Wallingford dejó también abierta la puerta de su habitación, pues quería oír a Otto cuando se despertara. Tal vez se ofrecería para vigilar al niño a fin de que ella pudiera seguir durmiendo. ¿Tan difícil era entretener a un niño? ¿No era mucho más duro el público de la televisión?
Tras razonar de esta manera, se quitó la toalla que le rodeaba la cintura, se puso unos calzoncillos holgados, en forma de pantalones cortos, y se acostó, pero antes de apagar la linterna se fijó bien en el lugar donde estaba para encontrarla cuanto antes en la oscuridad si la necesitaba. (La dejó en el suelo, en el lado donde dormía la señora Clausen.) Ahora que se había puesto la luna, la negrura casi total se parecía a sus posibilidades con Doris.
Se olvidó de correr las cortinas, aunque Doris le había advertido de que por la mañana el sol incidía directamente en sus ventanas. Más tarde, cuando aún estaba dormido, tuvo la sensación de que en el cielo había una luz previa al amanecer. Fue entonces cuando los grajos empezaron a graznar. Incluso en sueños, los grajos estaban más presentes que los somorgujos. Sin verla siquiera, percibía la luz creciente.
Entonces le despertaron los lloros del pequeño Otto, y permaneció tendido mientras oía la voz de la señora Clausen que intentaba tranquilizar a su hijo. El niño dejó de llorar con bastante rapidez, pero siguió quejándose mientras su madre le cambiaba. A juzgar por el tono de voz de Doris y los diversos ruidos que hacía Otto, Wallingford supuso lo que estaban haciendo. Les oyó bajar por la escalera del cobertizo; la señora Clausen no dejaba de hablar mientras se encaminaba a la cabaña principal. Patrick recordó que había que mezclar con agua la leche en polvo para preparar el biberón. El agua se estaba calentando en la cocina.
Se miró primero el extremo del muñón y luego la muñeca derecha. (No se había acostumbrado a llevar el reloj en el brazo derecho.) En el mismo momento en que el sol naciente penetraba a través de las ventanas del dormitorio desde la otra orilla del lago, Patrick vio que apenas eran las cinco de la mañana.
Su profesión de reportero le había hecho viajar por todo el mundo, y estaba familiarizado con la falta de sueño. Pero empezaba a darse cuenta de que la señora Clausen llevaba siete meses sin dormir bien. Había sido un crimen por parte de Wallingford mantenerla despierta la mayor parte de la noche. Que Doris llevara una sola bolsa con sus cosas pero la canastilla del bebé contuviera media docena de bolsas era algo más que simbólico… ¡el pequeño Otto era su vida!
¿Cómo había pasado por la imaginación de Wallingford la posibilidad de que él pudiera entretener al pequeño Otto mientras la señora Clausen volvía a dormirse? No sabía alimentar al niño, y sólo había visto una vez (el día anterior) a Doris cambiarle los pañales. Además, probablemente sería incapaz de hacer eructar a Otto. (No sabía que la señora Clausen había dejado de hacer eso.)
Patrick estaba pensando en que debería tener el valor de saltar al lago y ahogarse, cuando la señora Clausen entró en su habitación llevando al pequeño Otto en brazos. El bebé estaba desnudo, con excepción del pañal, y Doris sólo llevaba una camiseta de media manga demasiado grande para ella, que probablemente había pertenecido al difunto Otto, del verde desvaído de Green Bay con el familiar logotipo de los Packers. Le llegaba hasta más abajo de medio muslo, casi a las rodillas.
– Ahora estamos bien despiertos, ¿verdad? -le decía la señora Clausen al pequeño Otto-. Vamos a ver si papá también está bien despierto.
Wallingford les hizo sitio en la cama y procuró mantener la serenidad. (Era la primera vez que Doris se refería a él llamándole «papá».)
La temperatura antes del amanecer era bastante fresca y hacía falta una manta para dormir, pero ahora la habitación estaba inundada de luz. Wallingford retiró la manta y la dejó en el suelo. La señora Clausen con el bebé se deslizó bajo la sábana.
– Deberías aprender a alimentarle -le dijo Doris, tendiéndole el biberón.
