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Tallanvor, Lamgwin e incluso el orondo maese Gill se levantaron precipitadamente y se interpusieron entre ella y los peculiares visitantes. Morgase tuvo que empujarlos para abrirse paso.

Los ojos del hombre de nariz aguileña se clavaron directamente en ella antes de que pudiera exigir una explicación.

—¿Sois Morgase, reina de Andor? —Su timbre era áspero y arrastraba tanto las palabras al pronunciarlas que costaba trabajo entenderle. El hombre continuó sin esperar su respuesta—. Vendréis conmigo. Sola —añadió cuando Tallanvor, Lamgwin y maese Gill se adelantaron a la par. Los que manejaban las ballestas las aprestaron; las gruesas saetas parecían hechas para atravesar armaduras, de modo que un hombre desprotegido no tenía ninguna posibilidad.

—No tengo ninguna objeción a que mi gente aguarde aquí hasta mi regreso —respondió Morgase aparentando mucha más tranquilidad de la que sentía realmente. ¿Quiénes eran esas personas? Conocía el acento de todos los países, y también los distintos tipos de armaduras—. Estoy convencida de que velaréis muy bien por mi seguridad, capitán…

El individuo no le dio su nombre y se limitó a indicar con un ademán brusco que lo siguiera. Para gran alivio de Morgase, Tallanvor no alborotó a pesar de la furia abrasadora que traslucían sus ojos. La reina advirtió con gran irritación que maese Gill y Lamgwin miraban a Tallanvor antes de retroceder un paso.

En el pasillo, los soldados formaron alrededor de ella, con el oficial de nariz aguileña y los dos ballesteros situados a la cabeza. Morgase intentó convencerse de que era una guardia de honor. Deambular por ahí sin protección, transcurrido tan poco tiempo después de una batalla, era una solemne necedad; podrían quedar resistentes que aprovecharían la ocasión de tomar un rehén o de matar a cualquiera que los viera. Deseó poder creerlo.

Trató de preguntar al oficial, pero el hombre no dijo una sola palabra, sin perder el ritmo del paso ni volver la cabeza, de modo que la reina dejó de intentarlo. Ninguno de los soldados le dirigió una ojeada; eran hombres de aspecto duro, del tipo de los que componían la Guardia Real, hombres que habían combatido en más de una ocasión. Pero ¿quiénes eran? Sus botas golpeaban el suelo al unísono, creando un sonido ominoso semejante al batir de un tambor que en los corredores de la Fortaleza resonaba con mayor fuerza. En los pasillos apenas había colorido, nada que los ornamentara excepto alguno que otro tapiz representando a los Capas Blancas batiéndose en sangrientas batallas.

Morgase cayó en la cuenta de que la conducían hacia las dependencias del capitán general, y se le hizo un nudo en la boca del estómago. Casi había llegado a gustarle ir hacia allí en vida de Pedron Niall, pero había temido hacer el mismo camino en los escasos días transcurridos desde su muerte. Sin embargo, al girar en una esquina, vio a unas dos docenas de arqueros que marchaban detrás de otro oficial; iban vestidos con pantalones amplios y coseletes de cuero endurecido, pintados a rayas azules y negras. Tenían las cabezas cubiertas con cascos de los que colgaba una fina malla de acero que les tapaba el rostro hasta los ojos; bajo esas mallas se atisbaban las puntas de bigotes aquí y allí. El oficial de los arqueros inclinó la cabeza ante el que dirigía la guardia que la escoltaba, y éste se limitó a alzar una mano en respuesta.

Taraboneses. Hacía muchos años que no veía soldados taraboneses; si aquellos hombres no lo eran, a pesar de las rayas de los coseletes, ella se comería las zapatillas. Empero, no tenía sentido. Tarabon era la viva imagen del caos, con una guerra civil de cientos de frentes entre pretendientes al trono y los Juramentados del Dragón. Tarabon jamás habría podido lanzar aquel ataque contra la mismísima Amador. A menos que, increíblemente, uno de los aspirantes al trono se hubiese impuesto sobre los demás y sobre los Juramentados del Dragón y sobre… Imposible. Además, eso no explicaba la presencia de aquellos soldados de extrañas armaduras ni las bestias aladas ni…

Morgase creía que había visto rarezas. Creía que había experimentado la zozobra. Entonces ella y su guardia giraron en otra esquina y se encontraron con dos mujeres.

