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Todos ellos estaban detrás de las gruesas cuerdas de cáñamo, tendidas entre postes. La zona anterior a esas cuerdas era para los que tenían plata y oro; gente de buena cuna, adinerada y bien trajeada. Criados petulantes servían ponche en copas de plata para sus amos, doncellas jactanciosas agitaban abanicos de plumas para dar aire a sus señoras, e incluso había un bufón con la cara pintada de blanco y tintineantes campanillas de latón en la chaqueta y el sombrero blancos y negros. Hombres arrogantes tocados con sombreros de terciopelo, de copa alta, se pavoneaban luciendo finas espadas a la cadera, el cabello largo rozando las chaquetas de seda, echadas sobre los hombros y sujetas con cadenas de oro y plata prendidas en las estrechas solapas bordadas. Algunas mujeres llevaban el cabello más corto que los hombres, y otras, más largo, arreglado en peinados tan variados como el número de féminas; lucían amplios sombreros con plumas o, en algunos casos, con finas mallas que cubrían los rostros, y vestidos generalmente cortados para mostrar los escotes, tanto al estilo local como de otras tierras. Las nobles, protegidas bajo parasoles de colores, refulgían con anillos y pendientes, collares y brazaletes de oro y marfil y finas gemas, y miraban con altivo desdén a todos los demás. Comerciantes y prestamistas bien alimentados, con un leve toque de puntillas y tal vez un alfiler o un anillo con una gruesa y brillante piedra engastada, se inclinaban humildemente o hacían reverencias a quienes pertenecían a la clase alta y que seguramente les debían sumas enormes. En el Circuito de Plata cambiaban de manos fortunas, y no sólo en apuestas. Se decía que también cambiaban de manos vidas y honor en la zona reservada que separaban las cuerdas.

Mat volvió a ponerse el sombrero, alzó la mano, y uno de los corredores de apuestas —una mujer de cara chupada y nariz aleznada— extendió las huesudas manos mientras hacía una reverencia y murmuraba la frase rituaclass="underline" «Lo que milord quiere apostar, quedará fielmente anotado. Claro como un libro abierto». De algún modo conseguía suavizar su acento ebudariano a pesar de cortar el final de algunas palabras. Al igual que la fórmula, el bordado en la pechera de su chaleco rojo, que representaba un libro abierto, provenía de un remoto pasado, cuando las apuestas se anotaban en un libro de verdad, pero Mat sospechaba que él era el único de los presentes que sabía eso. Recordaba muchas cosas que jamás había visto, de unos tiempos que habían pasado al olvido hacía mucho.

Tras echar una rápida ojeada a los porcentajes en la quinta carrera de la mañana, reflejados con tiza en la pizarra que sostenía en alto el hombre encargado de tal menester, asintió. Se volvió hacia su compañero.

—Ponlo todo a Viento, Nalesean.

El teariano vaciló y jugueteó con la punta de su negra barba untada. El sudor brillaba en su cara, pero mantenía abotonada hasta arriba la chaqueta de amplias mangas acuchilladas en azul, y se cubría con un gorro cuadrado de terciopelo azul que no servía para resguardarlo del sol.

—¿Todo, Mat? —Habló en voz baja para que la mujer no pudiera oírlo. El porcentaje de las apuestas podía cambiar en cualquier momento hasta que se hacía la apuesta de firme—. La Luz me confunda, pero ese pequeño pinto parece rápido, y también aquel pardo de crin plateada.

Esos dos eran los favoritos de ese día, nuevos en la ciudad y que, como todo lo nuevo, levantaban expectación. Mat no se molestó en mirar hacia los diez caballos que tomaban parte en la siguiente carrera y que se exhibían a un extremo del circuito. Ya había echado una buena ojeada mientras ayudaba a Olver a montar en Viento.

—Todo. Algún idiota ha recogido la cola del pinto como una porra y el animal está ya medio loco por las moscas. El pardo es llamativo, pero tiene mal ángulo de tobillos. Puede que haya ganado algún premio en el campo, pero hoy llegará el último. —El conocimiento de caballos era suyo, no un recuerdo; su padre le había enseñado, y Abell Cauthon tenía muy buen ojo para los equinos.

—Pues a mí me parece algo más que llamativo —rezongó Nalesean, pero ya no discutía.

La corredora de apuestas parpadeó cuando el teariano, suspirando, sacó bolsa tras bolsa de los abultados bolsillos de su chaqueta. En cierto momento abrió la boca para protestar, pero el Ilustre y Probo Gremio de Corredores de Apuestas proclamaba que siempre se aceptaba cualquier tipo de apuesta con cualquier cantidad. Incluso apostaban con armadores y mercaderes si un barco se hundiría o si los precios variarían; más bien, lo hacía el gremio en sí, no un corredor en particular. El oro fue a parar al interior de uno de los arcones con herrajes de hierro de la mujer, cada uno de ellos acarreado por un par de tipos cuyos brazos eran tan gruesos como las piernas de Mat. Sus guardias, tipos de mirada dura y narices rotas, vestidos con chalecos de cuero que dejaban ver unos brazos aún más gruesos, asían garrotes largos forrados de latón. Otro de sus hombres le tendió un resguardo en el que aparecía grabada minuciosamente la figura de un jurel —cada corredor tenía su propio símbolo— y la mujer anotó en la parte posterior la apuesta, el nombre del caballo y una sigla que indicaba la carrera, utilizando un fino pincel que tomó de una caja laqueada que sostenía una guapa jovencita. Delgada, con grandes y oscuros ojos, la muchacha dedicó a Mat una lenta sonrisa. La mujer de cara chupada no sonrió en absoluto. Volvió a hacer una reverencia, dio un bofetón a la muchacha sin alterarse, y le susurró algo al hombre de la pizarra, que borró algo precipitadamente con un paño. Cuando volvió a levantarla, Viento aparecía con el porcentaje más bajo. Mientras se frotaba la mejilla disimuladamente, la chica asestó una mirada ceñuda a Mat, como si el cachete hubiese sido culpa de él.

—Espero que tu suerte influya —dijo Nalesean, que sostenía el resguardo con cuidado para que la tinta se secara. Todos los corredores solían mostrarse muy puntillosos a la hora de pagar resguardos en los que la tinta estaba corrida, y no los había más puntillosos que los ebudarianos—. Sé que no pierdes a menudo, pero he visto que te pasa a veces, así me ciegue la Luz. Hay una jovencita a quien tengo intención de acompañar al baile esta noche. Sólo es una costurera… —Él era un lord, aunque no un mal tipo, a decir verdad, y esas cosas parecían importarle mucho—. Pero lo bastante bonita para dejarle a uno seca la boca. Le gustan las chucherías. Las chucherías de oro. Y también le gustan los fuegos artificiales. He oído comentar que algunos Iluminadores preparan un espectáculo para esta noche. Creo que eso te interesará. En fin, que le gustan, pero lo que la hace sonreír son las chucherías. No se mostrará amistosa si no puedo permitirme hacerla sonreír, Mat.

—Sonreirá, Nalesean, sonreirá —contestó, absorto, Mat. Los caballos seguían caminando en círculo, a cierta distancia de los postes de salida. Olver, a lomos de Viento, se mostraba orgulloso; su amplia boca esbozaba una sonrisa que dividía su rostro vulgar y que le llegaba a las orejas. En las carreras ebudarianas todos los jinetes eran muchachitos; unos cuantos kilómetros tierra adentro, utilizaban chicas. Olver era el más pequeño ese día, el más ligero de peso, y no es que el castrado gris de largas patas necesitara esa ventaja—. Harás que se ría hasta que no pueda tenerse en pie.