puerta se abrió violentamente y golpeó contra la pared. Morgase miró de hito en hito a la persona que entró.
Un hombre alto, de tez oscura y nariz aguileña, le sostuvo la mirada fríamente; por encima de su hombro asomaba la empuñadura de una espada. Cubría su torso un extraño peto hecho con láminas superpuestas y lacadas en dorado y negro, y sostenía en el brazo un yelmo que semejaba la cabeza de un insecto, también dorado y negro, rematado por tres plumas verdes, largas y finas. Tras él venían otros dos hombres que lucían el mismo tipo de armadura, si bien las suyas parecían pintadas en lugar de lacadas, e iban tocados con los yelmos, éstos sin el penacho de plumas; empuñaban ballestas cargadas, listas para ser disparadas. Había más de esos hombres en el pasillo, equipados con lanzas que adornaban unos borlones dorados y negros.