Una era esbelta, baja como una cairhienina y de tez más oscura que cualquier teariana. Llevaba un vestido azul que apenas le llegaba a los tobillos; el dibujo de relámpagos plateados zigzagueaba sobre franjas rojas en el pecho y los costados de la amplia falda dividida. La otra mujer, con atuendo gris oscuro, era más alta que la mayoría de los hombres; tenía el cabello rubio, lustroso, largo hasta los hombros, y sus verdes ojos traslucían miedo. Una correa plateada unía el brazalete del mismo metal, que llevaba en la muñeca la mujer más baja, al collar ceñido al cuello de la más alta.

Se apartaron para dejar paso a la guardia de Morgase y, cuando el oficial de nariz aguileña murmuró «Der’sul’dam» —al menos, eso le pareció a Morgase, ya que el extraño acento hacía difícil la comprensión de las palabras—, en un tono casi como haría un igual aunque no del todo, la mujer atezada inclinó ligeramente la cabeza, tiró de la correa, y la mujer rubia se arrodilló, agachándose hasta tocar con la frente las rodillas y poniendo las manos en el suelo. Mientras Morgase y sus guardias pasaban ante las dos mujeres, la de piel morena se inclinó para dar unas palmaditas afectuosas en la cabeza de la otra, como si fuese un perro; pero lo peor de todo fue que la mujer postrada alzó la vista hacia la otra y la miró con complacencia y gratitud.

Morgase hizo un arduo esfuerzo para seguir caminando, para que las rodillas no se le doblaran, para evitar que su revuelto estómago se vaciara allí mismo. El total servilismo ya era malo de por sí, pero estaba segura de que la mujer arrodillada podía encauzar. ¡Imposible! Caminó aturdida, preguntándose si aquello no sería un sueño, una pesadilla. Rezó por que lo fuera. Fue vagamente consciente de cruzarse con más soldados, éstos también con armaduras rojas y negras, y después…

La sala de audiencias de Pedron Niall —ahora de Valda, o más bien de quienquiera que hubiese tomado la Fortaleza— había cambiado. El gran sol radiante del suelo continuaba allí, pero todas las banderas capturadas por Niall, que Valda había conservado como si fuesen trofeos suyos, habían desaparecido, igual que el mobiliario excepto el sillón de respaldo alto y talla sencilla utilizado por Niall, y después por Valda, que ahora aparecía flanqueado por dos biombos altos adornados con dibujos chillones. Uno de ellos mostraba un ave de presa negra con penacho blanco, pico de aspecto cruel y alas blancas en las puntas, extendidas; el otro, un felino de pelaje amarillo, moteado en negro, con una de las garras plantada sobre un animal semejante a un ciervo, de cuernos largos y rectos y franjas blancas en el lomo, la mitad de grande que el felino.

Había varias personas en la sala, pero eso fue todo cuanto tuvo tiempo de observar antes de que se adelantara una mujer de rostro anguloso, con la mitad de la cabeza afeitada y el resto de cabello, largo y castaño, recogido en una trenza que le caía sobre el hombro derecho. Sus ojos, tan azules como el vestido que llevaba, rebosaban desdén y no tenían nada que envidiar a los del felino o los del ave de presa de los biombos.

—Estáis en presencia de la Augusta Señora Suroth, dirigente de Los que Llegan Antes y coadyuvante del Retorno —entonó con el mismo acento que arrastraba las palabras.

Sin previa advertencia, el oficial de nariz aguileña asió a Morgase por la nuca y la hizo postrarse a su lado. Aturdida, y no era una de las razones de menos peso el hecho de haberse quedado sin resuello por el empellón, la reina vio que el hombre besaba el suelo.