Apoyó al pequeño Otto en una almohada, y los brillantes ojos del niño siguieron al biberón que pasaba entre sus padres. Luego la señora Clausen sentó a Otto erguido entre dos almohadas. Bajo la mirada de su padre, el niño tomó un sonajero, lo sacudió y se lo llevó a la boca… no era precisamente una serie de acontecimientos fascinantes, pero el padre los contemplaba embelesado.
– Es un niño muy tranquilo -comentó la señora Clausen.
Wallingford no supo qué decirle.
– ¿Por qué no intentas leerle ese cuento del ratón que has traído? -le preguntó-. No es necesario que te comprenda, lo que importa es el sonido de tu voz. También a mí me gustaría escucharlo.
Patrick bajó de la cama y regresó con el libro.
– Bonitos calzoncillos -le dijo Doris.
Wallingford había señalado ciertos pasajes de Stuart Little, pensando que tendrían un significado especial para la señora Clausen. El fracaso de la primera cita de Stuart con Harriet Ames porque él está demasiado enojado por los daños causados a su canoa para aceptar la invitación de Harriet al baile. Lamentablemente, Harriet le dice adiós, «dejando a Stuart solo con sus sueños rotos y su canoa deteriorada».
Tiempo atrás, Patrick había pensado que a Doris le gustaría esa parte, pero ahora no estaba tan seguro, por lo que decidió pasar al último capítulo, «Hacia el norte», y leer tan sólo el fragmento de la conversación filosófica de Stuart con el reparador de teléfonos.
Primero hablan del pájaro que Stuart está buscando. El reparador de teléfonos le pide a Stuart que se lo describa, y entonces anota la descripción. Mientras Wallingford leía esa parte, la señora Clausen yacía de costado con el niño junto a ella, escuchándole atentamente. Con los dos padres al alcance de su mano, el pequeño se sentía lo bastante atendido.
Entonces Patrick llegó al momento en que el reparador de teléfonos le pregunta a Stuart adónde se dirige. Wallingford leyó el fragmento en un tono especialmente conmovedor.
– Al norte -dijo Stuart.
– El norte es bonito -dijo el reparador-. Siempre me ha gustado ir al norte. Claro que el sur también es una buena dirección.
– Sí, supongo que lo es -dijo Stuart, pensativo.
– Y también el este -siguió diciendo el reparador-. Cierta vez tuve una experiencia interesante cuando iba hacia el este. ¿Quieres que te hable de ella?
– No, gracias -replicó Stuart.
El reparador pareció decepcionado, pero no dejó de hablar.
– Hay algo en el norte… algo que lo distingue del resto de las direcciones. En mi opinión, una persona que se dirige al norte no comete ningún error.
– Así lo creo yo -dijo Stuart. A decir verdad, creo que a partir de ahora voy a viajar hacia el norte hasta el fin de mis días.
– Cosas peores podrían ocurrirle a una persona -dijo el reparador.
– Sí, lo sé -respondió Stuart.
Cosas peores le habían ocurrido a Patrick Wallingford. No se encaminaba hacia el norte cuando conoció a Mary Shanahan, a Angie, a Monika con ka, incluso a su ex esposa. Conoció a Marilyn en Nueva Orleans, donde recopilaba información para una noticia de tres minutos sobre los excesos del Martes de Carnaval. Por entonces tenía una aventura con Fiona X, otra maquilladora, pero la dejó para irse con Marilyn. (Un error que había reconocido mucho tiempo atrás.)
La estadística era trivial, pero Wallingford no recordaba a ninguna mujer con la que hubiera hecho el amor mientras viajaba hacia el norte. En cuanto a su presencia en el norte, sólo había estado allí con Doris Clausen, y quería seguir así (no necesariamente en el norte sino en cualquier parte) hasta el fin de sus días.
Patrick hizo una pausa para obtener un efecto dramático y repitió esa frase, «hasta el fin de mis días». Entonces miró al pequeño Otto, temeroso de que el niño se aburriera, pero estaba despierto como una ardilla; miraba alternativamente la cara de su padre y la portada en colores del cuento. (Stuart en su canoa de corteza de abedul con las palabras RECUERDOS DEL VERANO pintadas en la proa.)